UN GRAVE ERROR

OLIVAR.

El teléfono vibró sobre mi escritorio, rompiendo el silencio de mi despacho. Era la doctora, una loba de nuestro linaje que llevaba años operando en la ciudad, mimetizada entre los humanos. Su clínica era el lugar más seguro y discreto para mi plan.

—Habla —dije al contestar, con mi tono de mando habitual.

Del otro lado, solo escuché una respiración agitada. No era la voz firme de la profesional que conocía.

—Alfa... Olivar —su voz temblaba. El rastro de miedo era tan evidente que incluso a través del dispositivo pude sentir su pulso acelerado—. Por favor, se lo suplico... no me castigue.

Fruncí el ceño y me puse de pie. El instinto de mi lobo se puso alerta, detectando el peligro en su tono.

—¿De qué hablas? —pregunté, mi voz bajando a un nivel peligroso—. ¿Qué pasó en la clínica?

—Fue un error... un accidente imperdonable —sollozó ella. El pánico en su voz era absoluto—. Lucía, mi asistente... ella estaba distraída. Intercambió los viales. Se lo ruego, Alfa Supremo, tenga piedad. No fue mi intención que esto sucediera.

Sentí una punzada de frío en la nuca. Mi mente, acostumbrada a la estrategia, empezó a analizar las posibilidades, pero no encontraba la lógica.

—Habla claro —le ordené, golpeando la mesa con el puño—. ¿Qué error cometieron con mi descendencia?

—Su muestra, Alfa... la muestra que era para Tamara... —hizo una pausa, ahogando un grito de angustia—. Se la inyectamos a otra mujer. Una humana ayer que vino a hacerse ese procedimiento.

Me quedé helado. Mi sangre, mi herencia, el futuro del Alfa Supremo, ahora estaba dentro de una desconocida, una mujer que no pertenecía a nuestra especie.

La doctora seguía suplicando, pidiendo perdón, esperando que mi fama de despiadado cayera sobre ella. Pero, curiosamente, no sentí la furia asesina que esperaba. Sentí algo más profundo, un tirón extraño en mis entrañas, una confusión que me impedía dar la orden de ejecutarla.

Salí de la mansión y conduje hacia la clínica a una velocidad demencial. Mi lobo estaba en un silencio sepulcral, una mudez que me carcomía desde que tomé la decisión de usar a Tamara. Estaba enojado conmigo, me había dado la espalda y no me dirigía la palabra, pero yo tenía un deber que cumplir.

Al llegar, el ambiente en el consultorio era tenso. Garino estaba allí, tratando de mantener la calma, mientras Tamara caminaba de un lado a otro con los ojos encendidos de furia. La doctora, pálida y con las manos temblorosas, me recibió de inmediato para explicarme el desastre con más detalle.

—Alfa, escúcheme... Lucía confundió los procedimientos —dijo la doctora, bajando la cabeza—. La muestra se la aplicaron a una humana el día de ayer. Ella ya se retiró de la ciudad.

Tamara se detuvo en seco y golpeó la mesa, haciendo que los instrumentos médicos tintinearan.

—¿Una humana? —rugió Tamara, volviéndose hacia la doctora con desprecio—. ¿Qué posibilidad hay de que esa mujer pueda engendrar a los hijos de mi Alfa? ¿De que esa sangre débil sostenga a un heredero supremo?

La doctora tragó saliva, mirando a Tamara y luego a mí.

—Siendo sincera, es casi imposible. Son especies diferentes. La biología humana rara vez es compatible con la fuerza de un feto de nuestra estirpe. Lo más probable es que su cuerpo lo rechace de inmediato.

Tamara soltó una risa amarga y me miró.

—Lo ves, Olivar. Ha sido un error estúpido, pero no pasará a mayores. Esa mujer no es nada. De todas formas, hay que esperar quince días, que es cuando ella tiene su cita de revisión, para confirmar que no hubo concepción.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Garino, interviniendo.

—Mientras tanto —continuó la doctora dirigiéndose a mí—, usted debe dejar nuevas muestras hoy mismo. No podemos arriesgarnos a perder más tiempo si queremos que el proceso con Tamara inicie cuanto antes.

Miré a la doctora y luego a Tamara. Según ellas, la humana era solo un error estadístico, un recipiente que fallaría. Pero mi instinto, aunque mi lobo siguiera callado, me daba una punzada de duda. Quince días para salir de dudas. Quince días para saber si mi sangre se había perdido en una desconocida o si el destino me estaba jugando la broma más pesada de mi existencia.

—No voy a dejar más muestras todavía —sentencié, frenando las intenciones de la doctora y la insistencia de Tamara—. Vamos a esperar esos quince días. Quiero confirmar primero que esa humana no lleva nada mío y que el resultado sea negativo.

La doctora asintió con rapidez, desesperada por darnos seguridad.

—Alfa, le aseguro que es biológicamente imposible que una humana pueda concebir de usted. Sus sistemas no son compatibles con la fuerza de su semilla. Será un negativo rotundo, se lo garantizo.

—Eso espero —respondí con frialdad—. Dame sus datos. Los básicos.

La doctora buscó rápidamente en el archivo y me entregó una hoja con la información que la mujer había llenado al ingresar. Le di un vistazo rápido: Emely. Un nombre simple para la mujer que ahora cargaba con mi legado por un error administrativo.

Le extendí el papel a Garino sin mirarlo.

—Investígala —le ordené—. Quiero saberlo todo. Dónde vive, qué hace, con quién habla. No quiero cabos sueltos durante estos quince días. Si hay la más mínima posibilidad de que esa mujer tenga un síntoma, quiero ser el primero en saberlo antes de que ella misma se dé cuenta.

Garino tomó la hoja y asintió, saliendo de la habitación para empezar el rastreo. Tamara me miraba con una mezcla de celos e incredulidad, pero no me importó. Mi lobo seguía en silencio, pero mi mente no dejaba de dar vueltas a ese nombre.

Salí de la clínica con paso firme, dejando atrás el olor a desinfectante y el caos de la doctora. Tamara me seguía de cerca, sus tacones golpeando el pavimento con una urgencia que me irritaba. Nos subimos a mi auto y arranqué en dirección a la manada, dejando la ciudad atrás.

El silencio dentro del vehículo duró poco. Tamara se giró hacia mí, su aroma a perfume caro intentando invadir mi espacio.

—Olivar, esto es una señal —dijo ella, buscando mi mirada—. Olvida las máquinas y los viales. Lo mejor sería engendrarlo de forma normal. Tú y yo, como debe ser entre dos lobos de nuestra jerarquía. Sería más rápido, más seguro y sin errores humanos.

Apreté el volante con fuerza, mis nudillos tornándose blancos. No la miré.

—Nada entre los dos va a pasar, Tamara —le respondí con una voz que cortaba como el hielo—. Ya te lo dije. Mi decisión de usar la clínica no fue por falta de tiempo, fue por falta de vínculo. No voy a cambiar de opinión solo porque una asistente cometió un error.

Ella soltó un suspiro de frustración y se hundió en el asiento, mirando por la ventana. Yo mantuve la vista en la carretera, acelerando mientras el paisaje se volvía más verde y espeso. Por fuera parecía el Alfa Supremo bajo control, pero por dentro, la incertidumbre me carcomía.

Mi lobo seguía mudo, dándome la espalda en lo más profundo de mi conciencia. Esa ausencia de su voz me ponía los pelos de punta. Solo podía pensar en esa mujer, Emely, y en la hoja de datos que ahora tenía Garino.

«Quince días», pensé, mientras los árboles pasaban como sombras a los lados del camino. Solo esperaba que la Luna no me estuviera jugando una mala pasada y que esa humana fuera, tal como decía la doctora, un recipiente incapaz de retener mi fuerza.

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