Capítulo 5
KINGSTON

Pasé toda la noche tratando de darle sentido a mi vida. Cada vez que intentaba dormirme, no podía dejar de pensar en Aeliana. Años atrás, la decisión habría sido fácil; no lo habría pensado dos veces, pero ese día la decisión me pesaba demasiado.

Mi lobo quería a Aeliana; yo quería la manada. Nuestros deseos iban por caminos distintos, pero para quedarme con las dos cosas, debía hacer este sacrificio. Me negaba a dejar que Aeliana arruinara todo por lo que tanto había trabajado. Se arrepentiría de haber vuelto a Mooncrest; debió mantenerse al margen de nuestras vidas.

Estaba listo desde las siete de la mañana, y cuando el reloj por fin dio las nueve, salí de mi oficina. Sabía que Audrey ya estaba en su salón de belleza a esa hora, así que me ahorré sus lloriqueos.

Afuera, todo el lugar bullía con la noticia de mi rechazo de la noche anterior, y pronto bulliría con la noticia de mi próxima boda. Distinguí el auto de mi mamá cuando salía del estacionamiento.

—¡Kingston! —me llamó desde su ventanilla, tocando la bocina.

No me quedó más remedio que bajar de mi auto e ir hasta el suyo.

—Mamá, ¿qué haces aquí tan temprano?

—Vine a ver lo que decidiste —dijo—. Aeliana ya está de acuerdo, ¿estás listo para disculparte por tu arrebato de anoche?

—No fue un... Espera. —Me detuve; sus palabras no tenían sentido en ese momento—. ¿Dijiste que Aeliana está de acuerdo?

—Sí. —Sonrió de oreja a oreja—. Pandora me llamó esta mañana. Estaba muy contenta y quería que nos viéramos, ya que vamos a ser consuegras.

Algo no encajaba; Aeliana no aceptaría. La forma en que me miró anoche dejaba claro que no quería tener nada que ver conmigo; era la mirada de la chica que cortó lazos conmigo y con el resto de la manada. ¿Qué estaba tramando?

—¿Entonces cuál es tu decisión?

—Me casaré con ella —dije, y enseguida sonrió. No la veía tan feliz desde que mi sobrino dijo su nombre como primera palabra—. Me alegra que te dé gusto que tu marido me esté obligando a este matrimonio.

—Ay, vamos, hijo. Aeliana es una chica hermosa. —Su sonrisa se ensanchó—. Tu padre no te está obligando a nada; te está ayudando. Así debe ser; no necesitas una compañera elegida cuando el destino te bendijo con una.

—Yo no diría que me bendijo —refunfuñé. Mi problema con Aeliana iba más allá de su aspecto. Su aspecto no era el problema; la chica era despampanante.

—Yo sí —insistió—. O sea, me parecía bien que Audrey fuera tu elegida, pero hay algo en ella que no me termina de convencer.

¿Que no le convencía? Si se llevaban bien, habían ido a cenar sin mí incontables veces.

—No sé, King. Audrey es encantadora y agradable, pero solo se enfoca en ti. Una Luna necesita ser equilibrada, ¿y esa Aeliana? Siempre me cayó bien. Siempre ha sido muy sensata y tranquila; veo un poco de mí en ella.

—Mamá, por favor, ya basta —gruñí—. Si Aeliana hubiera querido estar conmigo, lo habría estado; Audrey no habría existido, pero me desechó en cuanto encontró a alguien más con quien divertirse.

Mamá se llevó una mano al pecho, incómoda.

—Lamento que estés de luto por tu relación con Audrey, pero ¿quieres que te sea sincera? Siempre tuve la esperanza de que Aeliana fuera tu compañera, desde que eras pequeño, y ahora está pasando.

Asentí.

—De nuevo, muy feliz por ti, madre. —Aunque el inicio de su declaración fue compasivo, no había dejado de sonreír ni una sola vez; tenía un brillo en los ojos.

—Te traje una pulsera para que se la des cuando te disculpes; tiene el escudo de nuestra familia. —Metió la mano en su bolso. Hurgó un momento y sacó una cajita rosa. A Aeliana ni siquiera le gustaba el rosa—. Toma, deberías dársela antes de que se vaya.

—¿Que se vaya? —Entrecerré los ojos.

—Sí. —Asintió, acercándome la caja cuando no la tomé—. Pandora dice que volverá a Clinshore a recoger sus cosas. Aunque regresará en una semana, lo mejor es que ya le muestres que te interesa.

Varios pensamientos se me agolparon. Aeliana aceptó mi rechazo pese a la interrupción de mi padre y...

—No va a volver.

—¿Cómo que no? —preguntó mamá, con un miedo inconfundible en la voz.

—Está huyendo —le dije—. Aeliana no regresará una vez que se vaya.

—Entonces deberías detenerla —dijo—. Sin Aeliana no hay manada, no hay Alfa. Tiene un vuelo en la tarde. Voy a verme con Pandora para almorzar y hablar de algunas cosas.

AELIANA

Me pasé el tiempo buscando un lugar nuevo al que mudarme, un sitio donde no me encontraran. Mi mejor opción era la manada Blood Moon, una manada densamente poblada, acogedora y, lo mejor de todo, en medio de la nada. Nadie me buscaría jamás allí, y me adaptaría a las condiciones de vida.

Un año antes le di clases a la hija del Beta en la universidad y seguíamos en contacto; ella podría ayudarme a mudarme mientras definía mi siguiente plan.

Mi plan no era muy elaborado, pero resolvería esos detalles durante el vuelo. Estaba sentada en la sala en pijama, fingiendo que todo estaba bien mientras mamá se arreglaba para salir a almorzar con la señora Vale. Cuando por fin salió de la casa, esperé unos minutos, volví a mi cuarto por mis cosas y, al salir, sonó el timbre.

—Yo abro —le grité a la empleada de la casa.

Pensé que mamá había olvidado algo con las prisas, pero cuando abrí la puerta me encontré con una visita inesperada.

Audrey Cole. La niña dorada, la hija consentida, la princesa ganadora de concursos de belleza, la favorita de la manada y la preciada novia del Alfa. Me empujó y entró, sin invitación, como si la casa fuera de su idiota novio.

—¿Qué haces aquí, Audrey? —suspiré—. Seraphine ya no vive aquí. Mamá no está y...

—Vine por ti, Chillona. —Me fulminó con la mirada. El uso de ese apodo degradante logró exactamente lo que ella quería; me hizo retroceder seis años—. Estaba desayunando y escuché que vas a casarte con mi novio.

—Escuchaste mal.

Se rio.

—Ah, ¿sí? ¿O en serio te volviste loca y crees que Kingston te miraría dos veces? Es mío, Chillona, así que más te vale quitarte esas ilusiones, o solo volverás a avergonzar a tu familia. No lo niegues ahora, Sera me dijo que aceptaste.

—Sera no estaba aquí —espeté, cruzándome de brazos—. Y sí, acepté.

—Vaya. —Dejó escapar un sonido burlón—. Alguien se puso valiente.

—Si crees que vas a tocarme, vas a ver, Audrey —le advertí—. Ya no soy una niñita, y no tengo nada que perder. No me obligues a lastimarte ahora que es la última vez que te veo.

—¿La última vez? —Entrecerró los ojos—. ¿Crees que puedes deshacerte de mí solo con quitarme a mi hombre?

—No te estoy robando nada, es tuyo. —Tragué saliva—. Te eligió a ti.

Sonrió ampliamente.

—Bien, ya lo entiendes. Entonces deberías irte, sal de nuestras vidas, Aeliana. Nadie te quiere aquí, hasta tus padres son más felices cuando no estás.

Tenía razón.

—Tal parece que yo también soy más feliz lejos de todos ustedes, y no tenías que venir hasta acá a advertirme sobre Kingston. No lo quiero, es un idiota, y tú también lo eres por pensar que yo lo querría.

—Lo quieres; todo el mundo lo quiere... —Se detuvo, mirando el celular en su mano—. Tienes suerte de que tenga que llevarle a Sera los boletos de su luna de miel, pero recuérdalo bien, Chillona. Puedo destrozarte.

No me molesté en responder. Se alejó, bajando a saltitos por el sendero con sus zapatos de diseñador. Era asombroso cuánto podía cambiar la gente, pero parecía que su odio hacia mí seguía intacto.

Cerré la puerta de un portazo, subí de nuevo y me preparé para el vuelo. Como sabía que nunca volvería, me llevé todo lo que había olvidado empacar la vez anterior. Mi álbum de fotos de la infancia, los libros que heredé de mi madre biológica y, mientras sacaba los libros, me encontré con la caja de madera con cerradura donde guardaba las cartas de King. Debí haberlas quemado cuando dejó de responderme.

Mi vuelo era en cuatro horas, y estaba lista con casi una hora de sobra. Metí la maleta en el auto, pero cuando iba a arrancar, recordé que el celular seguía arriba, así que volví por él.

—Nada de despedidas falsas e incómodas —murmuré para mí misma, bajando las escaleras al trote—. Esto es bueno.

Alguien me respondió:

—¿Qué es bueno?
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