Mundo ficciónIniciar sesiónEmely siempre soñó con la familia perfecta, pero tras una amarga traición, decidió que no necesitaba a un hombre para ser madre. Su plan era simple: una inseminación artificial y una vida tranquila. Sin embargo, un error médico fatal la convierte en el blanco de una guerra ancestral. Olivar Santorno, el implacable Alfa de una estirpe de seiscientos años, está contra las cuerdas. Presionado por las leyes de su manada para engendrar un heredero que tome su relevo, decide recurrir a la ciencia con una mujer de su propia especie. Pero el destino tiene otros planes: el esperma del Alfa termina en el vientre de la mujer equivocada. Cuando Olivar descubre que una humana carga con sus cachorros, el caos estalla. La situación se vuelve crítica al revelarse la verdad más profunda: Emely no es solo una incubadora accidental, sino la mate que él esperó por siglos. Ahora, Emely enfrenta un embarazo de alto riesgo debido a la mezcla de especies, mientras Olivar debe protegerla de una manada que considera esta unión una aberración. Con facciones enemigas acechando y una rival interna dispuesta a todo por eliminar a los herederos, Olivar y Emely deberán elegir: seguir las leyes de la sangre o luchar por el vínculo que los une.
Leer másEMELY.
—Maestra Emely, ¿los hombres lobo existen de verdad?
Una pequeña risa escapó de mis labios. Me encantaban sus preguntas, su mundo sin límites.
—No, Matías —dije con firmeza, mirándolo directamente—. Los hombres lobo no existen.
Los demás niños se miraron, algunos aliviados, otros un poco decepcionados.
—Son solo cuentos —continué, con una sonrisa amable—. Historias bonitas que nos cuentan para dormir o para soñar. Imagina que son como los dragones o las hadas, ¿ves? Personajes de cuentos.
Explicarles que la fantasía y la realidad eran cosas distintas era una parte esencial de mi trabajo. Quería que su mundo fuera seguro, libre de miedos inventados. Amaba su inocencia, y protegerla era mi prioridad.
Me encantaba mi trabajo; enseñar era mi vocación y los niños eran el centro de mi mundo. Siempre había deseado tener los míos, sentir esa conexión pura y eterna. Pero la realidad era otra.
La junta con los padres de familia se canceló a último momento por un problema con la calefacción del colegio. Al ver que tenía la tarde libre, decidí pasar por el supermercado. Compré vino, un buen corte de carne y espárragos. Quería sorprender a Arles, mi prometido. Vivíamos juntos desde hacía dos años y, aunque él sabía cuánto anhelaba ser madre, siempre ponía excusas: el trabajo, la economía, el momento "ideal". Arles era un exitoso corredor de bolsa y su prioridad eran los números, no los pañales. Yo aceptaba sus negativas con la esperanza de que, al vernos casados, su corazón finalmente cediera.
Llegué al apartamento con las bolsas pesando en mis manos. Al entrar, el silencio me recibió, pero era un silencio extraño
Dejé las compras sobre la encimera de la cocina y me dispuse a buscarlo.
Entonces, lo escuché.
No era el sonido de la televisión ni de una llamada de negocios. Eran jadeos rítmicos y gemidos ahogados que provenían de nuestra habitación.
Dios, por favor que no sea lo que estoy pensando.
Sentí un frío súbito recorrerme la columna; algo en mi interior se agrietó antes de que mis ojos pudieran confirmar la tragedia.
Caminé por el pasillo, con las piernas pesadas como si se hubieran convertido en plomo. Apoyé la mano en el pomo de la puerta y la empujé lentamente.
La escena fue como un golpe seco en el estómago. Allí, en nuestra cama, sobre las sábanas que yo misma había lavado esa mañana, estaba Arles. No estaba solo. Se movía con frenesí sobre el cuerpo de otra mujer, una desconocida que se aferraba a su espalda con uñas pintadas de rojo.
Él no se detuvo de inmediato, no hasta que el sonido de mi respiración entrecortada lo obligó a girar la cabeza. En sus ojos no vi arrepentimiento, solo la sorpresa de haber sido atrapado antes de tiempo. En ese instante, el futuro que había construido en mi cabeza se desmoronó por completo.
El aire se me escapó de los pulmones. Me quedé allí, de pie, viendo cómo el hombre que amaba se despegaba de ese cuerpo extraño con una agilidad cobarde. El sonido de la carne chocando todavía resonaba en mis oídos, ensuciándolo todo.
—¡Emely! Espera... ¡no es lo que parece! —soltó Arles mientras se cubría con las sábanas, usando el diálogo más cliché y miserable de la historia.
—¿No es lo que parece? —mi voz salió como un susurro roto—. Te estoy viendo, Arles. Estás en nuestra cama... con ella.
Me di la vuelta, sintiendo una náusea violenta. El corazón me latía tan fuerte que me dolía la garganta. Escuché el movimiento frenético de él intentando ponerse los pantalones mientras yo caminaba a trompicones hacia la salida.
—¡Emely, detente! ¡Hablemos! —gritó, persiguiéndome por el pasillo.
—¿Así que esta es tu mujer? —preguntó ella—. Tenías razón, Arles. Es bastante insípida. No sé cómo aguantaste tanto tiempo con alguien tan... ordinaria.
Me detuve en seco. El dolor se transformó en una furia caliente que me nubló la vista. Me giré hacia Arles, que estaba a solo un metro de mí, con el rostro pálido y el cabello revuelto.
—¿Eso le decías? ¿Que soy insípida mientras yo planeaba una vida contigo? —le espeté.
—Cariño, fue un error, yo estaba bajo mucho estrés por la bolsa y... —intentó acercarse para tocarme el brazo.
¡ZAS!
El sonido de mi palma impactando contra su mejilla retumbó en todo el apartamento. Le volteé la cara con tanta fuerza que su piel se puso roja al instante.
—¡No me vuelvas a tocar, desgraciado! —le grité, y las lágrimas finalmente traicionaron mis ojos—. Me pedías tiempo para tener hijos, me decías que no estábamos listos, ¡pero para esto sí tenías tiempo! ¡Para revolcarte con cualquiera en mi propia cama!
—Emely, no seas dramática, podemos solucionarlo —balbuceó él, recuperando su tono arrogante de corredor de bolsa.
—¿Solucionarlo? —me reí, una risa amarga y desesperada—. No hay nada que solucionar. Quédate con tu amante, quédate con tu vida perfecta de soltero. Yo ya no quiero nada de ti. Ni tu apellido, ni tu tiempo... y mucho menos el hijo que tanto te rogué.
Me di la vuelta para marcharme, pero Arles reaccionó. Me tomó del brazo con fuerza, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, moviéndose con desesperación.
—¡Emely, por favor! —suplicó, y por un segundo su voz tembló—. Te amo, eres la mujer de mi vida. Esto... esto fue un desliz, un error estúpido. ¡Perdóname, te juro por lo que quieras que no volverá a pasar!
Lo miré con asco, tratando de soltarme de su agarre.
—¿Desde cuándo, Arles? —le pregunté con un hilo de voz—. ¡Dime desde cuándo me ves la cara de estúpida!
—¡Es la primera vez! ¡Te lo juro! —exclamó él, tratando de sonar convincente—. Fue el estrés de la oficina, ella no significa nada... Pero, ¿qué haces aquí? Se supone que tenías junta con los padres de familia hasta tarde. No debías llegar ahora.
Su cinismo me dio ganas de vomitar. Ni siquiera se sentía mal por el hecho, sino porque lo habían descubierto. Antes de que yo pudiera responder, una risotada seca llegó desde la habitación.
La mujer, que ahora se limaba una uña con total indiferencia mientras seguía envuelta en mi bata, soltó un bufido de burla.
—Ay, Arles, no seas mentiroso—dijo ella, caminando hacia nosotros con paso lento y triunfal—. ¿La primera vez? Por favor... Llevamos meses revolcándonos en esta misma cama cada vez que tu "insípida" mujer se va a cuidar mocosos al colegio.
No lo podía creer, y mis oídos sangraron con sus palabras. Miré a Arles y vi cómo el color desaparecía de su rostro. Sus dedos flaquearon sobre mi brazo.
—¿Meses? —susurré, sintiendo que el corazón se me terminaba de pulverizar—. Mientras yo te esperaba con la cena, mientras yo te pedía formar una familia... ¿tú estabas con ella aquí mismo?
—No solo eso—la mujer se tocó el estómago—estoy esperando un hijo de él.
La realidad y mi mundo colapsaron en ese instante,
—¡Cállate ya! —le gritó Arles a la mujer, pero el daño estaba hecho.
La amante, que seguía apoyada en el marco de la puerta, soltó una risita burlona mientras me miraba de arriba abajo, y yo apenas procesaba el que la embarazo a ella y no a mi.
—Emely..
Le propiné otra bofetada a Arles, esta vez con tanta rabia que mis nudillos dolieron. La marca de mis dedos quedó grabada en su mejilla, pero no era nada comparado con el tajo que él le había hecho a mi alma.
—Eres un desgraciado —le dije, mi voz ahora era fría como el hielo, una calma que me asustaba a mí misma—. No solo me engañaste, me robaste tiempo. Me hiciste creer que el problema era que "no estábamos listos", cuando el único problema es que tú no vales nada. Me hiciste dudar de mi deseo de ser madre para que pudieras seguir revolcándote con esta mujer.
—¡Emely, espera! ¡No te vayas así! —Arles intentó bloquearme el paso, pero sus manos temblaban.
—No te molestes en buscarme —le espeté, empujándolo con todas mis fuerzas—. Mañana vendré por mis cosas cuando no estés. Y Arles... espero que ella te dé toda la "diversión" que necesitas, porque acabas de perder a la única persona que realmente te amaba.
Salí del apartamento y el eco del portazo fue el punto final de mis años de entrega. Bajé las escaleras casi sin ver, con el pecho ardiendo. Mientras caminaba por la acera, sola y bajo la luz de las farolas, la rabia empezó a transformarse en una determinación de hierro.
Él no me iba a quitar mi sueño. Si Arles no quería ser padre, yo no lo necesitaba a él para ser madre. Mañana mismo buscaría la forma de cumplir mi deseo, lejos de su sombra y de sus mentiras.
EMELY.Selene, que había permanecido como una estatua de mármol a nuestro lado, asintió tomándome del brazo.—La lealtad no es una carga que se arrastra, Emely, es un escudo que se porta con orgullo —añadió mi suegra —. Soraia es una loba de casta, y entiende que su hogar estará donde su familia respire en libertad. No cargues con una culpa que no te pertenece, porque ese peso es exactamente el que Vargo quiere sembrar en ti para que tu loba se debilite.Soraia me sonrió, esta vez con una chispa de autenticidad, y volvió a emprender la marcha.—Vamos, sigue caminando. La doctora fue clara: el movimiento es clave para que esos guerreros nazcan fuertes. No permitas que mi nostalgia nuble tu juicio; mis hijos y los tuyos correrán juntos por estos bosques cuando recuperemos la paz. Solo... a veces necesito soltar el veneno para que no me consuma por dentro.Continuamos la caminata en un silencio mucho más ligero. Sus palabras me recordaron que, aunque la guerra nos arrebatara la calma cot
EMELY.El agua de la piscina climatizada se sentía como un bálsamo necesario contra el peso que mis hijos ejercían sobre mi columna. Llevaba tres días siguiendo el régimen de la doctora al pie de la letra, alternando caminatas lentas con largos periodos de flotación.Esto, me ayudaba a mantener esa "paz" que Magnus y Selene exigían con tanta severidad.Sentí una vibración familiar antes de escucharlo. Olivar entró en el área de la piscina, despojándose de su camiseta con esa economía de movimientos que siempre me recordaba que, bajo su piel de esposo, latía un depredador. Se sumergió sin hacer apenas ruido y nadó hacia mí con brazadas potentes hasta que nuestras miradas se cruzaron a ras del agua.—¿Cómo te sientes hoy, Luna? —murmuró, su voz resonando en la acústica del lugar.—Como si pesara una tonelada menos aquí adentro —le respondí, dejándome llevar por la corriente que él generaba al acercarse.Sin decir una palabra más, Olivar se colocó detrás de mí. Sentí sus manos grandes y
EMELY.El frío del gel sobre mi vientre me hizo estremecer, Me mantuve recostada, observando la pantalla del monitor mientras la doctora deslizaba el transductor con movimientos expertos. A mi lado, Olivar no soltaba mi mano; su agarre era firme, casi posesivo, como si su propia fuerza pudiera transferirse a los niños a través de mi piel. Sus padres, Magnus y Selene, permanecían de pie a los pies de la cama, observando las imágenes granuladas con una intensidad que cortaba el aire.—Ahí están —dijo la doctora, señalando dos formas que latían con una fuerza impresionante—. Los registros son perfectos. El sistema cardiovascular de ambos es óptimo y la madurez pulmonar, que era nuestra mayor preocupación, ha alcanzado el nivel necesario gracias a su herencia genética.La radiografía y los ecos confirmaban lo que Olivar y yo ya sentíamos: esos niños estaban listos para salir a reclamar su lugar. La doctora dejó el transductor y se limpió las manos, mirándonos a los cuatro con una segurida
OLIVAR.Mi padre, Magnus, se mantenía apoyado contra el marco de la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad del bosque que rodeaba la mansión.—Es una decisión difícil, Olivar —dijo finalmente, dándose la vuelta—. Forzar la entrada de esos niños al mundo antes de tiempo es desafiar el curso natural de nuestra sangre.—Lo que no es natural es que un maníaco como Vargo pretenda usar el nacimiento de mis hijos como un sacrificio para su ritual de la Luna Sangrienta —respondí, sintiendo cómo la tensión me subía por la nuca—. No voy a sentarme a esperar a que el cielo se ponga rojo para que él ataque cuando Emely esté más vulnerable. Prefiero que nazcan en una sala de cirugía controlada, con guerreros en cada puerta, y no en medio de un campo de batalla.En ese momento, la puerta se abrió y entró mi madre, Selene. Su sola presencia siempre lograba que el aire en la habitación se volviera más denso. Nos miró a ambos, detectando de inmediato que la conversación no era trivial.—¿Qué p
OLIVAR.La cena transcurrió bajo un silencio pesado, roto solo por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Observé a Emely de reojo; se veía entera, pero la energía del Requiem todavía vibraba en el aire a su alrededor. Mi padre, Magnus, fue el primero en romper la calma, dejando su copa sobre la mesa con un gesto solemne.—Es un poder fascinante —comentó él, clavando sus ojos en mi esposa—. El Requiem no es solo una onda de choque; es una voluntad física. A partir de ahora, Emely, quien se te acerque lo hará solo si tú lo deseas. Eres un escudo viviente.—Y un complemento necesario —añadió Garino, asintiendo con respeto hacia mí—. Si combinamos esa barrera de la Luna con tus rayos, Olivar, tenemos la defensa y el ataque definitivos. Vargo no tiene forma de romper una unión así; mientras tú golpeas con el cielo, ella mantiene el terreno infranqueable.Soraia, la mujer de Garino, se inclinó hacia adelante con una curiosidad que no pudo disimular.—¿Sabías que tenías ese don,
EMELY.Me mantuve impasible, sosteniendo la taza de té dedicándoles una sonrisa, aunque por dentro me quemaba viva. Olivar estaba sentado a mi lado, actuando con una hospitalidad que solo alguien que conoce el arte de la guerra puede fingir. Frente a nosotros, los padres de Tamara y Valerius bebían en silencio, creyendo que su actuación de arrepentimiento nos había desarmado. Eran unos idiotas. Kia rugía en mi nuca, sus colmillos, goteando anticipación mientras mi mano, sobre mi vientre, sentía cada latido acelerado de mi propia rabia.La charla fue banal. Hablamos de la manada, de la reconstrucción y del "futuro" que supuestamente compartiríamos. Cada palabra de la madre de Tamara era un insulto a mi inteligencia.—Es hora de que se retiren —dijo Olivar, levantándose. Su voz no tenía emoción, era el sonido de una guillotina lista para caer.Los acompañamos hacia el gran portón de la mansión. Sebastián y Garino nos seguían de cerca, como sombras letales. El aire estaba cargado de está
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