Capítulo 6

Adrian no se movió.

Y fue precisamente eso lo que más me descolocó.

Su cercanía ya era un hecho, una presencia imposible de ignorar, pero ahora había algo distinto flotando entre nosotros. El aire parecía más pesado, cargado de una expectativa silenciosa que me tensó por dentro. Sus ojos descendieron despacio, deteniéndose en mis labios, como si estuviera midiendo una distancia que solo él veía. Como si calculara cuánto tardaría en borrar el espacio que aún nos separaba.

Mi respiración se volvió irregular, torpe. Cada intento por controlarla parecía inútil.

No recuerdo haber pensado con claridad en ese momento. Mi mente quedó en segundo plano, superada por lo que sentía. El calor de su cuerpo tan cerca del mío, su presencia ocupándolo todo, y esa certeza inquietante, peligrosa, de que si daba un solo paso más… yo no sería capaz de detenerlo.

Ni de detenerme.

—Amelia… —murmuró.

No era una advertencia. Tampoco una orden. Sonó más bien como una prueba.

Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de mi uniforme, aferrándose a ella como si fuera lo único capaz de sostenerme. Necesitaba anclarme a algo real, algo que me devolviera al presente. A la razón. A esa versión de mí que todavía sabía cuándo huir.

Y entonces ocurrió.

El sonido de una bocina atravesó el silencio.

Fue brusco, insistente, completamente fuera de lugar… y, aun así, resultó salvador. Como si alguien hubiera encendido la luz de golpe en una habitación oscura, disipando aquello que estaba a punto de salirse de control.

Me aparté de él de inmediato, con el corazón desbocado, respirando como si acabara de despertar de algo demasiado intenso para ser solo un instante.

—Tengo que irme —solté, demasiado rápido, como si temiera que, si me detenía un segundo más, ya no pudiera hacerlo.

Adrian no intentó detenerme. No dio un paso atrás tampoco. Se quedó ahí, observándome, como si aquella interrupción no hubiera hecho más que posponer algo inevitable.

—No te he pedido una respuesta ahora —repuso con calma—. No sería justo.

Tragué saliva, intentando recuperar el control de mi respiración.

—Mi tía… —añadí, señalando vagamente hacia la ventana, como si eso pudiera explicarlo todo—. Ella me espera.

—Lo sé.

Su mirada volvió a mis labios por un segundo más. Uno que se me hizo eterno.

—Pero esto no se queda aquí —continuó—. Piénsalo. Con cuidado. Y cuando estés lista… me darás tu respuesta.

No lo dijo como una advertencia.

Lo dijo como quien ya conoce el final.

Asentí sin atreverme a hablar y pasé a su lado. Al cruzar el umbral del despacho sentí su mirada anclada a mi espalda, siguiéndome por el pasillo como una presencia que no necesitaba tocarme para hacerse sentir.

Salí de la casa con las manos heladas y el corazón aún demasiado rápido.

Betty estaba dentro del auto, el motor en marcha. En cuanto subí, me observó de reojo, como si notara que algo no estaba del todo bien.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —respondí, desviando la mirada hacia la ventana—. Solo fue una noche larga.

Asintió, sin insistir, y arrancó. Mientras nos alejábamos, no me atreví a mirar atrás. Sabía —sentía— que, de hacerlo, volvería a encontrarlo observando desde alguna ventana, imperturbable.

Y no estaba segura de poder soportarlo.

Esa noche no dormí.

Cada vez que cerraba los ojos, él regresaba. Su forma de mirarme, tranquila, segura. La manera en que había pronunciado mi nombre, como si tuviera derecho a hacerlo. Y, sobre todo, cómo había dicho casándote conmigo, con la frialdad de quien enuncia una verdad matemática, no una decisión capaz de salvar… o destruir vidas.

Las de mis hermanos.

El amanecer me encontró sentada en la cama, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas, como si así pudiera protegerme de mis propios pensamientos. La luz pálida entraba por la ventana, pero no traía alivio.

Solo una pregunta, insistente, golpeándome la cabeza una y otra vez.

¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar por ellos?

Los días que siguieron fueron una tortura silenciosa.

Adrian no volvió a mencionarlo. Pero algo había cambiado. Su presencia se sentía distinta, más atenta, como si siempre supiera dónde estaba, como si me observara desde la distancia, esperando sin prisa.

Sylvie aparecía con frecuencia en la casa. Siempre impecable, siempre tensa, moviéndose con la seguridad de quien entiende perfectamente el papel que ocupa. Yo evitaba su mirada, temiendo que pudiera ver algo en mí. Algo que me delatara. Algo que confirmara que yo era esa mujer de la que él había hablado.

La mujer perfecta para un papel que jamás había pedido interpretar.

Y, sin embargo, cada vez que limpiaba el despacho, cada vez que cruzaba la sala donde él solía trabajar, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Era un reflejo traicionero, imposible de controlar.

Recordaba sus manos a ambos lados de mi cuerpo. Su voz baja, medida. La forma en que su mirada había descendido, lenta, peligrosa, como una promesa que no necesitaba palabras.

Y eso me inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La decisión llegó una tarde gris, sin anunciarse, como suelen llegar las cosas que cambian el rumbo de todo. No fue producto de una reflexión larga ni de una noche de insomnio. Llegó de golpe.

Todo comenzó con una llamada.

Un número desconocido apareció en la pantalla y estuve a punto de ignorarlo. Durante un segundo lo contemplé vibrar entre mis manos, como si presintiera que al contestar algo se rompería. Algo que ya venía sosteniéndose con dificultad.

Respondí.

La voz al otro lado era formal, distante, desprovista de cualquier rastro de afecto. Bastó escucharla para que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente. Me senté de golpe, con el corazón apretándose en el pecho.

Era mi padre.

No preguntó cómo estaba. No mostró sorpresa. No fingió interés. Fue directo, como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado y él aún tuviera derecho a irrumpir en mi vida cuando quisiera.

—Puedes cambiar de dirección, de rutina… incluso de nombre, si quieres —añadió—. Pero no puedes esconderte para siempre.

Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, pesadas, cargadas de una amenaza que no necesitaba elevar el tono para hacerse sentir. Apreté el teléfono con fuerza, consciente de que aquello no era algo superado ni enterrado. No había pasado el tiempo suficiente para eso. Solo unas semanas… y, aun así, bastaron para que me diera cuenta de lo frágil que era la distancia cuando alguien sabía exactamente dónde presionar.

En ese instante lo supe.

Aquella llamada no era una advertencia lanzada al azar. Era un recordatorio preciso, calculado, de que el margen que me había concedido a mí misma se había reducido hasta desaparecer. El tiempo que creí haber ganado no existía.

Colgué con las manos temblando, dejando el teléfono a un lado como si quemara. Tardé unos segundos en recuperar el aliento, en convencerme de que seguía en el mismo lugar, de que nada había cambiado… aunque sabía que no era cierto.

Esa noche, cuando el silencio volvió a adueñarse de la casa y los pasillos quedaron vacíos, caminé hacia el despacho de Adrian una vez más. Mis pasos no fueron inseguros ni guiados por la casualidad. No iba movida por la curiosidad ni por un impulso momentáneo.

Iba porque ya conocía la respuesta.

Porque, después de aquella llamada, dejar de decidir también era una decisión. Y yo ya no podía permitírmelo.

Avancé con la certeza pesada en el pecho, sabiendo que al cruzar esa puerta algo se cerraría para siempre… y algo más, inevitable, comenzaría.

Y porque, de una forma que todavía no me atrevía a poner en palabras, sabía que él también estaba esperando.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP