EMELY.
Me quedé allí, apoyada contra el frío cristal de la sala de neonatología, observando el pequeño bulto envuelto en sábanas blancas. Era hipnótico. El niño dormía con una serenidad que parecía una burla a la tormenta de sangre que lo había engendrado. No podía creer que algo tan impecable, tan aparentemente puro, hubiera brotado de la podredumbre de Vargo. Sus facciones eran delicadas, pero había una fuerza latente en su quietud que me erizaba el vello de los brazos. Kia, mi loba, permanec