Heller intentó tomarla por la fuerza, sus manos ásperas, buscando atraparla como si fuera de su propiedad.
Pero Eyssa, con un movimiento desesperado, lo apartó, empujándolo con toda la rabia contenida en su pecho.
—¡Heller, eres un sinvergüenza! —escupió con un temblor de ira en su voz—. ¿Qué demonios haces aquí?
Él arqueó una ceja, con esa sonrisa arrogante que siempre había usado para atormentarla.
—Esta es mi habitación, querida —su tono estaba impregnado de burla venenosa—. Y pronto tu adora