OLIVAR.
El sol apenas empieza a filtrarse por las cortinas, pero yo no he dormido nada. He pasado la noche entera sentado en el borde de la cama, vigilando su respiración, contando cada segundo para asegurarme de que su corazón sigue latiendo. Cuando Emely abre los ojos, su mirada está nublada por el dolor, y me duele el alma ver cuánto le cuesta simplemente incorporarse.
—Vamos, nena —le susurro, pasando un brazo por detrás de su espalda para levantarla—. Te voy a ayudar a refrescarte.
La carg