Capítulo 8

Esa noche, mi habitación se volvió demasiado pequeña para todo lo que llevaba dentro. Las paredes parecían cerrarse a mi alrededor, incapaces de contener el peso de mis pensamientos.

Caminaba de un lado a otro sin rumbo, como si el simple acto de moverme pudiera ordenar el caos que me habitaba. Como si al desgastar el suelo bajo mis pies lograra desgastar también el miedo que me apretaba el pecho. Me sentaba en la cama solo para volver a ponerme de pie segundos después, incapaz de quedarme quieta. Apoyaba las manos en el marco de la ventana y respiraba el aire frío de la noche, esperando que me despejara, que me devolviera algo de claridad. No lo hacía.

Nada lo hacía.

Cada intento de calma terminaba siempre en el mismo punto, como un círculo del que no podía salir.

Adrian Volkov.

El acuerdo.

El matrimonio.

Las palabras se repetían en mi mente, una y otra vez, perdiendo sentido y ganando peso al mismo tiempo. No era solo la idea de unirse a él en un papel, ni las consecuencias que eso traería. Era todo lo que se abría detrás de esa decisión, todo lo que implicaba aceptar algo que jamás había imaginado para mí.

Y, por encima de todo, estaba Betty.

Su rostro apareció con claridad incómoda, recordándome por qué había llegado hasta allí, por qué no podía permitirme el lujo de pensar solo en mí. Me llevé una mano al pecho, intentando calmar el ritmo de mi respiración.

Decírselo era lo que más me aterraba. No por miedo a su juicio, sino por la posible decepción si llegaba a pensar que estaba tomando un camino que no me pertenecía. Ella había sido mi refugio cuando todo se había venido abajo. Me había dado un hogar sin hacer preguntas, había recogido mis pedazos con una paciencia infinita. No podía fallarle.

Me detuve frente al espejo.

La chica que me devolvió la mirada parecía serena, pero yo conocía ese brillo en los ojos. Era el mismo de siempre, el que aparecía cuando tomaba decisiones por necesidad y no por deseo. El mismo que había tenido la mañana en que decidí huir de casa.

—Es por ellos —me recordé en voz baja—. Siempre es por ellos.

Respiré hondo, conté hasta tres… y abrí la puerta.

El pasillo estaba en silencio. Desde la cocina se escapaba una luz cálida, familiar, que contrastaba demasiado con el torbellino que llevaba dentro. Betty estaba allí, ordenando la alacena con la tranquilidad de siempre, concentrada en gestos pequeños y cotidianos, como si el mundo no acabara de darme la vuelta hacía apenas unas horas.

Me quedé en la entrada, observándola en silencio. Había algo profundamente injusto en tener que romper esa calma, en llevarle una verdad que no tenía forma de encajar en ese escenario tan simple y tan suyo.

—¿Amelia? —preguntó sin girarse—. ¿No puedes dormir?

Negué con la cabeza, aunque sabía que no podía verme, y avancé despacio hasta sentarme a su lado. El nudo en la garganta se hizo más fuerte. Antes de que el valor terminara de escaparse, tomé sus manos entre las mías.

Betty se giró de inmediato, alarmada.

—Cariño… ¿qué pasa?

—Betty —pronuncié su nombre y tuve que aclararme la garganta antes de continuar—. Voy a contarte algo muy importante, pero necesito que me prometas que vas a mantener la calma.

Mi propia voz me sonó extraña, demasiado seria. Ella levantó la mirada y, al hacerlo, su expresión cambió. El color se le fue del rostro.

—No me digas eso —susurró—. ¿Ha pasado algo con los niños?

—No —me apresuré, apretando sus manos con fuerza—. No. Están bien. De verdad. Al contrario… esto podría ayudarnos a protegerlos.

Parpadeó, claramente confundida. Vi cómo su mente intentaba adelantarse, buscar explicaciones, pero ninguna parecía encajar. Sus cejas se fruncieron levemente.

—No entiendo —dijo al fin, con voz cautelosa.

Y entonces hablé.

Las palabras salieron despacio al principio, como si necesitara probar cada una antes de soltarla. Le conté todo, desde el comienzo hasta el final. El acuerdo. La propuesta de matrimonio. La razón política detrás de todo aquello. La promesa de protección para mis hermanos. No oculté mis dudas ni el miedo que me había acompañado desde el primer momento, pero tampoco minimicé lo que aquella oferta significaba. La posibilidad real de mantenerlos a salvo.

Mientras hablaba, Betty no me interrumpió ni una sola vez. Me escuchó con atención, con esa mirada serena y firme que siempre había tenido cuando algo realmente importaba. No había juicio en sus ojos, solo una concentración silenciosa que me sostuvo más de lo que esperaba.

Cuando terminé, el silencio se instaló entre nosotras.

Pensé que me haría mil preguntas. Pensé que se levantaría de golpe, que negaría con la cabeza, que me diría que estaba loca por siquiera considerarlo. Me preparé para eso.

Pero no lo hizo.

—El señor Volkov es un hombre serio —dijo al fin, con calma—. Y poderoso.

Asentí despacio.

—Si ha dado su palabra… la cumplirá. En eso confío.

Al escucharla, sentí que algo dentro de mí se aflojaba. No era paz, ni mucho menos tranquilidad, pero sí un alivio tibio, breve. El suficiente para recordarme que no estaba sola.

Pero entonces me miró de una forma distinta. Una tristeza silenciosa cruzó su rostro y me desarmó por completo.

—Pero eso no es lo que me preocupa, Amelia.

—¿Entonces qué? —pregunté, sintiendo cómo la tensión volvía a apretarme el pecho.

Soltó una de mis manos y la llevó hasta apoyarla sobre mi pecho, justo donde mi corazón latía con demasiada fuerza, demasiado rápido.

—Esto —dijo con suavidad—. Me preocupa que salgas lastimada aquí.

—Yo sé cuidarme —respondí enseguida, casi a la defensiva, como si necesitara creerlo.

Negó despacio.

—Lo sé —admitió—. Siempre lo has hecho. Pero hay heridas que no se evitan siendo fuerte. Hay cosas que te alcanzan incluso cuando haces todo bien.

Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya.

—Ese hombre no es común —continuó—. Es frío, calculador… y tú sientes más de lo que crees.

—No va a pasar nada —aseguré—. Es solo un acuerdo. Nada más.

Me sostuvo la mirada, como si intentara atravesar esa certeza frágil.

—Eso dices ahora —replicó con suavidad—. Pero prométeme algo.

—Lo que sea.

—Que si en algún momento esto empieza a dolerte —pidió—, no te lo guardes. Dímelo. No tienes que ser fuerte conmigo. No cargues sola con algo que puede romperte.

Asentí.

—Te lo prometo.

Betty no dijo nada más. Simplemente me rodeó con los brazos y me atrajo hacia ella. Fue un abrazo largo, firme, lleno de una ternura silenciosa que me sostuvo mejor que cualquier palabra. De esos abrazos que no pretenden arreglar el mundo ni borrar las decisiones difíciles, pero que logran, al menos por un momento, que el peso sea compartido y el dolor un poco más soportable.

Me quedé allí, respirando su aroma familiar, aferrándome a esa sensación de hogar que siempre había sido ella para mí. Cuando finalmente nos separamos, su mirada seguía cargada de preocupación, pero también de confianza.

Regresé a mi habitación arrastrando el cansancio conmigo. Sentía el cuerpo pesado, como si cada paso requiriera un esfuerzo extra, pero mi mente se negaba a descansar. Era una vigilia inquieta, tensa, incapaz de apagarse.

Me quité los zapatos, me senté un momento al borde de la cama y luego me dejé caer sobre las sábanas. Cerré los ojos, esperando que el sueño llegara por agotamiento.

No lo hizo.

Fue entonces cuando Adrian apareció, sin pedir permiso, como si siempre hubiera estado aguardando detrás de mis párpados.

Su imagen se impuso con una claridad perturbadora. Su cercanía, demasiado presente. La forma en que me miraba, como si pudiera leerme incluso aquello que yo misma evitaba enfrentar. Recordé su torso desnudo, la seguridad de su postura, la manera en que ocupaba el espacio sin esfuerzo. El recuerdo de su mano envolviendo la mía volvió con una intensidad incómoda, permaneciendo más de lo necesario, como si ese gesto sencillo escondiera algo más profundo.

Y su voz… pronunciando mi nombre despacio, con una entonación distinta, como si en sus labios tuviera otro significado. Como si al decirlo me reclamara, o me marcara de alguna forma invisible.

Abrí los ojos, con el corazón acelerado, consciente de que aquello no era solo cansancio ni imaginación.

Era anticipación.

—Basta —me dije en un susurro, casi como una orden—. No pienses en eso.

Intenté expulsar las imágenes de mi mente. Esto no era sobre deseo. No debía serlo. No era sobre Adrian, ni sobre la forma en que su presencia se colaba en mis pensamientos con una facilidad que me resultaba peligrosa.

Era sobre Thomas.

Sobre Suzie.

Sobre darles un hogar donde el miedo no dictara cada paso, donde las noches no estuvieran marcadas por gritos, golpes o silencios demasiado densos.

Eso era lo único que importaba. Eso era lo que me había llevado hasta aquí.

Jamás cruzaríamos esa línea. Me aferré a esa certeza como a un salvavidas, repitiéndola una y otra vez hasta que sonara real. Era un acuerdo, nada más. Un trato frío, calculado, necesario. Sin ilusiones. Sin promesas ocultas.

Además, él mismo lo había dejado claro.

Yo no era su tipo.

Ese pensamiento debería haberme tranquilizado más de lo que lo hizo. Debería haber cerrado cualquier puerta, apagado cualquier chispa antes de que pudiera encenderse. Y, sin embargo, no logró calmar el latido errático de mi corazón ni la inquietud que se había instalado en mi pecho.

La noche avanzó despacio, envolviéndolo todo en un silencio espeso. El reloj marcó las horas sin que yo pudiera dormir, y cada minuto parecía reforzar esa sensación incómoda de estar engañándome a mí misma.

Mi mente insistía en negar lo evidente.

Pero mi corazón… mi corazón no entendía de acuerdos ni de razones.

Y fue esa desconexión, ese presentimiento de que algo se me estaba escapando de las manos, lo que más me asustó.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP