La peluquería fue el último lugar donde todavía me sentí dueña de mí misma.
Allí dentro el mundo parecía ir a otro ritmo. Las voces bajas de las estilistas comentando cosas triviales, el aroma limpio y caro de los productos… todo conspiraba para mantenerme anclada a algo cotidiano, casi normal. Como si, por un par de horas, pudiera fingir que nada había cambiado.
Pero la verdad seguía ahí, latiendo bajo la piel, paciente. Sabía que en cuanto saliera por esa puerta ya no sería solo Amelia. Se