Bea estaba en esa celda, acabada y destruida.
Las paredes frías de piedra la rodeaban, y la oscuridad parecía abrazarla como un viejo amigo, uno que no deseaba tener.
El eco de sus pensamientos resonaba en su mente, un constante recordatorio de sus fracasos y de las decisiones que la habían llevado a ese lugar.
Su corazón, una vez lleno de ambición y deseos de poder, ahora latía con un peso de desesperanza.
Había perdido todo, y lo que era peor, había arrastrado a quienes más amaba en su caída.