Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Anabela
Y entonces lo vi. No fue inmediato. No fue dramático. Fue peor. Primero sentí ese tirón seco en el pecho, como si algo invisible me hubiese jalado hacia atrás. Luego el aire se volvió espeso. Irrespirable. Y recién entonces mis ojos lo encontraron. Santiago. De pie, seguro de sí mismo, con esa sonrisa que durante años confundí con carisma. Vestido impecable. Relajado. Como si jamás hubiera dejado a una mujer plantada frente a un altar lleno de gente. Como si no me hubiera destrozado la vida con su ausencia. Y a su lado… ella. Alta. Delgada. Perfecta. De esas mujeres que parecen no dudar nunca de su lugar en el mundo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Las piernas me temblaron. El estómago se me cerró. El corazón empezó a latirme con violencia, como si quisiera huir. No. No aquí. No ahora. Y entonces lo sentí. La presencia firme de Max. Se adelantó apenas, lo suficiente para quedar entre Santiago y yo. Su mano rodeó mi cintura con decisión, sosteniéndome como si hubiera entendido exactamente cuán cerca estaba de quebrarme. Se inclinó levemente hacia mí. Su voz fue baja, controlada, íntima. —Respira. Estoy contigo. No dijo todo va a estar bien. Dijo algo mejor. —No… —murmuré, con la garganta cerrada—. No puede ser… él está aquí. Max no se giró de inmediato. Primero me miró a mí. A los ojos. Como si necesitara anclarme antes de enfrentar lo demás. —¿Quién es? —preguntó con calma. No alcancé a responder. —Hija… qué bueno que hayas venido. La voz de mi padre cayó como una losa. Hugo Ocampo estaba frente a nosotros, impecable, seguro, con esa sonrisa que reservaba para inversionistas y cámaras. No había sorpresa en su rostro. Solo control. —Hola, papá —dije, obligándome a sostenerle la mirada. Sentía los ojos traicionándome, desviándose una y otra vez hacia Santiago. Mi padre no me miraba a mí. Miraba a Max. Lo evaluaba. —Y tú debes ser… —empezó. —Max Duarte —respondió él con naturalidad—. El esposo de Anabela. Esposo. La palabra cayó con un peso extraño, sólido. Convincente. Mi padre le estrechó la mano, midiendo fuerza, firmeza, dominio. Un ritual silencioso. —Hugo Ocampo —dijo—. Así que tú eres el hombre que se casó con mi hija… sin avisarnos. Había filo en esas palabras. —Las cosas se dieron rápido —respondió Max sin perder la calma—. A veces esperar no tiene sentido cuando uno está seguro. Mi padre alzó apenas una ceja. —¿Seguro? —Completamente. Un silencio incómodo se instaló entre los tres. —Ya veo —dijo finalmente mi padre—. Espero que tengamos oportunidad de conversar esta noche. Me interesa conocer mejor al hombre que… eligió mi hija. Eligió. Como si yo no hubiera decidido nada. —Será un gusto —respondió Max. Mi padre se alejó sin más. Y recién entonces mis piernas flaquearon. —Mírame —susurró Max—. Respira conmigo. —Está aquí —dije en un hilo de voz—. Santiago. El hombre que me dejó en el altar. Max giró lentamente la cabeza, escaneando el salón. —¿Dónde? —Cerca de la entrada. Traje gris. Con una mujer rubia. Lo encontró de inmediato. Su expresión cambió. Se volvió fría. Calculadora. —¿Ese? —Sí. —¿Por qué está aquí? —No lo sé… jamás venía a estos eventos… Me quedé helada. Santiago no estaba solo. Hablaba con Victoria. Mi madrastra. La familiaridad. La sonrisa. La cercanía. —Max… —susurré—. Creo que ella lo invitó. Su mano se tensó en mi cintura. —Mírame —ordenó suavemente. Levanté los ojos. —No vas a desmoronarte aquí. Viniste con tu esposo. Viniste segura. Viniste feliz. ¿Entiendes? Asentí, aunque el corazón me golpeaba las costillas. —Cuando te vea, no existe. No merece ni tu mirada. Yo estoy aquí. Y entonces Santiago nos vio. *** POV Max Lo reconocí al instante. Santiago Méndez. El tipo tenía ese aire de hombre que siempre cae de pie… porque otros pagan el golpe por él. Su expresión cambió apenas vio a Anabela en mi brazo. Sorpresa. Confusión. Y luego, algo más oscuro. Celos. Perfecto. —Viene hacia acá —le murmuré. —No puedo… —susurró ella. —Sí puedes. Confía en mí. Santiago se plantó frente a nosotros. —Anabela… qué sorpresa verte aquí. Ella no respondió. —¿Nos conocemos? —intervine con educación medida. Santiago me miró recién entonces. —Soy… alguien que fue importante para Anabela. —Ya no —respondí—. Soy Max Duarte. Su esposo. Vi el quiebre. Pequeño, pero real. —¿Te casaste? —le preguntó a ella, incrédulo. Anabela levantó la cabeza. —Sí —dijo con firmeza—. Con alguien que sí se presentó el día de la boda. El golpe fue seco. —Anabela, yo… las cosas fueron complicadas… —Desapareciste —lo cortó—. Sin explicación. Sin dignidad. Las miradas alrededor empezaron a volverse. —Podríamos hablar a solas… —No —dije—. Mi esposa no tiene nada que hablar contigo. —¿Y tú quién eres para decidir eso? —Su esposo. La mujer rubia apareció. —Santiago, amor… ¿todo bien? —Todo perfecto —respondió él—. Solo saludábamos. —Soy Valeria —dijo ella, evaluando—. Su prometida. Anabela sonrió. Lento. Peligroso. —Qué rápido —dijo—. Felicidades. —Cuando lo sabes, lo sabes —respondió Valeria con falsa dulzura. Giré hacia Anabela. La miré con ternura. Con calma. —Tienes razón —dije—. Cuando lo sabes, lo sabes. Me incliné apenas hacia ella, aún dentro de mi papel de esposo enamorado. Le di un beso suave. Íntimo. Casi un susurro. Un beso rosado, breve, cargado de significado. Anabela se quedó rígida. —Perdón —le susurré solo para ella—. No podía permitir que siguieran mirándote con lástima. Me separé y miré a Santiago y Valeria. —Nosotros no esperamos —añadí con tranquilidad—. Nos casamos en Las Vegas. Luego sonreí. —¿Y ustedes? ¿Para cuándo la boda? El silencio fue glorioso. Tomé a Anabela por la cintura y la guié lejos. *** POV Anabela El beso todavía me quemaba los labios. No había sido brusco. No había sido invasivo. Había sido… calculado. Protector. Dulce. Devastador. —Gracias —murmuré cuando nos detuvimos—. No sé si fue actuación… o si… —Fue necesario —respondió—. Y fue sincero en lo que debía serlo. Antes de que pudiera decir algo más— —Bueno, bueno… miren quién apareció. Isabel. Sonriente. Perfecta. Venenosa. Y detrás de ella… Damián. Mi hermano. Sus ojos se encontraron con los míos. —Hola, Bella —dijo—. Ha pasado mucho tiempo. Y supe, con una certeza fría, que la noche recién comenzaba.






