OLIVAR.
Entré en la sala con el aroma de ella todavía impregnado en mi piel, una mezcla de vainilla y algo salvaje que hacía que mi lobo, Varko, rascara mis costillas con impaciencia. Garino me esperaba de pie, con el rostro tenso y la preocupación grabada en cada línea de su frente.
—¡Alfa! —exclamó Garino en cuanto me vio—. ¿Se puede saber qué acabas de hacer? La sacaste de la clínica por la fuerza, frente a todos. Esto va a traer consecuencias legales y...
—Ella es mi Mate—lo interrumpí. Mi