EMELY.
Sentí que el aire se espesaba cuando él cerró la puerta. Me quedé helada junto a la ventana, intentando que mis piernas no temblaran mientras aquel hombre se acercaba con la elegancia de un depredador. Sus palabras no tenían sentido; hablaba de "territorio" y de un mundo que se había terminado, como si estuviéramos en una película de ciencia ficción.
—¿Por qué yo? —logré preguntar, aunque mi voz me traicionó con un leve hilo de miedo—. Hay miles de mujeres ahí fuera. ¿Por qué me arrastraste a este manicomio?
—Porque no hay nadie más —respondió él, y su voz vibró en el aire con una intensidad que me erizó la piel—. Porque eres mi mate, y aunque el mundo entero se queme por ello, no voy a dejarte ir.
Me quedé mirándolo, procesando esa palabra tan extraña. ¿Mate? ¿De qué rayos estaba hablando?
—¿Tu qué? —solté, frunciendo el ceño entre la confusión y el pánico.
—Mi mate —repitió él, con una seguridad que me resultó absurda.
En medio del miedo, me dio un ataque de risa nerviosa. Er