El amanecer llegó antes de que Aylén estuviera lista.
La luz gris se filtró por la pequeña ventana de su habitación y se deslizó sobre las paredes gastadas, deteniéndose en los pocos objetos que aún podía llamar suyos. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, el bosque volvía, el claro silencioso, el peso cálido del lobo a su lado. Se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido, y durante un instante tuvo la absurda esperanza de que todo hubiera sido un sueño, de que ese día no existiera.
Pero existía.
Los pasos en el pasillo la devolvieron a la realidad. Eran firmes, medidos, distintos a los de su familia. Aylén se levantó con rapidez y apenas tuvo tiempo de acomodar el vestido sencillo cuando llamaron a la puerta. No esperaron respuesta. Dos escoltas del Alfa entraron, altos, vestidos con los colores del territorio, su sola presencia imponiendo un respeto que en esa casa nunca se le había concedido a ella.
—Aylén —dijo uno de ellos, sin dureza pero sin familiaridad—. E