Mundo ficciónIniciar sesiónElla quiere venganza. Él quiere poder. Traicionada por su propia hermana y rechazada por su marido, Isabella vio su vida desmoronarse de una forma cruel y humillante. Isabella vio a su hermana casarse con su esposo, tener el hijo que él deseaba y terminar quedándose con su casa. Entonces aparece Augusto, el playboy más comentado de las columnas sociales, conocido por sus escándalos y romances pasajeros. Él llega con una propuesta inesperada: un contrato. Un matrimonio de conveniencia. Para Isabella, sería la oportunidad de recuperar lo que perdió —dinero, estatus y poder— y, tal vez, destruir a quienes la hicieron sufrir. Para Augusto, la oportunidad perfecta de redimirse ante la sociedad y mostrarse como un hombre comprometido y respetable, digno de ganarse la confianza de su padre. Pero, al unir sus destinos, descubrirán que la pasión puede ser tan avasalladora como peligrosa. Vivir bajo el mismo techo con Augusto —seductor, provocador e irresistible— se convierte en un juego arriesgado, donde mentiras y verdades se mezclan. En medio de misterios, intrigas familiares y deseos prohibidos, Isabella y Augusto tendrán que enfrentarse a sentimientos que jamás imaginaron: amor, lealtad, celos y el difícil arte de volver a confiar. Al final, lo que comenzó como un acuerdo puede convertirse en una llama imposible de controlar.
Leer más"Isabella"
Me quedé mirando la palabra divorcio en el papel sin poder comprender qué estava pasando y, peor aún, por qué era mi hermana quien me entregaba aquel documento.
— Sé que es mucho para procesar —dijo mi hermana ante mi silencio.
— ¿Esto es una broma? —pregunté con la voz ronca.
Karen me miró con una expresión de lástima, una mirada que yo conocía bien. Siempre la usaba cuando me creía demasiado ingenua, demasiado optimista o cuando tardaba en comprender las cosas.
— No, Bela, no es una broma. Carlos y yo nos enamoramos. Pasó. Y no es justo contigo. Por eso él está pidiendo el divorcio. Tenemos la intención de casarnos —dijo con calma, casi con indiferencia, como si casarse con mi marido fuera lo mismo que cambiarse de ropa.
— Quiero hablar con Carlos —dije, levantándome y tomando el celular, sintiendo que mis manos temblaban—. Esto tiene que ser algún tipo de broma.
— ¿Para qué, Bela? Solo te traerá más sufrimiento —continuó ella, con esa voz melosa y fingida que siempre me irritó.
— ¡Es Isabella! ¿Oíste? ¡ISABELLA!
— No hace falta gritar. Estoy tratando de ayudar. Él está sufriendo mucho con esto, pero no controlamos el corazón y no queremos engañarte.
— ¿Ayudar? Estás en mi casa diciendo que mi marido quiere el divorcio para casarse contigo, mi hermana. ¿Y crees que me estás ayudando?
— Estoy intentando facilitarlo, no tiene por qué ser doloroso y difícil...
— ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo viene pasando esto?
— Es reciente, quería contártelo desde el principio, pero estabas en un momento frágil. Eres mi hermana, mi única familia, y esta es una situación muy difícil.
Karen habló con los ojos empañados; yo no tenía idea de cómo podía ser tan cínica y manipuladora.
Carlos no contestaba el teléfono, pero no escaparía tan fácilmente. Karen estaba en mi sala con la petición de divorcio en la mano. Era el colmo del descaro. La dejé hablando sola, tomé mi bolso y salí. Llevábamos casados cinco años; él no podía hacer algo así sin mirarme a la cara. Un matrimonio no se puede tirar a la basura de esa forma por un lío con cualquier mujerzuela, y eso era exactamente lo que mi hermana era, lo sabía desde hacía mucho tiempo.
La oficina estaba cerca de casa y logré llegar conduciendo sin causar un accidente. Pero, cuando bajé del coche, el guardia de seguridad me bloqueó la entrada.
— Lo siento, señora Isabella, pero el doctor Carlos dijo que no podía permitirle subir.
— ¿Cómo? ¡Yo soy la dueña de la empresa! ¿Quién se cree que es para impedirme subir? —grité, sintiendo que mi paciencia se transformaba en pura lava.
— Lo siento, pero son órdenes.
— ¿Órdenes de quién? Él va a hablar conmigo, ¡claro que sí! ¡Carlos! ¡Desgraciado! ¡Baja aquí y darme la cara como un hombre! ¿Quieres cambiarme por mi hermana? ¡Cámbiame, pero lo vas a hacer mirándome a los ojos! —grité a todo pulmón, bajo la mirada atónita del guardia que aún me impedía el paso.
— Isabella, ¿qué crees que estás haciendo? ¿Crees que esto va a resolver algo? —Karen me había seguido.
— ¡Karen, no me hables o te rompo la cara! —me abalancé hacia ella.
— No puedes hacer eso. Estoy embarazada —dijo asustada, llevándose la mano a su vientre todavía liso.
Miré a mi hermana en shock. Sentí que el mundo giraba. Aquello no podía estar pasando. Yo llevaba años intentando quedarme embarazada y, de repente, mi hermana estaba encinta y diciendo que se casaría con mi marido, el hombre que yo amaba y que juraba que me amaba también.
Karen aprovechó mi momento de parálisis y pasó corriendo junto al guardia. Carlos no bajó, aunque estaba segura de que había oído mis gritos.
— Vete a casa, Isabella, es mejor para que te calmes —dijo Karen con una sonrisa en el rostro, luego se dio la vuelta y entró en el ascensor.
Quería seguir gritando, pero la noticia del embarazo me desestabilizó. Perdí el rumbo; llamé una vez más a Carlos, pero el teléfono ni siquiera daba tono.
Volví al coche. Necesitaba ir a casa, poner mis ideas en orden, entender qué estaba pasando. Pero las imágenes de mi hermana diciendo que estaba embarazada, tocándose el vientre y dándome los papeles del divorcio me perseguían.
Conduje de vuelta a casa intentando organizar mis pensamientos y entender cómo todo había llegado a ese punto. Pero, al detenerme ante el portón automático, no se abrió. Y me informaron que tenía prohibida la entrada.
— ¡La casa es mía! ¡Él no puede impedirme entrar en mi propia casa! —grité a la portería.
Pero aparentemente, podía. La policía llegó y amenazó con retirarme por la fuerza. Sin saber a dónde ir, solo con lo que llevaba puesto, fui a casa de mi tía, la única pariente que me quedaba.
— ¡Isabella! ¡Te estaba llamando ahora mismo! —dijo mi prima en cuanto me vio estacionar en la acera.
No sabía cómo contarle lo que había pasado, pero no hizo falta. Camila ya lo sabía. Todas mis cosas habían sido enviadas a casa de mi tía.
En la sala había cajas con mi ropa y algunas pertenencias tiradas de cualquier manera. Mi tía, con la mano en el corazón, me pedía calma. Me habían echado de mi propia casa.
Fue allí, mirando aquellas cajas, donde finalmente lloré. Todo parecía demasiado surrealista, pero la visión de mis cosas amontonadas me golpeó directo al corazón. El recuerdo de Karen diciendo que estaba embarazada, que estaba enamorada de Carlos... era demasiado.
Lloré de humillación, por haber sido engañada por el hombre al que juré amar, el que creía que era el amor de mi vida y que pensaba que también me amaba a mí.
Mi prima me abrazó, intentando consolarme, pero yo me ahogaba en mis lágrimas, inmune a cualquier consuelo.
— Bebe un poco de agua —dijo ella, entregándome el vaso.
Camila me ayudó a beber porque mis manos no dejaban de temblar. Poco a poco me fui calmando, hasta que me sentí somnolienta y perdí la conciencia, alejándome por un tiempo del dolor.
"Augusto"Isabella tomó el vaso de agua temblando y llorando. Tenía algunos arañazos en los brazos, marcas de las uñas de Aline, pero parecía ni darse cuenta.Yo podría intentar explicar la situación: que Aline entró en el cuarto solo con un albornoz y me pilló por sorpresa; que, justo después de quitárselo, saltó encima de mí completamente desnuda; que apenas tuve tiempo de pensar o reaccionar antes de que Isabella entrara en la habitación. Pero ella no parecía estar en condiciones de escuchar ninguna explicación, y yo tenía suficiente experiencia en situaciones así para saber que nadie creería mi versión.—Voy a ducharme — dijo Isabella de repente, entrando en el baño y cerrando la puerta con llave.Media hora antes, el ambiente entre nosotros era ligero, agradable. Estaba seguro de que sería una noche estupenda. Ahora, la única certeza que me quedaba era que, probablemente, Isabella me pediría que durmiera en el suelo, lo cual sería ridículo, considerando que ni siquiera éramos una
"Isabella"Sentía la mirada de Augusto mientras comía con calma; la comida era deliciosa y merecía ser apreciada sin prisas. Pero, en realidad, mi corazón latía a mil por hora; desestabilizar a Aline me había dado una inyección de adrenalina. Me recordaba un poco a mi hermana: arrogante, mirándome con lástima, como si yo fuera ingenua y tonta.Sin embargo, no era solo adrenalina. Me había aferrado a Augusto en el agua, de verdad, besado con ganas, sentido su tacto firme por mi cuerpo, no era fingimiento, estaba excitada. Él había despertado mi cuerpo, que ahora sentía necesitado. Sabía por qué él quería tanto volver al bungaló. Decía que no sentía ganas de entregarme a Augusto, pero ahora, mientras comía, era en lo único en lo que podía pensar. Era una pésima idea.Cuando terminamos de comer, Augusto parecía aliviado; el objetivo era volver a la habitación. Me sujetaba por la cintura con firmeza. Ya estaba oscuro, el cielo estaba estrellado y el clima era agradable. Me sentía feliz y
"Augusto"—Una noviecita tuya acaba de acorralarme en el baño. Olvidaste avisarme que sería perseguida por gente loca.Isabella había vuelto del baño y parecía indignada. Aún sentía el gusto de su boca; sabía que el beso era solo para marcar territorio, pero me había incendiado. Necesitábamos tener una charla sobre los límites, entender cuál era el nuestro. Isabella seguía hablando sobre la mujer del baño. Miré a mi alrededor; no conocía a nadie y no tenía idea de quién podría ser.—Mírala allá —señaló Isabella a una mujer a cierta distancia.—Mierda, es Aline.—¿Quién es Aline?No podía ser coincidencia que Aline estuviera allí. ¿Qué pretendía esa loca siguiéndome hasta el Caribe? Había olvidado lo guapa y linda que era; una pena que fuera tan celosa.—¿Tiene algo natural? —preguntó Isabella con ironía.—Seguramente no, pero hay que admitir que es un excelente trabajo.—Entonces, ¿quién es ella?—Aline Moreira. Tuvimos algo hace un tiempo, duró unos cuatro meses...—Vaya, un récord.
"Isabella"Era simple, bastaba con ver la situación de otra forma. Augusto era un amigo, un amigo que pagaría las cuentas y compartiría la cama conmigo. Simple.Así, sin preocuparme mucho por la situación, me puse mi bikini, una salida de playa, me eché protector solar, preparé mi bolso y nos fuimos a la playa. Un paraíso de aguas transparentes, con un azul clarito y un clima maravilloso, de cielo azul y sol. El hotel ofrecía camas de madera en una franja de arena exclusiva para los huéspedes. Extendí mi toalla y me acosté. Mi intención era aprovechar al máximo y fingir que no estaba allí como una falsa novia contratada con una vida que se había ido por el desagüe.Augusto se sentó a mi lado y se quitó la camiseta y el pantalón corto. No necesitaba mirar a mi alrededor para saber que cualquier mujer que estuviera allí nos estaba observando. Una cosa era ver la foto del hombre sin camisa exhibiendo su abdomen definido, y otra muy distinta era verlo en persona. Camila tenía razón: Augus
"Isabella"Mi celular me despertó, no por la alarma, sino porque vibraba sin parar. Tardé unos segundos en entender qué estaba pasando y quién quería hablar tanto conmigo, mas en realidad estaba siendo inundada de mensajes de personas desconocidas. Augusto había publicado una foto nuestral, no solo nuestra, sino también con su abuela, en su red social, con un pie de foto cursi: “mis dos amores”.Yo ya había cerrado mi red social, que en realidad era un perfil prácticamente muerto; tenía muy pocas personas y hacía años que no publicaba nada. Pero, de alguna manera, descubrieron quién era, y mi móvil estaba siendo bombardeado con mensajes de mujeres. Muchas mujeres.— Isa, ¿ya despertaste? —dijo mi prima—. ¡Mujer, hay gente mandándole mensajes hasta a mí! No sé cómo descubrieron que somos primas, aunque en internet es fácil, la gente realmente sabe ser detective.Entró en mi habitación y se metió en mi cama.— Creo que eres la mujer más odiada del lugar en este momento… y también la más
"Isabella"Cuando entré en aquella casa, mis piernas temblaban. El clan Salvatore estaba reunido en la sala; parecían una pintura renacentista: todos eran hermosos, irradiaban poder y dinero. ¿Qué demonios hacía yo allí?Sentía la mano de Augusto en mi espalda, su cuerpo cerca del mío. No sé cómo, pero sabía que, si salía corriendo, él me apoyaría. Era extraño, no nos conocíamos bien, pero confiaba en él, al menos en ese punto.Tenía razón cuando dijo que una copa de champán ayudaría. Ya iba por la tercera y me sentía más ligera, más relajada.Diana parecía ser la única con ganas de desenmascararme. La hermana de Augusto era una mujer guapa, parecía una modelo, elegante, pero con un porte arrogante. El único que parecía un poco más normal era el hermano mayor, César. Aun así, no me dejé engañar: si Augusto y Diana fueron criados para ser dueños del mundo, César, como primogénito, debía de ser igual. Apuesto a que solo sabía disimular mejor. Los padres de Augusto parecían simpáticos, p
Último capítulo