EMELY.
El trayecto es un sueño borroso y sofocante. Voy apoyada en el pecho de Olivar, hundiendo el rostro en su cuello. Su aroma a bosque y tormenta es lo único que me mantiene cuerda. Al volante va un guerrero que no reconozco, conduciendo a una velocidad que me revuelve el estómago. Cada bache es una punzada eléctrica en mi vientre; las venas rojas pulsan con una intensidad que me quita el aire.
Me cuesta respirar. Siento un peso inmenso aplastando mis pulmones. El aire se queda atrapado en