Mundo ficciónIniciar sesiónMe quedé frente a la puerta como si cruzarla fuera un acto irreversible, como si ese simple gesto pudiera dividir mi vida en un antes y un después.
El despacho estaba en silencio, pero tenía la certeza de que él estaba ahí dentro. No era una intuición exagerada, era algo más simple y más incómodo: una tensión persistente en el pecho, como si mi cuerpo se negara a relajarse. Como si ya se hubiera acostumbrado a reaccionar ante su presencia incluso antes de verla.
Levanté la mano, dudé un instante más… y finalmente toqué.
—Pasa —dijo su voz desde el interior.
Era grave. Segura. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Empujé la puerta y entré. La cerré detrás de mí con cuidado, y el sonido del pestillo resonó más fuerte de lo que debería. Adrian estaba sentado tras el escritorio, con la espalda recta y las manos entrelazadas frente a él. Tenía la mirada fija en mí, sin parpadear, como si yo fuera lo único que existía en esa habitación.
Su mirada me atravesó.
No fue incómoda. Fue intensa. Calculada. Como si estuviera desnudando cada una de mis dudas sin necesidad de tocarlas. Sentí el impulso absurdo de cruzar los brazos, de protegerme, pero no lo hice. No quería que pensara que estaba retrocediendo.
—Toma asiento —indicó, señalando la silla frente a él.
Obedecí. Mis piernas se movieron antes de que mi cabeza pudiera intervenir. Al sentarme, el cuero frío del asiento me devolvió un poco de lucidez.
—Supongo —continuó— que no estarías aquí si no hubieras tomado una decisión.
Mis dedos se entrelazaron con fuerza sobre mi regazo. Bajé la vista apenas un segundo, solo uno. Y fue suficiente.
Las imágenes regresaron sin permiso: la casa, el olor a alcohol impregnándolo todo, el dolor ardiendo en mi espalda mientras los latigazos caían uno tras otro aquella mañana, justo antes de irme. El miedo constante, instalado en el cuerpo. La certeza de no haber sido lo bastante fuerte, lo bastante capaz de protegerlos.
Levanté la mirada de nuevo, obligándome a volver al presente, aunque la sensación seguía ahí, pesada, recordándome por qué ya no podía dar marcha atrás.
Volví a mirarlo.
Esa era la diferencia ahora. Ya no estaba pidiendo permiso para sobrevivir.
—He pensado en todo —mi voz sonó más firme de lo que en realidad me sentía—. En lo que implica. En lo que significa… y en lo que podría salir mal.
—Y aun así estás aquí —observó.
—Sí.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Entonces dime —dijo con calma—. ¿Qué decisión has tomado, Amelia?
Respiré hondo.
—Acepto —respondí—. Pero no a la ligera. Acepto porque no tengo el lujo de elegir lo ideal. Acepto porque mis hermanos merecen algo mejor que lo que yo tuve. Y porque, aunque me aterre decirlo, usted es la única persona que ahora mismo puede garantizar su seguridad.
No aparté la mirada. No quería que confundiera mi honestidad con debilidad.
Por un momento, no dijo nada. Me observó como si estuviera confirmando algo que ya sabía.
—Has tomado la mejor decisión —afirmó al fin—. No solo para ti. Para ellos.
Sus palabras no sonaron triunfales. Sonaron… serias.
—Entonces —continué— necesito saber cómo funcionará esto. No voy a entrar a ciegas en algo así.
Asintió lentamente.
—Será un matrimonio legal, con un acuerdo privado. De cara al público, seremos una pareja estable. Comprometida. Cercana. En privado, estableceremos límites claros.
Tragué saliva.
—¿Límites como cuáles?
Su mirada se deslizó de nuevo hacia mi rostro, deteniéndose un segundo más en mis labios. Lo noté. Lo sentí. Y, aun así, su voz se mantuvo firme.
—No mezclaremos negocios con placer.
Una parte de mí se tensó.
—Eso incluye la intimidad —aclaré—. Usted mismo dijo que no soy su tipo.
Una sombra de algo —¿diversión?, ¿interés? — cruzó fugazmente por sus ojos.
—Correcto —respondió—. No habrá intimidad.
Asentí, sintiendo un alivio que no supe si era auténtico o solo una mentira cómoda.
—Entonces —añadí, eligiendo las palabras con cuidado—, al no ser un matrimonio real… no debería importar si, en algún punto, alguno de los dos llega a sentir algo más. Por otra persona.
—Importa —me interrumpió.
Alzó una mano, cortando mi frase con precisión.
—Para que esto funcione, Amelia, ambos debemos parecer completamente comprometidos. Eso significa que, mientras dure este acuerdo, no tendrás pareja. Ni relaciones con nadie más.
La forma en que lo dijo no fue autoritaria, pero sí innegociable.
—Supongo —repliqué— que lo mismo aplica para usted.
Una comisura de su boca se curvó apenas.
—Por supuesto.
Sostuvimos la mirada durante unos segundos que se alargaron más de lo normal. Ninguno apartó los ojos. Ninguno habló. Y, aun así, había demasiado ocurriendo entre nosotros.
Había algo extraño en el aire. Algo que no coincidía con sus palabras ni con las mías. Como si ambos estuviéramos aceptando reglas que, en el fondo, sabíamos que pondrían a prueba nuestra propia resistencia.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—El necesario para consolidar la campaña. Un año, quizá menos si todo sale como debe.
Un año.
Asentí despacio.
—Entonces no somos marido y mujer —dije—. Somos… aliados.
Se levantó del escritorio y dio un paso hacia mí. Solo uno. Lo justo para que mi respiración se alterara.
—Somos exactamente lo que necesitamos ser —respondió—. Nada más. Nada menos.
No invadió mi espacio del todo, pero estaba lo suficientemente cerca como para que su presencia se sintiera como una corriente eléctrica recorriéndome la piel. Adrian extendió la mano, despacio, como si aquel gesto tuviera un peso mayor que cualquier contrato.
Me quedé mirándola unos segundos.
Era una mano firme, grande, segura. La mano de alguien acostumbrado a cerrar tratos, a decidir destinos. Levanté la vista y me encontré con sus ojos. No había prisa en ellos, solo expectativa.
Con determinación, sujeté su mano.
El contacto me estremeció.
Su piel estaba tibia, el agarre fue inmediato… y más firme de lo necesario. Sentí cómo mis dedos se tensaban, cómo un escalofrío me recorría el brazo hasta instalarse en mi pecho. No era solo un apretón formal. Era una afirmación silenciosa.
La mano de Adrian no soltó la mía de inmediato, como si ese breve contacto le perteneciera, como si soltarme fuera una decisión que aún no estaba dispuesto a tomar.
Al contrario, ajustó un poco más el agarre, como si quisiera asegurarse de que entendía exactamente en qué me estaba metiendo.
—Entonces… —dijo, sin apartar la mirada— trato hecho. Tú cumples tu parte y yo cumplo con la mía. Y los dos salimos ganando.
Mi corazón latía demasiado rápido, pero no bajé la mirada.
—Trato hecho, señor Volkov —respondí con firmeza.
Pasó un segundo. Luego otro.
Seguía sosteniéndome la mano, como si el tiempo no tuviera prisa.
—¿Podría soltarme? —añadí—. Creo que ya ha quedado claro.
Por primera vez desde que entré al despacho, algo cambió en su expresión.
No fue una sonrisa. Tampoco frialdad. Fue una leve alteración, casi imperceptible, como si mi comentario lo hubiera sacado de un pensamiento que no pretendía mostrar. Soltó mi mano al fin, despacio, y dio un pequeño paso atrás.
Yo no supe qué hacer durante ese breve instante. Ya había dicho que sí. Ya no había marcha atrás.
Así que me giré hacia la puerta.
Mis dedos tocaron el picaporte cuando su voz me detuvo.
—Amelia.
Me quedé inmóvil, con la mano apoyada en la puerta. No me giré de inmediato.
—¿Sí? —respondí al fin.
—Una cosa más.
Inspiré hondo y me volví hacia él.
—Tienes que venir a vivir conmigo.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿No… no tendríamos que hacer eso después de casarnos? —pregunté, intentando que mi voz no delatara el vértigo que me producía la idea.
—Será más creíble si ya convivimos bajo el mismo techo —respondió con tranquilidad—. La prensa observa todo. Cada detalle.
Lo miré sin saber qué decir. Mi mente intentaba seguirle el ritmo, pero mi cuerpo seguía anclado al impacto de sus palabras.
—Además —añadió—, ya no necesitarás el uniforme. Sylvie te acompañará mañana. Hay mucho que preparar si vas a convertirte en mi esposa.
Mis dedos se cerraron con más fuerza alrededor del picaporte.
Convertirme en su esposa.
—¿Estás segura de que puedes con todo esto? —preguntó entonces, clavando sus ojos en los míos—. Quiero compromiso, Amelia. Que entres en tu papel… y lo cumplas muy bien.
La duda amenazó con subir a mi garganta.
Pero entonces recordé.
Recordé el miedo constante. Las noches en vela. Los ojos de mis hermanos buscando protección en los míos. Recordé por qué estaba allí.
Asentí.
—Descuide, señor Volkov —dije con calma—. Cumpliré muy bien con mi papel. Espero que usted haga lo mismo.
No esperé una respuesta.
Abrí la puerta y salí del despacho, cerrándola tras de mí con un movimiento decidido. El sonido de la madera al encajar resonó en el pasillo y, apenas ocurrió, me apoyé contra ella, como si necesitara ese punto fijo para no perder el equilibrio.
Mi pecho subía y bajaba con rapidez, el aire entrando y saliendo sin orden. La ansiedad me envolvió por completo, mezclándose con algo más peligroso, más profundo.
Había cruzado una línea.
Y ahora, aunque las manos me temblaran, no había espacio para volver atrás. Tenía que seguir adelante.







