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La curvy y el gigolo más peligroso de Las Vegas
La curvy y el gigolo más peligroso de Las Vegas
Por: ABBYLU2025
Capítulo 1 —El día en que nadie llegó

Siempre pensé que mi nombre sonaba hermoso.

Anabela.

Tres sílabas completas que casi nadie pronunciaba. Para todos era “Bella”, aunque jamás me sentí así. Tal vez porque crecí escuchando risas disfrazadas de preocupación, opiniones envueltas en consejos que nadie pidió. Muy gordita para ese vestido. Muy seria, vas a asustar a los chicos. Muy rara.

Demasiado de todo para los demás.

Insuficiente para mí.

De pie frente al altar, con el vestido blanco ajustándose a mi cuerpo como una promesa frágil, entendí que esa sensación no se había ido nunca. Solo había aprendido a disimularla mejor.

La iglesia estaba llena. Demasiado llena. Rostros conocidos, otros apenas recordados, todos observándome con esa mezcla incómoda de expectativa y juicio que solo existe cuando la felicidad no es propia. El órgano sonaba solemne, hermoso, casi cruel. Cada nota parecía anunciar algo que no terminaba de llegar.

Levanté la vista.

El altar estaba vacío.

No sentí un golpe inmediato. No hubo un derrumbe espectacular ni una escena dramática como en las películas. Al principio pensé que era un error de percepción, una distracción momentánea. Miré otra vez. A la derecha. A la izquierda. Esperé ver a Santiago acomodándose la corbata, sonriéndome con nerviosismo, levantando la mano para pedirme paciencia.

Nada.

El sacerdote carraspeó, incómodo, y murmuró algo que no llegué a escuchar. Alguien en la primera fila dijo que seguro había tráfico. Otra voz aseguró que ya debía estar por llegar.

Yo no dije nada.

Diez minutos.

Luego veinte.

El murmullo empezó como un zumbido lejano, una vibración incómoda en el aire, y fue creciendo hasta transformarse en un grito silencioso que nadie se animaba a pronunciar en voz alta. Vi a mi asistente caminar de un lado a otro con el teléfono en la mano, frunciendo el ceño, bajando la voz al hablar. Escuché apenas una frase suelta.

—Santiago no contesta. Debe haber pasado algo.

No había pasado nada.

Eso fue lo que entendí de golpe, con una claridad brutal. No un accidente. No un imprevisto. No un retraso. Simplemente, había huido de mí.

Cuarenta minutos después, dejé el ramo sobre una silla cercana. Las flores estaban intactas. Perfectas. Como si no supieran que ya no tenían razón de ser. Me acomodé el velo por pura costumbre y di media vuelta.

Caminé por el pasillo central con la espalda recta y la cabeza en alto, mientras el silencio caía sobre la iglesia como una sentencia. Nadie me detuvo. Nadie supo qué decir. Nadie se atrevió a tocarme.

Al salir, el aire frío me golpeó el rostro. Respiré hondo. No lloré. Todavía no.

Subí al auto con el vestido puesto y cerré la puerta. El sonido seco del cierre resonó más fuerte de lo que esperaba, como si marcara un final definitivo.

—A casa —dije.

Durante el trayecto, miré por la ventana sin ver nada. Mi mente funcionaba en automático, aferrándose a hechos concretos para no caer en el vacío. Santiago no estaba. No había llamado. No había dejado una explicación. Eso era todo.

Cuando llegué a mi departamento, me quité los zapatos y los dejé caer junto a la puerta. Caminé unos pasos más y, apenas cerré detrás de mí, las piernas me fallaron. Me dejé caer al suelo, apoyando la espalda contra la madera, y entonces sí, lloré.

No lloré por él. Creo que nunca lo amé como se supone que se ama. Lloré por mí. Porque había sido tan fácil de engañar. Porque acepté migajas creyendo que eran un banquete. Porque una parte de mí siempre había pensado que no merecía más.

Mi madre murió cuando yo tenía nueve años. Mi padre esperó exactamente un año antes de casarse con Victoria, una mujer que el espejo trataba mejor que a cualquier persona real. Llegó con dos hijos: Isabel, que encontró mi punto débil en dos semanas y lo explotó durante años, y Damián, el único que alguna vez se interpuso entre su hermana y yo.

Recordé el día en que Isabel quiso cortarme el cabello “para que te veas menos fea”. Damián tenía doce años. Yo, once. Se puso frente a mí con su cuerpo flaco de niño y le dijo:

—Déjala tranquila. Bella no tiene que parecerse a nadie.

Eso fue antes de que se fuera a la academia militar. Después, el infierno empezó de verdad.

Las amigas de Isabel —las huecas, como yo las llamaba— me convirtieron en su proyecto de caridad pública. Me “ayudaban” frente a los demás para quedar bien y me destrozaban en privado para reírse después. Aguanté hasta los dieciocho. Luego me fui. Lo más lejos posible.

En el extranjero, descubrí algo revelador: nadie sabía quién era yo. Nadie conocía a la familia Ocampo. Nadie opinaba sobre mi cuerpo. Por primera vez, mi cerebro importó más que mi figura. Me convertí en consultora de ciberseguridad. Las empresas esperaban meses por una cita conmigo.

Y fue exactamente ahí donde conocí a Santiago.

Me leyó como código básico. Palabras cálidas. Sonrisas ensayadas. Gestos sacados de películas que yo veía sola. Me pidió matrimonio con una rodilla en el suelo y una cajita azul. Yo, idiota, pensé que por fin alguien me había elegido.

Nunca fui su elección. Solo su salvavidas.

Lo supe después, leyendo un correo que dejó abierto en mi computadora. La inversión segura. El plan B. Lo único que podemos hacer antes de la bancarrota.

Y aun así, me quedé.

Porque cuando una mujer como yo recibe migajas, las confunde con amor.

Me levanté del suelo con esfuerzo y caminé hasta el dormitorio. Miré el vestido blanco colgado, perfecto, inútil. Lo desabroché despacio, como si cada botón fuera una despedida, y lo dejé caer. Cuando quedé en ropa interior, con el maquillaje corrido y el corazón hecho pedazos, miré la mesa de luz.

Ahí estaban los pasajes.

Las Vegas.

No era mi elección. Era la de él. Luces, ruido, mujeres hermosas. Qué ironía.

Recordé la última conversación con mi padre, días antes de la boda.

—Este año quiero que vengas a la fiesta de aniversario de la empresa con tu prometido.

Pensé que, tal vez, estaba orgulloso de mí. Qué ilusa.

Respiré hondo.

—Me voy igual —susurré.

No iba a quedarme ahí esperando burlas ni explicaciones. Necesitaba respirar. Gritar. Desaparecer.

Empaqué lo básico. Guardé los pasajes. Salí por la puerta.

No sabía qué encontraría en Las Vegas.

Pero sabía algo con absoluta certeza: no iba a quedarme llorando por un hombre que ni siquiera fue capaz de llegar.

Ese viaje no sería una huida.

Sería el principio de algo que aún no entendía.

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