POV Max
Esa noche llegué al apartamento seguro que la Agencia me había asignado y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. El silencio me recibió como siempre: limpio, funcional, diseñado para que nada distrajera. Dejé la chaqueta sobre el respaldo de la silla y encendí la laptop sin quitarme los zapatos.
El informe preliminar sobre Anabela Ocampo ya estaba abierto.
No esperaba gran cosa. Una turista más, una mujer huyendo de un mal momento, alguien completamente ajeno a mi misión. Un nombre sin peso real. Un error de cálculo que se corregía solo.
Abrí el archivo.
Mi expresión cambió casi de inmediato.
Anabela no era competente. Era destacada. De esas personas que no abundan. Había liderado proyectos complejos, publicado artículos técnicos, diseñado sistemas que no solo resolvían problemas, sino que anticipaban fallas antes de que existieran. Bancos, aseguradoras, holdings industriales. Empresas enteras esperaban meses para trabajar con ella.
Leí más despacio.
No porque no entendiera, sino porque algo dentro de mí empezó a tensarse.
La última línea del documento estaba subrayada, como si alguien hubiera querido asegurarse de que no la pasara por alto:
Actualmente desarrolla un sistema de rastreo contable para Ocampo Industries, diseñado para detectar patrones de lavado de dinero. Entre las empresas potencialmente involucradas se encuentran varias subsidiarias con vínculos directos a la familia Ivanov.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
—No puede ser coincidencia… —murmuré.
Pero tenía que serlo. Porque si no lo era, entonces había metido a una mujer real en una operación que podía destruirla sin siquiera saberlo.
Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos un segundo. La imagen de Anabela apareció de inmediato, sin permiso: la forma en que sostenía la copa como si fuera un ancla, su risa nerviosa, la honestidad brutal con la que hablaba de su fracaso como si ya no tuviera fuerzas para maquillarlo.
No comprendía cómo alguien tan frágil en lo emocional podía estar trabajando en algo tan delicado. La combinación de vulnerabilidad y un cerebro capaz de crear herramientas que podían hundir imperios criminales era contradictoria… fascinante… peligrosa.
Si los Ivanov descubrían lo que estaba desarrollando, estaría marcada.
Y ahora, sin haberlo planeado, yo estaba vinculado a ella.
Puedo usar esta cercanía, pensé. Obtener información. Protegerla al mismo tiempo.
Tres días.
Solo tres días fingiendo ser su esposo.
Después, cada uno volvería a su vida.
Me repetí eso varias veces, hasta casi creerlo.
***
A la mañana siguiente, el lobby del Hotel Talbot estaba envuelto en una calma artificial. Demasiado pulcro. Demasiado silencioso. El tipo de lugar donde los problemas no parecían existir… hasta que te alcanzaban.
La vi enseguida.
Anabela caminaba de un lado a otro frente a la entrada, con el teléfono en la mano, revisando la pantalla sin necesidad. Estaba nerviosa. No hacía falta conocerla demasiado para notarlo. No por debilidad, sino por anticipación. Como alguien que se prepara para recibir un golpe y no sabe desde dónde vendrá.
Cuando crucé las puertas del lobby, levantó la vista.
Al principio no me reconoció.
Ya no llevaba el antifaz ni el personaje. Vestía traje negro impecable, camisa ajustada, el cabello peinado hacia atrás. No era una máscara; era otra versión de mí. Más peligrosa.
Me miró una vez. Luego otra.
—¿Max? —preguntó, sorprendida.
—Lamento la demora —respondí.
Vi cómo se le tensaban los hombros. Cómo bajaba la mirada para esconder un sonrojo que no esperaba. No estaba actuando. Eso me inquietó más de lo que debía.
—Pensé que quizá no vendrías —admitió.
—Dije que lo pensaría —contesté—. Y tomé una decisión.
El brillo tímido en sus ojos fue inmediato. Demasiado honesto. Demasiado humano.
—Bien —dijo, respirando hondo—. Serán solo tres días. Después de la fiesta de aniversario, cada uno vuelve a su vida.
Asentí.
Pero ni yo estaba seguro de creerme esa frase.
***
El taxi avanzó por la ciudad mientras el silencio se instalaba entre nosotros. Anabela miraba por la ventana, inquieta, como si Las Vegas aún no la hubiera soltado del todo. Yo la observaba sin que lo notara, estudiando cada gesto.
—¿Siempre trabajas en ciberseguridad? —pregunté al fin, rompiendo la tensión sin sonar invasivo.
Dudó.
—Sí. Desde que tenía diecisiete, más o menos. —Hizo una pausa—. Me gustaba resolver problemas… o desaparecer de ellos.
Capté el matiz. No insistí.
—¿Te gusta?
—Sí. Bueno… lo amaba. Últimamente no estoy tan segura. —Sonrió sin humor—. Puedo pasar horas frente a un sistema complejo, pero no puedo mantener una relación sencilla con alguien que se supone debía quererme. Parece que solo soy buena con las máquinas.
Sostuve su mirada.
—Las máquinas no merecen tanto crédito.
Soltó una risa suave, genuina.
Durante el trayecto me habló de su infancia sin entrar en detalles, de un hogar donde siempre se sintió observada, evaluada. Me habló de su trabajo con una precisión que no dejaba dudas: sabía exactamente lo que hacía y por qué importaba.
No era una heredera caprichosa.
Era una mujer brillante que había aprendido a sobrevivir sola.
—¿Y tú? —preguntó de pronto—. Digo… ¿solo eres bailarín?
Contuve una risa.
—Trabajo por contrato. Distintos lugares, distintas tareas.
—¿Actor?
—No.
—¿Modelo?
—Tampoco.
—Entonces…
—Seguridad —respondí al fin, eligiendo la ambigüedad más segura.
Asintió. Me creyó.
Y sentí el peso de la mentira caer entre nosotros como algo que, tarde o temprano, iba a romperse.
***
En el aeropuerto, su ansiedad volvió con fuerza. Caminaba rígida, como si cada paso la acercara a un juicio inevitable.
—Si en algún momento quieres que tome tu mano —dije sin pensar—, solo mírame.
Me observó sorprendida. Luego asintió, agradecida.
Durante el vuelo, la conversación fluyó con una naturalidad peligrosa. Se relajó a mi lado, incluso se rió cuando le conté una anécdota inventada sobre un supuesto trabajo en Europa del Este. Pero cuando el avión comenzó a descender, se tensó otra vez.
Cerró los ojos.
—Esto va a ser un desastre —susurró.
No respondí.
Porque en ese momento, mi teléfono vibró.
Mensaje cifrado. Agencia.
Movimiento confirmado. Lila Ivanov salió de su residencia. Destino coincide con el tuyo. Extremar precaución.
Sentí el estómago contraerse.
Guardé el teléfono antes de que Anabela pudiera notar el cambio en mi expresión. Me obligué a respirar normal.
Entonces la vi.
Una mujer rubia avanzaba por el pasillo del avión, flanqueada por dos guardaespaldas. No necesitaba presentación. Su presencia era suficiente. Fría. Elegante. Letal.
Lila Ivanov estaba ahí.
Anabela abrió los ojos lentamente, ajena al peligro que acababa de entrar en su mismo espacio.
Y yo entendí, con una claridad incómoda, que ya no se trataba de fingir un matrimonio.
Había cruzado una línea.
Y esta vez, si algo salía mal, no sería la misión la que se perdería…
sería ella.