Mundo ficciónIniciar sesiónEl timbre sonó con una urgencia impropia de aquella casa donde todo parecía moverse en silencio medido. Yo estaba limpiando la consola del recibidor cuando volvió a sonar, esta vez más insistente, casi impaciente, como si quien aguardara al otro lado no estuviera dispuesto a esperar ni un segundo más.
Dejé el trapo a un lado y fui hacia la puerta.
—¿Dónde está Adrian Volkov? —preguntó la mujer antes siquiera de saludar.
Me tomó un segundo procesarla. Alta, elegante, con un abrigo impecable y una mirada afilada que parecía evaluar cada detalle a su alrededor… incluida yo. Su molestia se le escapaba por los bordes.
—El señor Volkov… —empecé—. Déjeme avisarle.
—No —interrumpió—. Ya lo he esperado bastante.
En ese momento, pasos firmes resonaron desde la escalera principal.
—¿Por qué tanto ruido? —preguntó él.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Adrian descendía los escalones con la serenidad de siempre, traje oscuro, expresión impenetrable. La mujer se giró hacia él como una tormenta contenida.
—Porque acabas de rechazar a la quinta candidata en menos de dos semanas —espetó—. La quinta, Adrian.
—No eran adecuadas —respondió él, sin detenerse, caminando hacia la sala.
Ella lo siguió, indignada, y yo me quedé quieta, fingiendo ocuparme de algo mientras afinaba el oído.
—Tienes una reputación de hombre frío, distante, inaccesible —continuó Sylvie—. La gente no conecta con eso. Necesitan verte humano. Casado. Estable.
—No me interesa fingir algo que no siento.
—Pues debería —replicó ella—. Te quedan dos opciones más. Dos mujeres perfectamente seleccionadas. Si no haces el intento de conocerlas, abandono la campaña.
Él se detuvo.
—No hace falta.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta yo lo sentí desde el pasillo.
—¿Cómo que no hace falta? —preguntó Sylvie—. No me digas que—
—Ya encontré a la mujer perfecta para ese papel.
Mi pecho se contrajo de forma absurda.
Una mujer.
Por un instante no entendí por qué aquella frase me había incomodado tanto. ¿Qué me importaba a mí? No era asunto mío. No podía serlo. Adrian Volkov no era mi tipo. Yo no era el suyo. Eso me repetí, aunque mi cuerpo no siempre pareciera estar de acuerdo.
—¿Ya conociste a alguien y no me había enterado? —preguntó Sylvie, incrédula—. ¿La conozco?
—Podría decirse —respondió él con calma.
—¿Al menos podría saber su nombre?
—Tendrás todos los detalles a su tiempo, Sylvie.
Hubo un suspiro cargado de frustración.
—Ahora, si me disculpas —añadió él—, tengo asuntos que resolver.
Lo vi salir de la sala y avanzar por el pasillo. Cuando pasó a mi lado, su mano rozó la mía. Apenas un contacto, breve, casi accidental… pero mi piel ardió como si hubiera sido algo más.
El calor se encendió de inmediato, recorriéndome como una descarga silenciosa. Contuve el aliento, sorprendida por la intensidad de algo que no debería haber sido más que un accidente.
Me estremecí.
Él no se detuvo. No giró la cabeza. No buscó mis ojos. Siguió caminando hacia la salida, imperturbable, como si nada hubiese ocurrido.
Mi corazón, en cambio, no recibió el memo.
A la noche siguiente, Betty me pidió que la esperara. Tenía que hacer una entrega rápida. Y dijo que no tardaría. Solo unos minutos. Asentí, sin darle demasiada importancia.
Pero tardó.
Cuando miré el reloj por tercera vez, ya casi eran las diez. Fue entonces cuando caí en cuenta de lo silenciosa que estaba la casa. No era un silencio tranquilo ni acogedor, sino uno pesado, incómodo, como si algo estuviera fuera de lugar.
Me acomodé en el sofá, tratando de concentrarme en cualquier cosa, pero no había ruido, ni pasos, ni voces. Nada. Demasiado tranquilo.
No había visto a Adrian en todo el día. Ni una sola vez. Y, para mi propia sorpresa, aquello me produjo alivio. No tenerlo cerca me permitía respirar mejor, pensar con más claridad. Aquel hombre tenía una forma inquietante de alterar mi pulso sin siquiera proponérselo.
Era un peligro directo para mis nervios.
Suspiré, cruzando los brazos, intentando convencerme de que no significaba nada. Que el silencio no escondía nada. Que Betty simplemente se había retrasado.
Caminé por el pasillo sin un rumbo claro, más por necesidad de moverme que por verdadera intención de llegar a algún sitio. Intentaba distraerme, acallar ese presentimiento que no terminaba de irse. Fue entonces cuando lo vi.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Desde dentro, la luz del escritorio se filtraba hacia el pasillo, dibujando una línea dorada sobre el suelo. Me detuve sin pensarlo, como si mi cuerpo hubiese reaccionado antes que mi mente.
No debía entrar. Lo sabía. Aquel lugar no me pertenecía y la idea de cruzar ese umbral despertó una advertencia clara en mi interior. Sin embargo, algo más fuerte me sostuvo ahí: la curiosidad. Esa sensación persistente de que nada en esa casa ocurría por accidente.
Avancé despacio, casi conteniendo la respiración.
Al asomarme, lo primero que noté fue el desorden. Las gavetas del escritorio estaban abiertas. Un escalofrío me recorrió la espalda, lento, incómodo, como una advertencia.
El impulso de huir llegó enseguida. Retrocedí un paso, con la intención de salir del despacho y fingir que nada había ocurrido, cuando algo se movió cerca de la ventana. Fue apenas un gesto, una alteración en la penumbra, pero bastó para que mi atención se clavara allí.
Una sombra se desprendió de la esquina, tomando forma poco a poco.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, tan rápido que lo sentí en la garganta.
Cuando la luz lo alcanzó de lleno y su rostro quedó al descubierto, el aire pareció abandonarme los pulmones.
—Adrian… —susurré, sin darme cuenta de que había pronunciado su nombre.
Sus ojos azules se clavaron en mí con una intensidad salvaje. Avanzó despacio, seguro, como un depredador consciente de su ventaja.
Retrocedí hasta chocar contra la pared.
Él se detuvo.
—Sabes mi verdad desde hace una semana —dijo—. Y no has hecho nada con ella.
Mi respiración era pesada.
—¿Por qué? —preguntó.
Lo miré a los ojos, obligándome a mantenerme firme.
—Porque es suya —respondí—. Su verdad. Usted decide qué hacer con ella, no yo.
Algo se encendió en su mirada. Algo peligroso.
—Eso era justo lo que necesitaba oír —comentó, dándome la espalda mientras se alejaba hacia el escritorio.
Lo seguí con la mirada, intentando ordenar mis pensamientos, negándome a dejar que su presencia dominara la habitación.
—¿Sí? —logré preguntar, aunque mi voz no sonó tan firme como habría querido.
Se detuvo apenas un instante antes de responder, como si midiera el efecto de sus palabras.
—Sí, Amelia.
Escuchar mi nombre en su voz fue como una descarga directa al pecho. No lo dijo con prisa ni con dureza, sino con una calma inquietante, como si supiera exactamente el efecto que tendría en mí.
Entonces volvió a acercarse.
Cada paso reducía el espacio entre nosotros, y con él, mi capacidad de pensar con claridad.
—Porque eres justo lo que necesito… —se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir su presencia— para obtener lo que quiero.
Entrecerré los ojos, aferrándome a la poca compostura que me quedaba.
—¿Y por qué razón me tendría que importar lo que usted quiera?
Su sonrisa apareció despacio, sin prisa, como si supiera exactamente el efecto que tendría en mí. No fue amable ni tranquilizadora. Fue peligrosa. Letal.
—Porque tú también obtendrás lo que más quieres.
No aparté la mirada. No pude. Cada palabra suya parecía aferrarse a mi atención con una fuerza imposible de ignorar.
—¿Cómo sabe usted qué es lo que más quiero? —pregunté al fin, con la voz más baja de lo que pretendía.
Él inclinó apenas la cabeza, observándome con una calma que me inquietó aún más.
—Es fácil descubrirlo cuando tienes poder —replicó—. El poder que tú necesitas para poner a salvo a tus hermanos.
Sentí cómo la sangre se me helaba, como si el aire se hubiera vuelto de pronto demasiado frío. Mis pensamientos se desordenaron, chocando entre sí.
—¿Y… cómo lograría hacer eso? —mi voz salió apenas, aunque una parte de mí ya temía conocer la respuesta.
Su silencio se extendió apenas un segundo, suficiente para que el peso de la anticipación me oprimiera el pecho.
—Casándote conmigo.
Acercó su rostro al mío, lo suficiente como para invadir cada uno de mis sentidos. Sentí su respiración mezclarse con la mía, cálida, constante, mientras mi corazón golpeaba con tanta fuerza que llegó a doler.
No sabía si temblaba por lo que me estaba proponiendo, por la cercanía peligrosa entre nosotros… o porque, muy en el fondo, una parte de mí ya lo sabía.
Aquello no era solo una propuesta.
Era el inicio de algo que, una vez comenzado, sería imposible de detener.







