Heller quedó ahí, paralizado por un instante, hasta que un rugido de furia desgarró su garganta y lo hizo retumbar contra las paredes.
—¡Largo de aquí! ¡Quiero estar solo! —gritó con una rabia que parecía salir de lo más hondo de sus entrañas.
Irina dio un paso hacia él, intentando tocarle el brazo, consolarlo, pero la apartó de un manotazo brutal.
—¡Fuera! —escupió, con los ojos encendidos como brasas.
Bea se adelantó y, con un gesto frío, sujetó a Irina del brazo.
Al sacarla de la habitación,