Mi respuesta fue inmediata, obvia.
—Ella cambió, y las cosas que hizo…
—Olvídalas —rezongó mi padre, con tono aburrido—. Aeliana va a ser tu Luna. Te casarás con ella, y solo con ella, si quieres que el traspaso de mando proceda como está planeado.
Desvié la mirada hacia mi madre y ella asintió. Por supuesto que estaría de acuerdo con él. Eran un equipo, algo que Aeliana y yo no podíamos ser.
—Tu padre tiene razón, tienes que casarte con tu compañera destinada, o maldecirás nuestra estirpe.
—El linaje estará bien. No soy el primero en rechazar a una compañera.
A mi padre se le encendieron los ojos de ira.
—No la vas a rechazar.
—Ya lo hice —rebatí. Tenía que dejar esa obsesión con las compañeras destinadas; hacía minutos, él ni siquiera pensaba que yo tuviera una.
—Y que esa sea la última vez que lo dices, hijo. A menos que quieras renunciar a ser Alfa.
Resoplé.
—¿No crees que estás llegando demasiado lejos? —le pregunté alzando una ceja. Había trabajado tanto por esa manada, me había ganado el traspaso no solo porque era el primogénito…
—No puedo simplemente casarme con ella, tengo…
—¿A esa omega descarriada que no sabe ni para dónde ir sin ti? —se burló mi madre.
Me detuve. Atónito. Ella adoraba a Audrey, todos la adoraban. ¿Y de pronto apareció Aeliana y ya la estaba denigrando?
—No, mi amor. Vas a dejarla. La chica es dulce, pero no tiene lo que se necesita para ser Luna.
—¿Y Aeliana sí? —pregunté, a punto de soltar una carcajada—. ¿Qué tiene que hacer Audrey para calificar? ¿Acaso acostarse con cualquiera es el…?
La mejilla me ardía.
Tardé un segundo en darme cuenta de que me habían dado una bofetada. Damien soltó una risita burlona cuando me quedé en silencio y me toqué la mejilla. La mirada de mi madre se endureció.
—Si no la quieres, dilo de una vez y tu padre hará que uno de tus hermanos sea el Alfa. Pero si todavía quieres esta manada, vas a respetar a tu Luna, Kingston.
Mi padre se levantó de su asiento con una sonrisa torcida; esa mueca me decía que me tenía bien merecido el golpe desde el segundo en que le llevé la contraria.
—Vamos, mi Luna. Es tarde —dijo.
Se fueron de la sala sin siquiera un adiós. Aeliana llevaba allí apenas unos minutos y todo se estaba cayendo a pedazos.
De una patada mandé a volar una de las sillas, que fue a chocar contra la mesita a mi izquierda, rompiendo el florero de vidrio que estaba encima.
—Vaya, vaya —silbó mi hermano, sosteniendo una botella de cerveza—. Kingston —me llamó, acercándose a pesar de mi silencio—. Escucha, si estás tan apegado a Audrey, quédate con ella como tu amante —dijo el idiota, sonriendo con malicia—. A nadie le importa, ¿y vale la pena ese culo como para renunciar a las llaves del reino…?
—Cállate —gruñí, frotándome las sienes. Estaba tratando de procesar todo lo ocurrido en la última hora y él no paraba de hablar.
—No lo entiendo, hermano. Has deseado esto siempre, y no por las razones que yo lo haría. Te importa esta manada, ¿y vas a renunciar a ella? ¿Por Audrey? —dijo, mofándose—. Eres más listo que eso, Kingston.
Le lancé una mirada fulminante.
—No le dispares al mensajero porque tiene razón —se burló, levantando las manos en señal de rendición—. Solo acepta mi consejo, la manada está más segura en tus manos. Yo la arruinaría, Callum la echaría a perder. Y Rowan podría ser mejor, pero no es elegible a menos que derroque a nuestro padre. Lo cual es muy poco probable, Rowan le besa el culo a papá, no puede desafiarlo —dijo, y su mirada cambió—. Ah, aquí viene Row.
—¿Qué pasa?
—¿Aeliana? —solté un bufido—. ¿Por qué ella?
—Has estado obsesionado con esa chica desde que estabas en pañales, siempre la has visto con otros ojos, ¿entonces cuál es el problema ahora? —preguntó Damien, una vez más, sin que nadie lo provocara.
—Cállate, Damien —gruñí.
—Oye, Rom, ¿a poco no vivía obsesionado con ella?
—Cuidado con lo que dices —le advirtió Rowan.
—Vamos —Damien se rio—. ¿En serio lo vas a animar a renunciar a la manada solo para quedarse con Audrey porque es bonita?
Hizo una pausa, y como nadie le respondió, volvió a hablar.
—¿Y ya viste a Aeliana? La chica se puso buena. —Soltó un silbido y el sonido me sacó de quicio—. Si no estuviera ya emparejado o casado, créeme, no tendría ningún problema en ir tras ella. ¿Esas tetas? Se ven tan sexis, jugosas, como si un cirujano hábil las hubiera hecho para el porno. Apuesto a que están mejor cuando está desn…
Lancé el puño antes de poder detenerme. El impacto me dejó un dolor intenso en los nudillos. Damien se atragantó, tambaleándose.
—¡King! —advirtió Rowan, corriendo a ayudar a mi idiota hermano.
Damien se echó a reír.
—Relájate, todos le han visto las tetas; aunque en ese entonces eran más pequeñas.
Estaba fuera de mí. Si volvía a mencionar las tetas de Aeliana iba a dejarlo lisiado. Rowan debía de leerme la mente porque negó con la cabeza.
—Lárgate —suspiró—. Estás borracho, él está furioso y esto se va a convertir en una carnicería muy pronto.
Para mi sorpresa, Damien obedeció, pero antes de cruzar la puerta se detuvo y soltó un suspiro exagerado.
—Solo intentaba ser un buen hermano, pero úsame y deséchame, tal como vas a hacer con Audrey… —Damien sonrió con malicia—. ¿O es a Aeliana a la que vas a desechar? —Sonrió con desprecio—. Buenas noches, hermano —dijo, y se escabulló.
Entre Damien, papá y Aeliana, estaba perdiendo la cabeza. Y luego estaba Audrey.
Dios, ¿qué hacía?
Ella me había dedicado su vida, y la forma en que me miró allá afuera…
Rowan me dio una palmada en el hombro.
—¿Estás bien, hombre?
—¿Por qué ella? —gruñí. Preferiría a una loca antes que a ella, aunque no había mucha diferencia entre Aeliana y una loca.
Rowan se rio entre dientes.
—¿Te sorprende? Digo, es Aeliana.
—No, no es ella —le espeté—. La Aeliana que dejamos ya no existe, Rowan. Tú sabes lo que hizo.
—Lo sé —dijo asintiendo—. Yo también detesto lo que hizo, pero no me sorprende que sea tu compañera. Papá te está haciendo elegir entre la manada y una Luna de tu elección… —Dejó la frase en el aire, atrapado en un pensamiento que no terminaba de decir. Ni siquiera encontraba las palabras.
—Lo sé. —Asentí. Aeliana ya no rondaba mis sueños; estaba aquí otra vez. Qué crueldad de mi padre, hacerme elegir entre la manada y una vida sin Aeliana.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?