Al llegar al bosque, dejaron a Eyssa encerrada en el auto, el motor aun zumbando suavemente mientras la naturaleza rodeaba el vehículo con su silencio ominoso.
La luz del sol se filtraba a través de las hojas, creando sombras danzantes que parecían burlarse de la situación.
Heller, con el corazón en un puño, salió del auto y comenzó a caminar de un lado a otro, la ansiedad y la rabia ardiendo en su interior.
—Hijo —dijo Bea, su voz cortante, como el viento helado que soplaba entre los árboles.