CAPÍTULO 5—
El juego ya empezó.
POV Max
Lila pasó junto a nosotros sin mirar.
Su perfume caro dejó una estela en el aire mientras avanzaba hacia la primera clase con la naturalidad de quien sabe que todo le pertenece. Uno de sus guardaespaldas me observó durante medio segundo. No más. Lo suficiente para evaluarme y descartarme.
Perfecto.
Anabela no notó nada. Seguía mirando por la ventanilla con esa expresión tensa que llevaba desde que abordamos, como si el mundo que la esperaba del otro lado del aterrizaje fuera una sentencia inevitable. No tenía idea de que, a menos de dos metros, caminaba la mujer más peligrosa que había conocido en años.
Y debía seguir sin saberlo.
Cuando el avión aterrizó, el caos habitual se desató: gente de pie antes de tiempo, maletas cayendo, voces impacientes. Anabela permaneció sentada, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No —respondió sin rodeos—. Pero no tengo opción.
Me puse de pie y le tendí la mano.
—Entonces finjamos que sí la tienes.
Me miró unos segundos, como si midiera si podía confiar en ese gesto. Luego tomó mi mano. Sus dedos estaban fríos.
Avanzamos por el pasillo del aeropuerto. Yo dividía mi atención entre ella y el reflejo constante de Lila y su séquito unos metros adelante. No había margen para errores. Todavía no.
—Mi padre mandó un auto —dijo Anabela mirando su teléfono—. Nos espera afuera.
M****a.
Un auto de la familia significaba chofer. El chofer significaba testigos. Y los testigos significaban que la actuación empezaba ahora, sin ensayo.
—Bien —respondí, bajando la voz—. ¿Nerviosa?
—Aterrada.
—Yo también —mentí.
Ella me miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque voy a conocer a tu familia fingiendo ser tu esposo. Y si algo sale mal, no solo quedo como un fraude. Te expongo a ti.
Soltó una risa breve, sin humor.
—Créeme, Max. Para mi familia ya soy un fraude. Tú solo estarás confirmando la teoría.
No debía dolerme. Pero dolió.
El Mercedes negro nos esperaba con las luces encendidas. El chofer bajó sin decir palabra y abrió la puerta trasera. Anabela subió primero. Yo la seguí.
El interior olía a cuero caro y silencio. Ella se hundió en el asiento como si quisiera desaparecer.
—Señorita Anabela —dijo el chofer desde el espejo—. Su padre envía saludos. Pregunta si desean ir directamente a la residencia o prefieren pasar por su departamento.
—Departamento —respondió ella de inmediato—. Por favor.
El auto arrancó.
Durante unos segundos nadie habló. La tensión se acumuló en el espacio reducido como electricidad.
—¿Qué digo si preguntan cómo nos conocimos? —susurró sin mirarme.
—Tú dime —respondí—. ¿Cómo quieres que haya sido?
Pensó rápido. Demasiado rápido para alguien supuestamente desbordada.
—Trabajo. Seguridad informática. Tú estabas contratado por una empresa para la que yo hacía consultoría.
Asentí.
—¿Tiempo juntos?
—Seis meses. —Respiró hondo—. Suficiente para que parezca serio, no tanto como para que cuestionen por qué no te mencioné antes.
—¿Y la boda tan rápida?
Anabela tragó saliva.
—Porque estaba embarazada.
El auto redujo la velocidad de golpe. El chofer se recompuso enseguida, fingiendo que no había escuchado nada.
La miré.
—¿Estás segura?
—No —admitió—. Pero es la única historia que cierra todas las grietas.
Era cruel. Retorcida. Y perfecta.
—Entonces así será —dije.
Ella cerró los ojos.
—Gracias, Max.
No respondí. Porque agradecerme era peligroso.
***
El departamento estaba igual que ella: ordenado, silencioso, vacío. Un espacio construido para alguien que pasa poco tiempo en él.
Dejé mi maleta junto a la puerta y observé el lugar con rapidez automática. Ventanas, accesos, sombras. Costumbre.
—Puedes quedarte en la habitación de invitados —dijo Anabela—. Al fondo.
Asentí.
—La cena es mañana —continuó—. Tenemos un día para… funcionar.
—Funcionaremos —respondí.
No sonó a promesa. Sonó a decisión.
Antes de irme a la habitación, la vi quedarse quieta en la cocina, mirando un vaso de agua como si fuera una pregunta sin respuesta.
No dije nada.
Porque había momentos en los que el silencio protegía más que cualquier palabra.
***
Esa noche no dormí.
Me senté en el borde de la cama con el teléfono en la mano, leyendo el informe actualizado que la Agencia había enviado.
Evaluación de riesgo: CRÍTICO.
El sistema que Anabela estaba desarrollando no solo detectaba lavado de dinero. Cruzaba movimientos internacionales, identificaba empresas fantasma, seguía patrones criminales con una precisión que podía derribar estructuras enteras.
Si ese sistema entraba en funcionamiento, los Ivanov quedarían expuestos.
Ella no tenía idea.
Mi teléfono vibró.
Agencia: Lila Ivanov se hospedará en el mismo hotel donde se realizará la fiesta de aniversario de Ocampo Industries. Confirma vínculo entre familias.
Respondí rápido.
Investigando. Mantengan distancia.
Entendido. Si la operación se compromete, te sacamos.
No contesté.
Porque no estaba seguro de querer salir.
***
A la mañana siguiente, Anabela salió temprano. Dijo que iba a comprar un vestido. No la detuve.
Apenas cerró la puerta, hice la llamada.
—Necesito información sobre la relación entre Ocampo Industries y los Ivanov —dije sin rodeos.
La respuesta tardó menos de lo que me hubiera gustado.
—Lila Ivanov fue vista esta mañana en el edificio corporativo de Ocampo —informó la voz—. Reunión privada con el CEO.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Hugo Ocampo?
—Confirmado.
Corté.
Me quedé de pie en medio del departamento, con la certeza helándome la sangre.
Anabela no solo iba a entrar esa noche a una fiesta llena de depredadores.
Iba a hacerlo en territorio enemigo.
Mi teléfono vibró.
Anabela: Encontré el vestido perfecto. Vuelvo en una hora.
Respondí:
Perfecto. Te espero.
Pero nada en esto era perfecto.
Y por primera vez desde que acepté ese matrimonio falso, entendí la verdad completa:
no estaba fingiendo para proteger una misión.
Estaba mintiendo para protegerla a ella.
Y eso lo cambiaba todo.