EMEY.El sol de la mañana entraba por los ventanales del salón, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Estaba en medio de mi clase de Ciencias Naturales, explicándoles a mis niños de primer grado cómo las semillas se convertían en plantas. Eran pequeños, de apenas seis o siete años, con esa energía inagotable y esa curiosidad que me mantenía viva.Me encantaba ver sus rostros concentrados. Amo a los niños; siempre supe que mi vocación estaba entre estas cuatro paredes, rodeada de dibujos coloridos y risas infantiles.—¡Señorita Emely! —gritó Santi, un niño de cabello alborotado, mientras corría hacia mi escritorio.Se detuvo frente a mí y, con una sonrisa que dejaba ver que le faltaban los dos dientes frontales, me extendió una manzana roja y brillante.—Es para usted. Mi mamá dice que es la más dulce del árbol —dijo con orgullo.—Muchas gracias, Santi. Es preciosa —le respondí, acariciando su cabeza.Al tomar la fruta, sentí un ligero mareo, una sensación extraña que
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