El bosque estaba tranquilo esa tarde, tan quieto que incluso los insectos parecían moverse con cuidado, como si temieran romper algo sagrado. Aylén se adentró entre los árboles sin prisa, siguiendo el sendero que ya no necesitaba mirar para recorrer. El vestido sencillo rozaba sus tobillos y, aunque el cansancio seguía allí, había decidido ignorarlo. Necesitaba ese lugar, necesitaba ese silencio que no la juzgaba, que no le pedía nada.
Al llegar al claro, se dejó caer sobre la hierba, boca arri