Capítulo 2—Lo que pasa en Las Vegas.
POV Anabela
Las Vegas me golpeó apenas crucé las puertas del aeropuerto.
El calor seco, las luces artificiales que parecían no apagarse nunca, el ruido constante de una ciudad que no dormía ni dejaba pensar. Perfecto. Justo lo que necesitaba. No pensar.
Arrastré la maleta hasta el taxi evitando mi reflejo en cada superficie brillante. Vidrios, metal, espejos. No quería verme. No quería recordar el vestido de novia abandonado en mi departamento ni la imagen del altar vacío repitiéndose como una burla en mi cabeza.
El hotel era un exceso de todo: mármol, luces, perfumes caros. Subí a la habitación, dejé la maleta junto a la cama y me quedé de pie unos segundos, sin saber qué hacer conmigo misma. Me quité los zapatos. Me miré en el espejo del baño y desvié la mirada de inmediato.
No hoy.
Cené sin hambre. Comida elegante que no probé más que por compromiso. Pedí vino. Luego otro. Cuando terminé, bajé al casino buscando ruido, gente, movimiento. Algo que tapara el silencio ensordecedor que llevaba dentro.
El casino era un mundo aparte. Luces que parpadeaban sin descanso, fichas chocando, risas exageradas, promesas de fortuna inmediata. Me senté frente a la ruleta y respiré hondo.
—Bien, Bella —murmuré para mí—. Si fallaste en el amor, tal vez la suerte compense algo.
Y la suerte apareció. No como consuelo, sino como una broma cruel. Gané la primera apuesta. Luego la segunda. La tercera. La gente empezó a rodearme como si yo fuera una especie de talismán improvisado.
—¡Eso, hermosa! —gritó un hombre con sombrero de vaquero, chocando su copa contra la mía.
—Tu racha es increíble —dijo una mujer con un cóctel azul imposible en la mano.
Sonreí. Reí. Brindé. Pero cada victoria me dolía un poco más. Buena suerte en el juego, mala suerte en el amor. Maldita frase de m****a.
Cuanto más bebía, más sola me sentía en medio de toda esa gente. Y fue en un impulso —mitad desesperación, mitad autodestrucción— que recordé un lugar. Un club que había investigado años atrás por un trabajo de seguridad. Discreto. Casi clandestino. Donde hombres y mujeres bailaban por dinero y nadie hacía preguntas.
Pedí un taxi.
El letrero rojo titilaba sobre una fachada oscura. Los porteros me observaron con esa mirada que evalúa cuánto vales antes de dejarte pasar.
—Un reservado —pedí, obligando a mi voz a sonar firme aunque por dentro temblara.
Me condujeron por un pasillo en penumbra hasta una habitación privada. Luces tenues. Humo suave. Un pequeño escenario al centro. Me senté y crucé las piernas con torpeza. Esperé. O tal vez solo intenté no quebrarme.
La música cambió. Las luces bajaron aún más. Un foco rojo iluminó el escenario.
Y entonces lo vi.
Él.
Short de cuero negro ajustado hasta el pecado. Antifaz cubriendo media cara. La piel brillante de aceite marcando cada músculo como si hubiera sido tallado con obsesión. Sus movimientos eran precisos, controlados, peligrosamente sensuales.
—Oh… —susurré sin querer—. Dios.
Giró lentamente. Bajó la cabeza. Por un segundo sentí su mirada clavarse en mí, aunque no podía ver sus ojos. Algo se encendió dentro de mí. Algo desconocido. Una mezcla de deseo, vergüenza y un temblor que me recorrió de pies a cabeza.
Y justo cuando pensé que no podía empeorar… llevó las manos al borde de su short.
Mi corazón se detuvo.
—Oh, no, por favor… para —dije de inmediato, cubriéndome el rostro con las manos, aunque dejando una rendija entre los dedos.
No pude evitarlo. Seguí mirando.
Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo reaccionaba sin pedir permiso. No era amor. No era ternura. Era algo crudo, físico, primitivo. Y me asustó.
POV Max
Mi nombre es Max Duarte, pero en ese club todos me conocían como Rex. En ese lugar, mi vida real no existía. Solo mi misión.
Infiltrarme en la organización de Sergei Ivanov, uno de los hombres más peligrosos que operaba entre Rusia y Norteamérica. Mi entrada no era directa. Era a través de su hija. Lila Ivanov.
Fría. Despiadada. Hermosa como una diosa vengativa. Coleccionaba hombres hermosos y los descartaba cuando dejaban de entretenerla. La Agencia sabía que yo encajaba en su tipo. Me entrenaron para ser exactamente lo que ella querría: atractivo, aparentemente vulnerable, útil en silencio.
Esa noche debía llamar su atención.
Cuando me puse los shorts de cuero, el antifaz y el aceite, solo pensé en la misión. Entra. Seduce. Accede a su círculo. Llega al núcleo. Sin emociones.
Subí al escenario del reservado con pasos calculados. Las luces rojas dificultaban ver con claridad, pero sabía que Lila estaba observándome. Según el informe, ella había reservado esa habitación.
Mi mirada se dirigió hacia la figura femenina sentada en la penumbra. Curvas marcadas. Postura elegante. Cabello recogido. Incluso la expresión seria coincidía con su fama de reina helada.
Ahí estás, Lila.
Perfecto.
Me acerqué al borde del escenario y dejé que la música guiara cada movimiento. Deslicé las manos hacia el borde de mis shorts, el gesto que sabía que captaba la atención de todas.
—Oh, no, por favor… para —dijo de pronto.
La voz no era fría. No era dominante. Era temblorosa. Rota.
Me detuve de inmediato. Giré hacia ella.
—¿Está todo bien? —pregunté, aún dentro del personaje.
Ella seguía cubriéndose el rostro, espiándome entre los dedos.
—Sí… es solo que… es la primera vez que veo a alguien hacer… esto —admitió, roja de vergüenza.
Fruncí el ceño y me acerqué un poco más. Las luces bajaron. El humo se disipó.
Y entonces lo vi con claridad.
No era Lila.
Ni remotamente.
Sus ojos eran grandes. Demasiado honestos. Su sonrisa estaba rota. Su dolor era real. Demasiado real como para fingirlo.
M****a.
—Yo… —susurró bajando las manos—. Te debo parecer patética.
Eso me golpeó más fuerte que cualquier entrenamiento.
—No —respondí con suavidad—. Muchas personas vienen aquí. Nosotros no juzgamos.
Ella soltó una risa amarga.
—O tal vez solo dices lo que quiero oír para que te dé una propina más grande.
Sacó unos billetes con manos temblorosas.
—Puedes hacerme compañía… sin desnudarte —pidió con una timidez que jamás había visto—. Hoy era mi luna de miel. Y no quiero pasar la noche sola.
Algo se quebró dentro de mí.
No debería. No era parte del plan. Lila podía aparecer en cualquier momento.
Pero me senté frente a ella, ignorando todo el guion.
—Está bien —murmuré—. Puedes contarme lo que quieras.
Ella me miró como si no terminara de creerlo.
—No quiero aburrirte.
—Estás pagando por mi tiempo —respondí con una sonrisa que no sabía que podía dar—. Si no quieres que baile, al menos déjame escucharte.
Nos observamos unos segundos. Finalmente asintió.
—Bien. Pero primero pidamos algo para tomar. Aún no estoy lo suficientemente borracha para contarle mi vida a un desconocido.
Tocó el intercomunicador con manos temblorosas.
Me pregunté qué demonios estaba haciendo.
Pero no me moví.
Y sin saberlo, acababa de cometer el primer error real de toda mi carrera.