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CAPÍTULO 3 —Un trato que no debía existir

POV Anabela

Las copas se acumulaban en la mesa igual que mis palabras. No recordaba la última vez que alguien me escuchó sin juzgarme, sin interrumpirme para darme consejos que no pedí, sin mirarme como si estuviera exagerando. Pero él… él solo estaba ahí, atento, tranquilo, con esa neutralidad que me daba permiso de desarmarme sin sentir vergüenza.

El reservado olía a licor caro y a humo dulce. Afuera, detrás de esa puerta acolchada, la ciudad seguía siendo un carnaval de neón. Aquí dentro, en cambio, el tiempo parecía moverse a otro ritmo; uno donde mis pensamientos no tenían que competir contra la música.

—Y bueno… —bebí otro sorbo, sintiendo el ardor bajarme por la garganta—. Así fue como terminé usando mi luna de miel como escapatoria. Antes de tener que volver a casa y decirles que mi prometido me dejó plantada en el altar.

No dije “Santiago”. Decir su nombre era darle importancia. Él ya me había quitado suficiente.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… suave. Max tomó su trago, apoyó los codos en las rodillas y me sostuvo la mirada. No con lástima. Con interés real.

—Como yo lo veo —dijo con calma—, te quitaste un problema de encima.

La frase fue tan simple que me desarmó más que cualquier discurso.

—Suena fácil cuando lo dices tú —murmuré.

Él ladeó la cabeza.

—No dije que fuera fácil. Dije que fue una suerte.

Solté una risa corta, incrédula.

—Eres sorprendentemente bueno haciendo sentir bien a una mujer.

—Solo soy honesto —respondió. Por un instante, una sombra cruzó su mirada, como si la honestidad fuera un hábito peligroso para él.

Quise decir algo más, pero mi teléfono vibró sobre la mesa, iluminando la pantalla con un nombre que me apretó el estómago: Padre.

No debí contestar. No después de todo. No con el maquillaje corrido y el orgullo roto. Pero mis dedos se movieron solos.

—¿Sí?

La voz de Hugo Ocampo entró directa, sin preámbulos, como siempre.

—Bella. Mañana es la cena previa del aniversario. La cena con los inversionistas. Quiero que estés.

Me quedé helada. Miré a Max, que se mantuvo inmóvil, atento al cambio en mi cara.

—Papá… yo… —la palabra se me atoró—. No sabía que… que era mañana.

—Te lo dije hace semanas. —No era un reproche; era una orden disfrazada de información—. Vas a venir. Y vas a venir con tu marido.

Sentí que el piso se inclinaba.

—¿Mi…?

—No empieces —cortó—. Dijiste que te ibas a casar. Dijiste que ibas a “arreglar” tu vida. Perfecto. Entonces preséntalo. Los socios esperan verte estable. Y a Victoria le urge sacarse el tema de encima.

Cada palabra fue una estocada precisa. “Estable”, como si yo fuera una acción volátil. “Sacarse el tema de encima”, como si mi vida fuera un trámite.

—Papá, yo…

—Mañana a las ocho. Hotel Bellagio. Reserva a tu nombre. No llegues tarde.

La llamada terminó sin despedida.

Me quedé mirando la pantalla negra como si pudiera devolverme el aire. Mis manos temblaban. No de miedo a mi padre, sino de la certeza de lo que venía: risas, miradas, preguntas, Victoria fingiendo preocupación, Isabel afilando la lengua.

—¿Estás bien? —preguntó Max, con una suavidad que dolía.

Tragué saliva. Mentir era un deporte que mi familia me obligó a practicar, pero esta mentira era distinta. Esta podía enterrarme.

—Mañana hay una cena empresarial —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería—. No es la fiesta grande… es peor. Es donde se cierran acuerdos. Donde todos te miran como si tu vida privada fuera parte del balance.

Max frunció el ceño.

—¿Y tu prometido?

—No existe. —La frase me supo a metal—. Es decir… existía. Hasta hoy. Hasta hace dos días. Hasta que me dejó sola.

Lo vi tensar la mandíbula, como si la idea lo irritara en un nivel personal.

—Entonces no vayas.

Me reí sin humor.

—No entiendes. Yo trabajo con ellos. No solo “soy la hija”. Yo diseñé parte del sistema de auditoría digital que van a presentar en el aniversario. —Me dolió tener que justificarme, pero también me sostuvo—. Soy consultora de ciberseguridad, Max. Si falto, la narrativa se vuelve: “Bella no pudo con la presión”. Y eso es exactamente lo que Isabel y Victoria han querido desde siempre.

Me limpié una lágrima que no quería caer.

—Además… mi padre no me llamó para invitarme. Me llamó para exhibirme.

El silencio se instaló. Max me observó, calculando. Por primera vez, noté que su calma no era pasividad. Era control.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó.

Yo miré la mesa. Las copas. El dinero que aún tenía en el bolso. Y una idea que había rondado mi cabeza como un insecto molesto se volvió clara, insoportablemente lógica.

—Necesito llegar con un marido —dije, odiándome por decirlo—. Solo mañana. Solo para cerrarles la boca. Después… después me desaparezco otra vez.

Max no respondió. Sus dedos se cerraron alrededor de su vaso.

—Podrías contratar a alguien —dijo al fin, pero su tono ya no sonaba casual.

—¿En menos de veinticuatro horas? —negué—. Y no cualquiera. Mi familia huele la mentira como tiburones la sangre.

Me incliné hacia adelante, como si acercarme al borde me diera estabilidad.

—Tú… tú podrías hacerlo.

La propuesta quedó flotando entre nosotros, pesada, absurda. Yo misma quería retractarme.

Max parpadeó, y por un segundo vi al hombre detrás del antifaz: alguien entrenado para no reaccionar.

—No soy la persona adecuada, Anabela.

—Eres exactamente la adecuada —repliqué antes de pensar—. Sabes actuar. Sabes controlar tu cuerpo, tu cara, tu voz. Y… —me detuve, buscando el argumento que no sonara desesperado— y no me juzgas.

Sus labios se tensaron, como si esa última parte fuera la más peligrosa.

—Esto no es un juego.

—Lo sé. —Respiré hondo—. No te lo pido gratis. Te pagaré por día, por hora, lo que quieras. Tres días como máximo: cena mañana, evento del aniversario, fin. Luego cada uno vuelve a su vida.

Max bajó la mirada un instante, como si su mente hiciera cuentas que yo no podía ver.

—¿Por qué yo? —preguntó en voz baja.

Porque si te digo “porque me hiciste sentir humana”, me humillo. Así que dije la verdad útil.

—Porque ya conoces mi historia y no tienes interés en hundirme con ella.

Un latido. Dos. Él respiró lento.

—Dame tu número —dijo.

—¿Qué?

—Dame tu número —repitió, firme—. Si digo que sí, necesito coordinar. Y si digo que no… al menos sabrás antes de subir sola a ese patíbulo.

Saqué una tarjeta y se la extendí con dedos temblorosos. Él la tomó como si pesara.

Me puse de pie. Sentí que el mundo se balanceaba, pero era más por adrenalina que por alcohol.

—Tengo que irme —dije—. Salgo mañana temprano. Si decides no venir… lo entenderé.

Él asintió apenas. Se acercó un paso, y su voz bajó todavía más.

—No te quedes sola esta noche.

No supe qué responder. Solo asentí y me fui, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar antes que yo.

***

POV Max

Me quedé en el reservado mirando la tarjeta entre mis dedos. “Anabela Ocampo”. El apellido encendió una alarma inmediata en mi cabeza. Ocampo. El conglomerado. El evento. El mismo circuito financiero donde los Ivanov movían dinero como si el mundo fuera un tablero personal.

No puede ser casualidad.

Toqué mi intercomunicador, controlando el pulso.

—Necesito un chequeo exprés —murmuré—. Nombre: Anabela Ocampo. Quiero todo: historial, conexiones, trabajo, familia. Ya.

La voz del técnico respondió con un tono entre burla y sorpresa.

—¿Desde cuándo haces pedidos personales, Rex?

—No es personal. —Mentí sin esfuerzo—. Es riesgo operativo.

—Entendido. Dame diez minutos.

Miré hacia la puerta por donde ella había salido. La misión era Lila. Siempre había sido Lila. Pero si Anabela estaba conectada a Ocampo Industries, y Ocampo tenía vínculos con los Ivanov, entonces ella no era un accidente: era un punto de entrada… o una víctima.

Mi teléfono vibró con un mensaje cifrado de la Agencia:

“Movimiento: Lila Ivanov llega a Las Vegas en las próximas 12 horas. Mantente disponible. No improvises.”

Sentí un frío lento en la nuca.

No improvises.

Bajé la mirada a la tarjeta otra vez. Mañana. Cena. Hotel Bellagio. “Con tu marido”.

El reloj corría, y yo estaba a punto de mezclar a una mujer real con una operación mortal.

Y aun así, cuando guardé la tarjeta en el bolsillo, supe algo con una claridad incómoda:

ya había tomado una decisión, aunque todavía no me atreviera a decirla en voz alta.

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