OLIVAR.
Cuando la puerta se cerró tras la imponente figura de mi padre, el silencio que quedó en la habitación fue distinto. Ya no era un silencio cargado de juicio, sino de una tregua inesperada. Me acerqué a la cama y me senté con cuidado, sintiendo cómo mi propio peso hacía que el colchón se hundiera. Me incliné hacia delante y deposité un beso largo y profundo en su frente, cerrando los ojos para aspirar su aroma, ese que todavía luchaba por imponerse al olor de los medicamentos.
—Fuiste in