El amanecer llegó antes de que Aylén estuviera lista.
La luz gris se filtró por la pequeña ventana de su habitación y se deslizó sobre las paredes gastadas, deteniéndose en los pocos objetos que aún podía llamar suyos. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, el bosque volvía, el claro silencioso, el peso cálido del lobo a su lado. Se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido, y durante un instante tuvo la absurda esperanza de que todo hubiera sido un sueño, de que ese día no ex