El bosque estaba tranquilo esa tarde, tan quieto que incluso los insectos parecían moverse con cuidado, como si temieran romper algo sagrado. Aylén se adentró entre los árboles sin prisa, siguiendo el sendero que ya no necesitaba mirar para recorrer. El vestido sencillo rozaba sus tobillos y, aunque el cansancio seguía allí, había decidido ignorarlo. Necesitaba ese lugar, necesitaba ese silencio que no la juzgaba, que no le pedía nada.
Al llegar al claro, se dejó caer sobre la hierba, boca arriba, respirando hondo. El cielo se abría entre las copas de los árboles en fragmentos irregulares, manchas de azul atravesadas por ramas y hojas que se mecían lentamente. Le gustaba mirarlo así, roto, incompleto, porque se parecía un poco a ella. Apoyó una mano sobre el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón, y dejó que los pensamientos fluyeran sin orden.
No escuchó pasos.
No escuchó advertencias.
Solo sintió el cambio.
Primero fue la sombra que se deslizó sobre su rostro, suave, pro