La mañana me encontró en la cocina de la casa de Adrian, con una taza de café entre las manos que hacía rato había dejado de estar caliente. No recordaba haberle dado el primer sorbo. Estaba apoyada contra la encimera, mirando por la ventana como si el jardín —perfectamente cuidado, demasiado ordenado— pudiera ofrecerme alguna respuesta.
No había dormido bien. Tal vez no había dormido en absoluto.
Cada pensamiento se atropellaba con el siguiente, sin llegar a ningún lugar, girando en círculos d