OLIVAR.
Me encontraba en mi oficina, con la mirada fija en la pantalla donde la imagen de mi padre, el anterior Alfa, se proyectaba con esa severidad que los años no habían logrado suavizar. La conversación, como siempre, se había estancado en el mismo punto.
—Debes pensar en el legado, Olivar —me dijo con voz ronca—. La manada necesita estabilidad. Necesitas darle un heredero a nuestra estirpe.
—Estoy solucionando eso, padre —respondí cortante, pensando en el procedimiento que ya estaba en marcha—. Pronto habrá noticias.
Él suspiró, cruzando los brazos sobre su pecho.
—No se trata solo de la sangre. Se trata de la estructura. Deberías casarte con alguien de nuestra propia manada para fortalecer los lazos. Tamara sería la ideal. Es fuerte, es leal y te conoce mejor que nadie.
Fruncí el ceño, recostándome en mi silla de cuero. No entendía de dónde venía esa recomendación tan directa. Sabía que Tamara era una guerrera excepcional, pero la idea de un vínculo matrimonial me resultaba ajen