Capítulo 2
KINGSTON

Mi lobo llevaba inquieto los últimos días, exigiendo a su compañera, y esa noche armó todo un espectáculo obligándome a dar vueltas en busca de una pareja que no existía.

Ya había pasado la edad de emparejamiento. Estaba seguro de que iba a tener que elegir compañera, y lo hice; aunque no estaba marcada, ella era mi elección.

Mi novia, Audrey, fue un rayo de sol cuando más la necesitaba, y la manada la adoraba con locura. Me acompañó afuera a fumar, pero al regresar al salón, mi lobo se puso aún más inquieto, eufórico. No era la primera vez que pasaba, y pensaba ignorarlo hasta que alguien se estampó contra mí.

No fue su culpa, yo miraba algo que Audrey me mostraba, pero cuando bajé la mirada para disculparme, mi lobo enloqueció.

—Compañera —repetía una y otra vez, cada vez más claro, posesivo, reclamante. Su voz sonaba tan fuerte que ahogaba la música y el murmullo del salón—. Nuestra compañera, Kingston.

—¿Estás seguro? No huele a nada —le dije.

No la olía, pero cuando ella levantó la mirada, todo cambió. El vínculo me golpeó como una ola, el pecho me ardía. De furia, de impacto y de tantas emociones que ni siquiera podía nombrar.

Aeliana Hartley.

Ella no debería estar allí. No en mi territorio. No en mi vida. No cerca de mí. Sus ojos se abrieron de par en par, revelando ese característico tono violeta que solo ella tenía.

No podía creer lo que veía. Aeliana había desaparecido de nuestras vidas hacía casi cinco años y nadie volvió a saber de ella. Pero allí estaba, vestida de dorado como el ángel que alguna vez creí que era.

—Compañera —gruñó mi lobo—. Reclámala.

Apreté los puños, las uñas se me clavaron en las palmas mientras luchaba por contenerme. Tenía que ser una broma; tal vez mi compañera estaba en algún rincón de ese salón y no tirada a mis pies. Audrey me apretó el brazo, pero me solté y di un paso hacia Aeliana.

Ella se levantó, y como hacía siempre que las cosas se ponían difíciles, intentó huir. Se negó a enfrentar lo que solo nosotros dos acabábamos de sentir. La agarré del brazo y una chispa eléctrica me recorrió la mano. No creía que ella la hubiera sentido, todavía me miraba con incredulidad.

—Lo sentiste, ¿no? —pregunté, no por la chispa, sino por el vínculo. Esa atracción fue tan fuerte que casi me puso de rodillas, y a ella la hizo tambalear por un instante.

Aeliana no articuló palabra; se limitó a mirarme con la vista perdida y el pecho agitado. Estaba drogada. Había escuchado hablar de ese hábito suyo, pero era la primera vez que lo presenciaba. Estaba asqueado, consternado con la elección que la Diosa de la Luna había hecho para mí.

—Tú no perteneces aquí; no puedes ser mi compañera.

—Suéltame. —Aeliana tragó saliva; la mano le temblaba.

—Voy a ponerlo muy fácil para los dos, Hartley —dije entre dientes, negándome a pronunciar su nombre de pila. Hacía años que no lo decía en voz alta, pero iba a tener que hacerlo.

Se le suavizó la mirada, algo le brilló en los ojos, pero pasó tan rápido que no alcancé a descifrarlo.

—Kingston, por favor… —dijo. No estaba seguro de qué me suplicaba, pero no había forma de que estuviéramos juntos. No en esta vida.

Me enderecé; tenía que terminar con esto de una vez por todas. No podía tenerla como compañera, ni como Luna; mi manada merecía algo mejor, y su egoísmo no lo iba a arruinar.

—Yo, el Alfa Kingston Vale de Mooncrest, te rechazo a ti, Aeliana Hartley, como mi compañera y Luna. Rechazo todos los vínculos y corto todos los lazos —dije, forzando las palabras; el dolor me arañaba el pecho.

Los presentes ahogaban sus gritos; comenzaron los murmullos y los chismes.

—Acepta mi rechazo —exigí, apretándole la muñeca con más fuerza.

Ella no hablaba. Abrió los labios, pero no emitió ningún sonido. Cuando una lágrima le rodó por la mejilla, perdí los estribos de nuevo.

—Acepta mi rechazo —gruñí.

—Yo, Aeliana Hartley de Mooncrest… —comenzó, con la voz quebrada y la respiración agitada como si estuviera corriendo. Le apreté la muñeca con más fuerza y soltó un sollozo ahogado—. Acepto tu recha…

—¡No! —interrumpió alguien.

Solté la muñeca de Aeliana, listo para hacer pedazos a quien se atreviera a entrometerse. Apreté la mandíbula al ver de quién se trataba. Era mi padre, el Alfa Dante.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó.

Alguien me ganó la palabra antes de que pudiera responder.

—Aeliana es la compañera de Kingston —dijo esa voz tan familiar. Se trataba de Damien, mi hermano menor.

—No por mucho tiempo —repliqué—. Voy a romper este vínculo; es un error. Alguien como ella jamás podría ser mi compañera, y mucho menos la Luna de mi manada.

—No vas a hacer tal cosa, King —sentenció mi padre—. Aeliana es destinada, no puedes rechazarla.

¿Destinada?

¿Se escuchaba a sí mismo? No era destinada, era una problemática que no estaba a la altura de ser mi compañera.

—Ya la rechacé y lo haré de nuevo. Lo único que tiene que hacer es aceptarlo.

A Aeliana le tembló el labio.

—Acepto tu…

—No, Aeliana —volvió a interrumpir mi padre, interponiéndose entre los dos—. No puedes rechazar un vínculo forjado no solo por la propia Diosa de la Luna, sino por las deidades del destino.

—Padre —advertí.

—Aeliana se convertirá en tu Luna. Si la rechazas, alteras el orden de las cosas, renuncias a tu derecho sobre la manada, Kingston —sentenció, mirándome con esa decepción que reservaba para mis hermanos.

Aeliana soltó un jadeo fuerte, como si le faltara el aire, y salió corriendo. Nadie fue tras ella; todos ya estaban acostumbrados a sus dramas.

—Sin ella, no serás el Alfa; la ceremonia final de sucesión no se llevará a cabo. Solo tendrás mi bendición si ella está a tu lado —advirtió—. Gamma Hartley, acompáñame.

Lo vi alejarse y justo detrás iba el padre de Aeliana. La gente murmuraba sobre lo que acababa de pasar: la amenaza pública que me lanzó mi padre y cómo Aeliana le había arruinado la celebración de boda a Seraphine.

Una mano acarició mi bíceps. Bajé la mirada y me encontré con los ojos de Audrey.

—King —articuló con dificultad; las lágrimas le bajaban por las mejillas—. ¿Qué está pasando?

—Vete a casa, Audrey —mascullé rechinando los dientes, harto de los últimos veinte minutos—. Te veo allá.

La voz de mi padre me llegó por el enlace de la manada: “Sala de juntas catorce”.

Fue todo lo que dijo.

Conociendo a mi padre, se marcharía si llegaba un solo segundo tarde, así que caminé rápido, coordinando mis pisadas con el violento latido de mi pecho. La puerta de la sala de juntas estaba entreabierta; dentro estaban mi madre, mi padre y Damien.

—Papá, no puedo casarme con Aeliana.

—¿Por qué no? —preguntó, haciendo girar el licor en su vaso.

—¿Hablas en serio? —pregunté, resoplando—. ¿Acaso no sabes…?

—Si es por aquel incidente del pasado, cometió un error; era joven —me interrumpió. Pero eso no era excusa, ella sabía perfectamente lo que hacía—. Lo que hizo no es distinto de lo que tú venías haciendo, salvo que tú no tenías público. Lo del video fue desafortunado.

—No es por el video —protesté.

Claro que me decepcionó enterarme de que Aeliana se filmó cogiendo con un tipo cualquiera, pero ese era asunto suyo. Lo que me dejó marcado era su actitud con los demás; cómo me sacó de su vida como si yo no fuera nada, cuando ella lo era todo para mí.

—Papá, no tienes idea en qué clase de persona se convirtió, Aeliana es…

—King, cálmate —pidió mi madre, sacudiendo la cabeza—. Te estás poniendo pálido.

—Mamá —dije con un suspiro pesado. Claro que estaba pálido, acababa de ver un fantasma de mi pasado y estaba vinculado a él.

Mi madre frunció el ceño.

—Tú amabas a Aeliana, ¿qué fue lo que cambió?
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