SENTENCIADA

EMILY.

El mundo parecia haberse detenido en ese pequeño consultorio. Tenía a aquel hombre, un completo desconocido de músculos de acero y una presencia que me asfixiaba, pegado a mí. Sus manos apretaban mi cintura con una fuerza que no me dejaba escapar, y su rostro estaba hundido en mi cuello, aspirando mi aroma como si fuera su único oxígeno.

Lo más aterrador no era su fuerza, sino cómo mi propio cuerpo estaba reaccionando. A pesar del pánico que me invadía, sentí una corriente eléctrica recorriendo mi columna, un calor extraño que nacía justo donde él me tocaba y se extendía hasta mi vientre. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que él podía escucharlo.

—Por favor... quítese —logré articular con la voz entrecortada, tratando de empujar su pecho sólido como una roca—. ¡Suélteme!

Él no se movió. Al contrario, apretó más su agarre, y escuché un sonido profundo, casi un ronroneo vibrando en su garganta. Cuando habló, su voz era una caricia áspera que me erizó la piel.

—Te he estado b
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