EMILY.
El mundo parecia haberse detenido en ese pequeño consultorio. Tenía a aquel hombre, un completo desconocido de músculos de acero y una presencia que me asfixiaba, pegado a mí. Sus manos apretaban mi cintura con una fuerza que no me dejaba escapar, y su rostro estaba hundido en mi cuello, aspirando mi aroma como si fuera su único oxígeno.
Lo más aterrador no era su fuerza, sino cómo mi propio cuerpo estaba reaccionando. A pesar del pánico que me invadía, sentí una corriente eléctrica reco