AELIANA
El infierno está vacío y todos los demonios están aquí.
Aprendí a huir de los míos, los que desataron demonios para atormentarme el resto de mi vida, pero mientras observaba la advertencia en mi mano, supuse que no había corrido lo suficientemente lejos. Tampoco lo suficientemente rápido.
“Para Aeliana Hartley,
Con la bendición de sus familias, Seraphine Paul Hartley y Diego Rollins solicitan el honor de su presencia para ser testigos del inicio de su unión.
Reserva la fecha: 28 de febrero.
Lugar: Salón Valour”.
Eso era lo que decía, con mi nombre escrito en letra cursiva.
No entendía por qué tenía que ir. Estaba bastante segura de que la novia, mi hermanastra, no me quería ahí. Sera y yo no nos llevábamos bien; odiaría arruinar su día especial con mi presencia, y además, volver significaría empaparme en aguas que alguna vez me ahogaron.
Por eso traté de negarme, inventé toda excusa posible para no asistir, pero mi padre no quiso saber nada. No querría que pareciera que no tenía una familia perfecta, aunque sí la tenía. Sin mí, claro. Yo era la que arruinaba las cosas, la que debió haber muerto en la sala de partos, pero mamá murió en mi lugar.
El corazón se me aceleró cuando se abrieron las puertas de la manada.
—Identificación, por favor —pidió el oficial de patrulla de la manada—. Y dígame el motivo de su visita.
—Aeliana Hartley, vengo a la boda de mi hermana. Voy a alojarme en Oaks, casa número veintiséis, Calle Hartley —dije, entregándole mi pasaporte.
El oficial me miró, luego revisó mi identificación.
—¿Está segura de que es usted? —preguntó, levantando una ceja.
No, claro, debía de ser una broma. La foto era de hace unos años, pero me veía igual, y acababa de tener un vuelo de dieciséis horas, sin mencionar el vuelo de nueve horas antes de ese.
Por suerte, no insistió.
—¿Y piensa quedarse mucho tiempo?
—Señor, nací aquí. Tengo todo el derecho legal y los documentos para quedarme cuanto quiera, pero solo estaré hasta mañana.
Asintió y me devolvió la identificación.
—Las nuevas leyes de la manada establecen que una ausencia de más de cinco años amerita renovación de membresía por la oficina legal.
—Qué bueno que solo estoy de visita —dije con una sonrisita.
—Que tenga un buen día. —El oficial sonrió y le dio una palmada al techo del auto.
Le dediqué una última sonrisa antes de arrancar el auto rentado. Un servicio que agradecía, porque no quería molestar a nadie al día siguiente cuando fuera hora de irme. Tenía varias llamadas perdidas de papá, junto con algunos mensajes de mis otros hermanos diciendo que iba tarde. En mi opinión, llegaba a tiempo; pero la realidad era que me había perdido la ceremonia de la iglesia y me iba a ganar un buen regaño por eso. Al menos ya estaba allí.
Cuando bajé del auto, me topé con muchas caras, algunas familiares, otras desconocidas. La manada olía familiar, olía a recuerdos, buenos y malos. Tantos recuerdos que el aire era casi sofocante; quería volver a subirme al auto y tomar el próximo vuelo lejos de allí, pero no podía.
Tragué saliva por culpa del nudo que se me iba formando en la garganta y me recordé que era solo un día. Una ceremonia, unas cuantas sonrisas falsas para la cámara y luego podría irme de nuevo. La gente parecía estar pasándola en grande; algunos ya estaban ebrios afuera del salón, otros seguían bebiendo y unos cuantos apenas llegaban… como yo.
Mi padre estaba parado cerca de la entrada, con la postura rígida, un puro entre los dedos mientras hablaba con un hombre que no reconocía. Pensé en cómo entrar sin que me viera, pero él me vio primero, con una mirada rápida y fría. Estaba enojado.
Respiré profundo y caminé hacia él.
—Llegas tarde —dijo.
—Problemas con el vuelo —repliqué con calma. En el fondo, hubiera preferido un aterrizaje de emergencia para no tener que venir.
Mi padre asintió, con la mandíbula tensa.
—Sígueme —ordenó, sin presentarme a su colega como siempre hacía con mis hermanos.
Él no decía una sola palabra. Caminaba delante de mí y yo lo seguía, con el corazón sincronizándose al ritmo veloz de mis tacones repiqueteando en el suelo. La gente me miraba, susurraba y se burlaba. Recibía los peores gestos habidos y por haber, y sabía perfectamente el porqué. Pero era una de esas cosas con las que había decidido aprender a vivir; de esas que ya daban igual, sin importar en qué punto de mi vida me encontrara ahora.
Mi padre me llevó hacia un grupo de mujeres. Pude oler a su esposa antes de que él se volteara a mirarme.
—Ve a saludar —ordenó, pasando entre las mujeres y dejándome con ellas.
—Cariño…
Pandora, mi madrastra, me llamó, con la sonrisa amplia y brillante. Debía de estar muy orgullosa de su pequeña Sera. El lugar era exclusivo, y el paquete de bodas que habían contratado costaba una fortuna.
—¡Ay, sí vino!
Levanté la mano para saludar, pero ella me jaló en un abrazo apretado.
—Hola, Liana, nena. —Me besó la mejilla—. ¡Qué lindo que nos acompañes!
—¿Liana? —exclamó la señora Thorne—. ¿Como Aeliana? ¿La pequeña de Freya?
Mamá Pandora asintió.
—Sí, es ella.
—Vaya, te ves tan diferente, querida. —La señora Cole sonrió, mirándome de arriba a abajo—. ¡Qué bella!
Tragué saliva.
—Gracias.
No era precisamente un cumplido. Me había llamado fea unas cuantas veces en el pasado, y aunque Pandora me defendió, también se había reído con ella.
—Qué bendecida eres, Pandora, ¡tienes hijas tan guapas! —comentó otra que no reconocía—. ¡Vaya!
Mamá soltó una risa forzada y falsa.
—Ay, ya basta. Esta ni siquiera es mía, no puedo atribuirme el mérito por ella.
Traducción: es un desastre, pero no es mi responsabilidad. Solo soy una Hartley cuando les conviene y, por desgracia para mí, eso ocurre una vez cada nunca.
—¿Dónde has estado, pequeña Freya? —preguntó la señora Thorne con una sonrisa. Pronunciaba el nombre de mi madre con dulzura; por lo que sabía, solían ser buenas amigas.
Antes de que pudiera contestar, la señora Cole intervino.
—¿Estás emparejada, querida? —preguntó, sin darme oportunidad de hablar, igual que su hija—. ¿Cuándo es tu boda? Seraphine solo es dos años mayor que tú.
—No estoy emparejada.
—Si te hubieras quedado en la manada en lugar de huir a hacer quién sabe qué cosas, ya lo habrías encontrado a estas alturas —reprochó mamá.
La señora Thorne soltó una risita.
—Ay, Pandora. Los compañeros siempre se encuentran. Además, no hay nada de malo con la chica; es atractiva, seguro encontrará a alguien que se enamore de ella.
La señora Cole puso los ojos en blanco, sin disimular su hostilidad hacia mí.
—Una cosa es la belleza, y otra muy distinta es el carácter.
Y ahí estaba: la verdadera razón por la que me fui.
Media manada me había visto desnuda; habían visto mi humillación, habían visto las fotos, pero nadie pidió mi versión de la historia. Para ellos, no había palabras que pudieran competir con el peso de esas imágenes. Y estaba bien; no tuve palabras en ese entonces, y tampoco las tengo ahora.
Mamá rio con nerviosismo.
—Aeliana, ¿por qué no vas a saludar a tu hermana? Después de todo, estás aquí por ella, ¿no?
—Sí —asentí, tragándome la vergüenza—. Con permiso.
—Espera… —me llamó mamá. Intentó seguirme o, más bien, escapar de la incomodidad y la vergüenza que mi presencia le acababa de costar a la familia, otra vez.
Le dediqué una sonrisa y negué con la cabeza. Se me quedó mirando un momento, luego asintió para que avanzara. El Salón Valour era enorme, pero encontrar a la novia no era difícil. Seraphine y sus amigas estaban en la barra libre, riendo y señalando a los invitados, como siempre.
Ella no se dio cuenta de mi presencia; fue su amiga, Dalton, la primera en verme. Su sonrisa se borró mientras le tocaba el hombro a mi hermana.
—Sera.
—¿Qué? —preguntó Sera, buscando con la mirada al notar que Dalton se quedaba callada. A diferencia de ella, a mi hermana se le ensanchó la sonrisa—. Vaya, miren a quién tenemos aquí, Aeliana.
—Hola, hermana —dije, forzando las palabras—. Felicidades, te ves preciosa.
Seraphine hizo un puchero.
—Ay, gracias.
—Debo decir que pensé que no aparecerías —dijo su amiga—, pero aquí estás, y sin regalo.
Fruncí el ceño; se había vuelto atrevida. Normalmente, era la mejor amiga de Seraphine la que me hablaba así, pero no la veía por ningún lado. Audrey y Seraphine eran un combo, ¿se habrían peleado?
—Rita, está bien —la detuvo Seraphine—. No hace falta tener dos regalos que ni siquiera pedí; con su presencia basta.
—Yo solo…
—Espera, ven acá —soltó Seraphine sin pensarlo, con los labios temblorosos en un intento de sonrisa.
Conocía esa sonrisa, la odiaba. Siempre significaba que algo estaba por pasar, algo que solo su lado sádico encontraba gracioso.
—Tienes que conocer a mi esposo —dijo, chasqueando los dedos y echando a andar.
Puse los ojos en blanco y caminé cerca de ella mientras ponía mi mejor sonrisa para cualquiera que estuviera mirando. Y créeme, todos miraban a la hija del Gamma que se vio envuelta en uno de los pocos escándalos sexuales de la preparatoria.
—Se muere por verte.
—Entonces, cuando lo conozca, ¿le doy el pésame o quieres que mienta y lo felicite por casarse contigo?
Sera resopló.
—Una invitación no significa que tengas que aparecer. Sabes que no deberías estar aquí. —Chasqueó la lengua y se detuvo a unos pasos de un grupo de hombres de traje alrededor de una mesa—. ¡Bebé! —llamó con dulzura—. ¡Mi hermana ya está aquí!
Varios de ellos voltearon, pero ninguno era el novio. Cuando él por fin se giró para vernos, el mundo entero se me derrumbó.
—Aeliana —dijo—. Tanto tiempo sin verte.
No.
Esa voz.
Me sonrió, y el estómago se me revolvió de asco, desprecio e incomodidad. Todos hablaban, pero no oía nada; me empezaban a zumbar los oídos. Era él.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Trastabillé hacia atrás y todas las miradas se posaron en mí.
Mi loba murmuró algo, pero no logré entenderla; estaba demasiado concentrada en respirar, en huir. Hasta el vestido se sentía pesado. Empezaba a ver doble; necesitaba salir de ahí.
Necesitaba…
Tropecé contra algo duro. No, ¿contra alguien?
Nadie me sostuvo. Caí directo al suelo, y el zumbido de mis oídos quedó sepultado por la vergüenza. Cuando intenté levantarme, lo peor que podía pasarme esa noche se materializó frente a mí.
—Compañero —dijo mi loba—. Mío.
Levanté la mirada y la fijé de inmediato en unos ojos fríos. Y, ¿por segunda vez en la noche? Mi mundo entero se vino abajo.
No. Él no.
Último capítulo