Chillé de miedo y abrí mucho los ojos al verlo. Estaba ahí; King estaba en mi casa, y yo seguía en Mooncrest. Mierda. Maldita sea.
—Hola, compañera. —Sonrió, satisfecho.
—Señorita. —Lisa se aclaró la garganta—. El Alfa Kingston está aquí —dijo.
Como si no fuera obvio. Todavía respiraba agitadamente por el susto.
—Ya veo. —Suspiré.
Lisa me dedicó una sonrisa incómoda antes de salir de la habitación. Me quedé a solas con un Kingston que me fulminaba con la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Un pajarito me dijo que te ibas y pensé que debía pasar a despedirme —dijo sin inmutarse—. Después de todo, somos compañeros.
¿Compañeros? Resoplé.
—Me rechazaste.
King se encogió de hombros.
—Cambié de opinión.
—¿Que cambiaste de opinión? —Lo miré con dureza—. ¿Qué demonios se supone que significa eso? Anoche casi me rompes la muñeca y...
—Deja de hacerte la víctima —se burló—. Ese papel ya está muy gastado, ¿no crees? Y además, no me lo trago, sé quién eres.
—Soy alguien que se va. —Fingí una sonrisa—. No volverás a saber de mí, así que adiós, ¿te satisface? ¿O prefieres que le bese el anillo a su señoría al salir?
No habló; volvió a mirarme con furia. Intenté irme, pero su mano me rodeó la muñeca y me jaló de vuelta.
—No vas a ninguna parte, compañera. Te quedas aquí y nos vamos a casar.
—¿Estás loco? —espeté, tratando de zafarme de su agarre—. ¿Por qué me casaría contigo? Cambiaste de opinión, y tienes novia. Cásate con ella.
—Nada me gustaría más que casarme con ella; sería fácil —murmuró entre dientes—. Pero si quiero ser Alfa en esta vida, tengo que casarme contigo. Mi padre está empeñado en la idea por alguna razón, y es un pequeño sacrificio por el bien de la manada.
Sacrificio. Casarme contigo. Lo decía como si fuera un insulto, como si me estuviera haciendo un favor al retirar su rechazo.
—No te debo nada a ti ni a esta manada, King. Y no vas a impedir que me vaya. No tienes ningún derecho sobre mí.
—Ah, ¿no? —Ladeó la cabeza.
—No. Ni siquiera me quieres; quieres convertirme en un juguete para divertirte, pero mala suerte, imbécil, no va a pasar. No voy a seguirte el juego.
—Aquí no hay ningún juego, compañera —dijo, sin soltarme la mano todavía.
Me habría esfumado sin hacer ruido, pero menos mal que estaba ahí, podía aplastar su ego y romper este maldito vínculo.
—Yo, Aeliana Hartley de la manada Mooncrest, te rechazo, Alfa Kingston Vale, como mi compañero. Rechazo todos los vínculos y corto todos los lazos. Acepta mi rechazo.
King hizo una pausa, me torció la muñeca y rio.
—No. —Me jaló hacia él—. Yo, Alfa Kingston Vale, rechazo tu rechazo.
Se me desencajó la mandíbula. ¿Podía hacer eso? Era algo inaudito, una locura; él estaba loco.
—Ahora eres mía, Aeliana. Las Parcas lo han decidido, y no vas a ninguna parte.
—No puedes detenerme. —Chasqueé la lengua e intenté pasar de nuevo a su lado, pero me agarró del cuello y me azotó contra la pared.
Apenas tuve tiempo de recomponerme antes de que se inclinara hacia mí y me olfateara el cuello.
—Y además nuestros aromas son compatibles —dijo, con veneno en la voz—. Qué divertido.
¿Divertido? No, él lo detestaba. Yo también lo detestaba, pero lo que hizo después me dejó las piernas sin fuerza. Sentí su lengua sobre mi piel y me quedé inmóvil.
—King, por favor, no.
—¿Que no qué, Aeliana? ¿Que no reclame lo que el destino me dio a la fuerza?
—Me estás lastimando —dije con la voz quebrada—. Por favor, no...
El resto de las palabras se me murió en la lengua. Sus colmillos se me clavaron en el cuello y apenas grité. No se demoró. Mordió tan fuerte que me hizo sangrar; le agarré la muñeca para detenerlo, pero apretó con más fuerza.
Esto no se parecía en nada a la marca de un compañero, se sentía como un castigo, como una posesión. Pasó la lengua por la herida un momento, casi como si la besara, y entonces se detuvo.
Sentí que me faltaba el aire. Estaba marcada. Marcada por el hombre que me abandonó. Me soltó el cuello y caí al suelo, con el corazón descontrolado.
—Bueno —dijo, y ese sonido me atravesó como nunca antes. Todavía temblando, alcé la mirada hacia él y sonrió de oreja a oreja—. Intenta irte otra vez, y te mostraré exactamente qué les pasa a los que se interponen en mi camino.
—No puedes hacer esto —sollocé, tocándome el cuello.
—A mí me parece que ya está hecho.
No pude contener las lágrimas que empezaron a caer. Todavía sentía sus dientes en el cuello y su lengua recorriéndome la herida hasta que la sangre se detuvo. Me arrebató la posibilidad de decidir si quería ser marcada.
—Te odio.
—¿Crees que quiero esto? —Se rio entre dientes—. Estar emparejado contigo es mi peor pesadilla hecha realidad, pero ¿te atreves a huir de mí? Asegúrate de esconderte bien, porque te cazaré, compañera.