OLIVAR.
Entré en la sala con el aroma de ella todavía impregnado en mi piel, una mezcla de vainilla y algo salvaje que hacía que mi lobo, Varko, rascara mis costillas con impaciencia. Garino me esperaba de pie, con el rostro tenso y la preocupación grabada en cada línea de su frente.
—¡Alfa! —exclamó Garino en cuanto me vio—. ¿Se puede saber qué acabas de hacer? La sacaste de la clínica por la fuerza, frente a todos. Esto va a traer consecuencias legales y...
—Ella es mi Mate—lo interrumpí. Mi voz salió profunda, cargada con la autoridad del Alfa, pero también con una nota de asombro que no pude ocultar.
Garino se quedó de piedra. Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso atrás, como si mis palabras lo hubieran golpeado físicamente.
—¿Qué? —susurró, incrédulo—. ¿La mujer que has estado esperando todos estos siglos... es ella?
—Es ella —confirmé, sintiendo un calor posesivo recorrer mi sangre—. Varko la reconoció al instante. El vínculo es tan fuerte que casi pierdo el control.