Mundo ficciónIniciar sesiónOLIVAR.
El silencio en mi despacho era absoluto, interrumpido únicamente por el crujir de las brasas en la chimenea. Desde mi ventanal, la inmensidad del bosque me recordaba que, aunque era el Alfa Supremo, había una parte de mi naturaleza que seguía incompleta.
—¿Estás seguro de esto, Olivar? —la voz de Garino, mi Beta, llegó desde la penumbra. Estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándome con esa mezcla de lealtad y duda que solo él se permitía.
No me giré de inmediato. Dejé que mis ojos se perdieran en la oscuridad de los pinos.
—Llama a Tamara —ordené, mi voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Que venga de inmediato.
Escuché el paso pesado de Garino al entrar en la habitación. Él conocía el peso de mi corona mejor que nadie.
—Olivar, piénsalo bien —insistió, deteniéndose frente a mi escritorio—. Una vez que des el paso, no habrá marcha atrás. Estás hablando de unir tu linaje de forma permanente.
Lo miré fijamente, endureciendo el gesto.
—No hay nada que pensar, Garino. Tamara es mi mejor opción. La conoces tanto como yo: es fuerte, es inteligente y es aguerrida. Es la mejor en el campo de batalla, una Beta con un poder que pocos pueden igualar. Su genética es impecable. Ella me dará hijos sanos, guerreros que nacerán con la fuerza necesaria para cargar con el peso de esta manada.
—Precisamente por eso, Olivar —Garino se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Tamara es una Beta poderosa, sí, pero no es tu Mate. Estás intentando reemplazar el destino con estrategia militar. Un hijo nacido del deber y no del vínculo... ¿estás seguro de que es lo que quieres para el futuro de los nuestros?
—Lo que quiero es asegurar nuestra supervivencia —respondí con frialdad, aunque por dentro la mención del vínculo me escocía—. El Consejo de los Cinco no acepta esperanzas como moneda de cambio; aceptan resultados. Mi padre tuvo la fortuna de encontrar a su compañera, de formar una familia bajo la bendición de la Luna. Yo he buscado, Garino. He esperado hasta el cansancio y no he sentido esa llamada.
Me puse en pie, rodeando el escritorio.
—Ya no puedo vivir esperando un milagro que no llega. Tamara está aquí, es leal y su sangre es pura. Al elegirla a ella, aplaco al Consejo y aseguro que el próximo Alfa Supremo sea alguien capaz de sostener este imperio. Si el destino me negó a mi Mate, yo elegiré a mi reina por su capacidad de darme un heredero digno.
Garino negó con la cabeza, suspirando.
—Solo espero que, cuando la Luna decida enviarte a tu verdadera compañera, no sea demasiado tarde para deshacer lo que estás a punto de empezar.
—No lo será —dije, aunque mi lobo interior soltó un gruñido de advertencia que decidí ignorar—. Ve por ella.
Me quedé solo en el despacho, el silencio era mi única compañía mientras esperaba. La presión en mi pecho era casi física, un peso que se volvía más insoportable con cada minuto que pasaba. Mis padres me recordaban constantemente el legado que debía proteger; el Consejo de los Cinco me enviaba emisarios con exigencias disfrazadas de consejos políticos. Todos querían un heredero, pero nadie entendía el vacío de un Alfa que no ha encontrado a su otra mitad. Estaba harto de esperar a una sombra, a un aroma que no llegaba. Si el destino no me daba una familia, yo la construiría con lógica y poder.
Unos golpes secos en la puerta cortaron mis pensamientos.
—Adelante —dije, recuperando mi máscara de piedra.
Tamara ingresó con paso firme, el aura de una guerrera Beta emanando de ella en cada movimiento. Se detuvo a una distancia prudencial y, con una disciplina impecable, inclinó la cabeza y puso una mano sobre su pecho.
—Alfa Supremo —me saludó con voz clara y profunda—. Me han dicho que me necesitaba.
No tenía ánimos para rodeos ni cortesías innecesarias. La miré fijamente, apreciando su postura y la fuerza que desprendía. Era la mejor candidata técnica que el mundo de los lobos podía ofrecerme.
—Siéntate, Tamara —le ordené, señalando la silla frente a mi escritorio—. Iré directo al punto. El linaje de esta manada no puede esperar más por un milagro de la Luna. Necesito un heredero, y te he elegido a ti para que seas la madre de mis hijos.
Ella parpadeó, sorprendida por la brutal honestidad de mis palabras, pero no retrocedió. Antes de que pudiera decir algo, continué con tono gélido:
—Pero quiero que esto quede claro desde el primer segundo: esto no es una unión emocional, ni un matrimonio, ni habrá contacto físico entre nosotros. No habrá sexo. No busco una amante ni una compañera de cama. Todo el proceso se realizará mediante inseminación artificial.
Me levanté y caminé hacia el ventanal, dándole la espalda para que no viera la amargura en mi rostro.
—Tú eres fuerte, inteligente y una Beta de alto rango. Tu genética es la que quiero para mi sucesor. Tendrás todo lo que necesites: protección, riqueza y el respeto de la manada como la madre del futuro Alfa, pero nuestra relación será puramente de negocios y linaje. Se hará en una clínica especializada, con la mayor discreción.
Me giré para ver su reacción.
—Es una propuesta formal. Un contrato de sangre y deber. ¿Estás dispuesta a darme el heredero que mi manada exige?
La miré sin que mi pulso se alterara, aunque los recuerdos de la batalla cruzaron mi mente. En aquel enfrentamiento, una lanza de plata bendecida fue lanzada con una trayectoria letal directo hacia mi corazón. Yo no habría podido esquivarla, tenia a varios enemigos rodeandome, pero Tamara se interpuso. Recibió el impacto en el hombro. la herida no fue mortal, pero para mí lo habría sido por la trayectoria.
Le debía la vida, y por eso la había elegido. No por amor, sino por gratitud y por el respeto que le tenía a su fuerza.
Tamara se quedó en silencio unos segundos, procesando mis palabras. De repente, rompió la distancia que nos separaba. Se puso de pie y caminó hacia mí como mujer. Sus dedos, extrañamente suaves, rozaron mi brazo hasta llegar a mi rostro, obligándome a mirarla a los ojos.
—Olivar... —susurró—. Siempre he estado enamorada de ti. He peleado a tu lado, he sangrado por ti... No tiene que ser de esta manera tan fría. Podemos intentarlo. Yo podría ser la mujer que esperas, podríamos concebir a ese heredero como se supone que debe hacerse entre los nuestros.
Sentí la calidez de su mano, pero mi lobo no reaccionó. No hubo chispa, no hubo reconocimiento, solo un vacío absoluto que me recordaba que ella no era mi Mate.
Retiré su mano de mi cara con una firmeza que rozaba la crueldad.
—No, Tamara —dije, y mi voz sonó como el acero golpeando la piedra—. Las cosas se hacen de la manera que he dictado o simplemente no se hacen.
Ella retrocedió un paso, herida, pero yo no me detuve.
—No habrá sexo entre nosotros. No voy a ensuciar nuestro respeto profesional con un acto que debería ser para mi compañera de alma. La inseminación asegura que el objetivo se cumpla sin complicaciones emocionales. Si aceptas, será bajo mis reglas. Si no, buscaré a otra.
Tamara apretó los puños, con las lágrimas luchando por asomar en sus ojos, pero su orgullo de Beta se impuso. Tragó saliva y recuperó su postura rígida.
—Entiendo, Alfa —respondió con la voz quebrada—. Si esa es la única forma de darte lo que necesitas y de estar a tu lado de alguna manera... acepto. Pero quiero trato especial, que no se me niegue nada, sere quien te de un heredero y quiero que me traten como tal.
que pida eso esta de mas, siempre se cumple aqui con sus caprichos y tiene un trato especial dentro de la manada. Todos aqui la admiran mucho. No solo por su belleza, sino tambien su fortaleza.
—Bien, te doy mi palabra de alfa—sentencié, volviéndome hacia mi escritorio—. Garino te dará los detalles de la clínica. Prepárate, el proceso empezará pronto.
Tamara hizo una última inclinación de cabeza, solemne y distante, y salió del despacho sin decir una palabra más.
Me quedé solo, rodeado por el silencio de mi oficina. Todo estaba en marcha. La estrategia era perfecta, el plan no tenía fisuras y la genética estaba asegurada. Nada podía salir mal. ¿O SI?
Eso era lo que mi mente lógica quería creer, mientras en lo profundo de mis entrañas, mi lobo soltaba un aullido silencioso de advertencia que decidí, una vez más, ignorar.







