Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Max
El momento en que la puerta se cerró detrás de Anabela, me quedé quieto algunos segundos. Esperando. Escuchando el sonido del elevador bajando, sus pasos desapareciendo. Cuando el silencio confirmó que se había ido, me moví. No era orgullo. No era curiosidad. Era supervivencia. Necesitaba saber exactamente en qué se había metido Anabela. Y más importante, necesitaba saber si me comprometía. Comencé en la sala. Revisé los cajones cuidadosamente, devolviendo todo a su lugar exacto. Nada relevante. Facturas, recibos, papeles sin sentido. Me moví hacia su habitación. La cama estaba hecha con casi precisión militar. El closet organizado por color. Todo en orden. Metódico. Controlado. Como alguien que necesita orden para no colapsar. Revisé su escritorio. Libretas llenas de notas técnicas, diagramas de sistemas, código manuscrito. Brillante. Pero nada comprometedor. Hasta que vi la laptop. Estaba en la mesa de la cocina. Cerrada. Esperando. Me acerqué lentamente, como si pudiera morderme. La abrí. La pantalla se iluminó instantáneamente. — SISTEMA BLOQUEADO. INGRESA CONTRASEÑA. Intenté las combinaciones obvias. Fecha de nacimiento. Nombre. Variaciones simples. Nada funcionó. — Está bien, Anabela. Veamos qué tan buena realmente eres. Saqué un dispositivo USB de mi bolsillo. Una herramienta de la Agencia diseñada para eludir seguridad básica. La enchufé en el puerto lateral. La pantalla parpadeó. Líneas de código comenzaron a ejecutarse. Luego un mensaje apareció: — INTENTO DE ACCESO NO AUTORIZADO DETECTADO. ALERTA ENVIADA. — M****a. Arranqué el USB inmediatamente. Cerré la laptop. La dejé exactamente donde había estado. Mi teléfono vibró. Un mensaje encriptado de la Agencia. — Detectamos actividad inusual en tu ubicación. ¿Todo está bien? Respondí rápidamente. — Falsa alarma. Todo bajo control. Pero no lo estaba. Anabela no tenía seguridad básica. Tenía seguridad a nivel gubernamental. Y acaba de disparar una alerta que probablemente fue directamente a su teléfono. — Perfecto, Max. Simplemente perfecto. Necesitaba una excusa. Y tenía que ser creíble. Revisé la hora. Tenía menos de una hora antes de que regresara. Me moví rápido hacia la cocina, abrí el refrigerador, saqué ingredientes. Si iba a inventar una excusa, más me valía hacerla convincente. Pasta. Salsa de tomate. Ajo. Cebolla. Las cosas comunes. Las cosas que cualquier persona prepararía mientras esperaba a su «esposa». Comencé a cocinar como si mi vida dependiera de ello. Porque probablemente así era. *** POV Anabela El vestido era perfecto. Negro, elegante, ajustado en los lugares correctos sin ser obsceno. Me hizo sentir poderosa. Como si pudiera enfrentar a mi familia sin desmoronarme. Pagué. Salí de la boutique. Y entonces mi teléfono vibró. Una notificación de seguridad. — INTENTO DE ACCESO NO AUTORIZADO A TU LAPTOP DETECTADO. UBICACIÓN: TU RESIDENCIA. HORA: 11:47 AM. Mi corazón se detuvo. — ¿Qué? Revisé la hora. 12:15 PM. Media hora había pasado desde el intento. Alguien intentó acceder a mi laptop. En mi apartamento. Mientras yo no estaba. Max. — No. No puede ser. ¿Por qué intentaría—? Pero la alerta no mentía. Y estaba sola en ese apartamento con un hombre que conocí hace dos días en un club de estriptistas. — Bella, idiota. ¿En qué estabas pensando? Entré a mi auto. Manejé de vuelta más rápido de lo que debería. Mi mente corría por escenarios. Ninguno de ellos bueno. Llegué al edificio. Tomé el elevador con mi corazón palpitando contra mis costillas. Abrí la puerta con cuidado. El aroma me golpeó primero. Algo delicioso. Casero. Imposible de fingir. Max estaba en la cocina, dándome la espalda, revolviendo una sartén con movimientos confiados. La laptop estaba en el mostrador. Exactamente donde la había dejado. Cerré la puerta en silencio. Caminé hacia él sin hacer sonido. Mi computadora estaba bloqueada. Pantalla negra. Sin señal visible de intrusión. Lo observé. Él seguía cocinando, ajeno a mi llegada. O fingiendo serlo. — Hola —finalmente dije. Se dio la vuelta. Sonrió. — Llegaste justo a tiempo. Estaba preparando algo de comer. No respondí. Miré la laptop. Luego a él. Max siguió mi mirada. Su expresión se desplazó ligeramente. Como si acabara de recordar algo. — Oh, cierto… lo siento —dijo casualmente—. Quería poner música mientras cocinaba. Pero veo que tomas tu seguridad muy en serio. Me quedé quieta. Procesando. Evaluando. Un gigoló que quería poner música. Razonable. Normal. Inocente. Pero la alerta decía intento de acceso no autorizado. No intento de poner música. — Veo —dije lentamente—. Sí, esa laptop es estrictamente para trabajo. La próxima vez puedes usar la que está en la oficina. Asintió. Natural. Sin tensión. — Perfecto. No volverá a suceder. Tomó una cuchara, la sumergió en la salsa que estaba preparando, se acercó, y me la ofreció. — ¿Te gusta? Lo observé durante un momento. Sus ojos. Su expresión. Buscando cualquier signo de una mentira. Pero no vi nada. Solo un hombre cocinando. Intentando ser amable. Es un gigoló, Bella. ¿Qué sabría sobre encriptación? Abrí la boca. Probé la salsa. Estaba deliciosa. — Es bueno —admití. Sonrió, satisfecho. — Me alegra. Pensé que después del día que vas a tener, merecías algo decente para comer. Algo dentro de mí se relajó. Quizás estaba siendo paranoica. Quizás la alerta había sido una falla del sistema. Quizás Max solo intentó poner música y mi seguridad exageró. O quizás no. Pero decidí dejarlo pasar. Por ahora. — Gracias —dije—. Aprecio el gesto. Me senté en el mostrador, observándolo cocinar. Y por un momento, casi se sintió normal. Como si realmente fuéramos una pareja. Como si esto no fuera una mentira elaborada. Casi. *** POV Max Me creyó. O al menos fingió. No estaba seguro cuál era peor. Seguí cocinando, manteniendo la conversación ligera, neutral. Pero mi mente corría. Anabela no era solo buena. Era excepcional. Su sistema de seguridad detectó el intento de acceso en segundos y envió la alerta directamente a su teléfono. Si hubiera sido cualquier otro, ya estaría fuera del apartamento. O peor. Pero ella vaciló. Y esa vacilación me salvó. Porque piensa que solo soy un gigoló. Porque no me ve como una amenaza real. Tenía que mantenerlo así. — Entonces, ¿cómo está el vestido? —pregunté mientras servía la comida en dos platos. — Perfecto —dijo—. Negro. Elegante. Nada que Isabel pueda criticar. — ¿Isabel es tu hermanastra? — Sí. La mayor. La favorita. La que nunca hace nada malo. Escuché el veneno en su voz. Pero no presioné. — ¿Y la otra? ¿Damián? Anabela vaciló. — Damián es… complicado. Fue mi protector cuando éramos niños. Pero no lo he visto en años. Se fue a la academia militar y luego… no sé. Perdimos contacto. — ¿Crees que estará en la fiesta? — Probablemente. Mi padre siempre lo invita a estos eventos. Le gusta alardear de que su hijastro es militar. Asentí. Archivé eso. Comimos en silencio durante unos minutos. Ella parecía más relajada. Casi calma. — Max —dijo de repente—. ¿Alguna vez has mentido sobre quién eres? La pregunta me golpeó como un puñetazo. — ¿Qué quieres decir? — Sobre… fingir ser alguien que no eres. Para encajar. O para sobrevivir. Todo el tiempo. — Supongo que todos lo hacemos en algún momento —respondí cuidadosamente—. ¿Por qué preguntas? Jugó con su tenedor. — Porque pasé toda mi vida haciéndolo. Fingiendo que las palabras de mi familia no duelen. Fingiendo que soy fuerte. Fingiendo que no me importa estar sola. Su voz se quebró ligeramente al final. — Pero sí me importa. La observé. Realmente la observé. Y vi algo que no había esperado: honestidad pura. Sin filtros. Sin defensas. — No estás sola ahora mismo —dije sin pensar. Levantó la vista. — Eso es solo porque te estoy pagando. — No —respondí, sorprendiéndome a mí mismo—. Es porque elegí estar aquí. Nos sostuvimos la mirada durante algunos segundos. Algo pasó entre nosotros. Algo que no debería haber pasado. Ella rompió el contacto visual primero. — Gracias por la comida —dijo, levantándose—. Voy a prepararme. La fiesta es en cinco horas. Se fue a su habitación sin otra palabra. Me quedé solo en la cocina, platos sucios en el mostrador y un peso incómodo en el pecho. Mi teléfono vibró. Otro mensaje de la Agencia. — Confirmado: Victoria Sokolov, esposa actual de Hugo Ocampo, es la madre de Isabel y Damián Sokolov. Padre biológico: Sergei Ivanov. Se confirma conexión familiar directa con Lila Ivanov. Leí el mensaje tres veces. — Anabela no tiene idea. Su familia no era solo complicada. Era una trampa. Y ella estaba justo en el centro sin saberlo. Respondí rápidamente. — ¿Está Anabela en peligro? — Aún evaluando. Pero si los Ivanov descubren su proyecto, sí. Cerré los ojos. — Esto es mucho peor de lo que pensé. *** POV Anabela Me observé en el espejo. El vestido negro se ajustaba perfectamente. Maquillaje impecable. Cabello elegantemente recogido. En el exterior, parecía alguien que tiene todo bajo control. En el interior, estaba colapsando. Puedes hacerlo, Bella. Son solo algunas horas. Sonríe. Saluda. Presenta a Max. Y luego nunca tendrás que volver. Pero parte de mí sabía que no sería tan simple. Salí de la habitación. Max estaba esperando en la sala, vestido con un traje negro perfectamente cortado. Cabello peinado hacia atrás. Recién afeitado. Se veía como un hombre sacado de una revista. Perdí el aliento. — Wow —dije sin pensar. Sonrió. — Tú también te ves increíble. Nos miramos fijamente durante algunos segundos. Y por un momento, casi olvido que todo esto era una mentira. — ¿Lista? —preguntó. — No —admití—. Pero vamos de todos modos. Salimos del apartamento. Subimos al auto. Y mientras manejábamos hacia el hotel donde tendría lugar la fiesta, no podía dejar de pensar en la alerta de seguridad. Sobre Max tocando mi laptop. Sobre su excusa perfectamente elaborada. Es solo paranoia, Bella. Relájate. Pero parte de mí no podía. Llegamos al hotel. Luces brillantes. Gente elegante. Todo era exactamente como lo recordaba. Frío. Superficial. Perfecto. Bajamos del auto. Max ofreció su brazo. — Aquí vamos —susurró. Lo tomé. Respiré profundo. Y entramos juntos. El lobby del Bellagio era un exceso de mármol y cristal. Candelabros enormes colgaban como joyas del techo. Gente bella en trajes aún más bellos circulaban con copas de champagne. El evento del aniversario de Ocampo Industries era legendario en ciertos círculos. Una noche donde se cerraban tratos millonarios, se hacían alianzas, se rompían matrimonios. Nada casual. Nada íntimo. Todo observado. — Respira —susurró Max mientras caminábamos hacia el ascensor—. Tu mano está temblando. Bajé la vista. Efectivamente, mis dedos estaban fríos como el hielo pesar de estar aferrada a su brazo. — No puedo evitarlo. — Sí, puedes. Eres una mujer brillante que acaba de casarse. Estás aquí para apoyar a tu familia. Eso es todo. Subimos al piso veinticuatro. Las puertas se abrieron a un salón de ensueño. Cristal desde el suelo hasta el techo, vistas de la ciudad brillando bajo nosotros. Orquesta en vivo. Mesas de comida infinita. Gente que conocía desde hace años fingiendo que era la primera vez que nos veíamos. Y entonces lo vi. Mi padre. Hugo Ocampo estaba junto a la ventana, con un vaso en la mano, riendo de algo que alguien acababa de decir. Se veía exactamente como siempre: distante, perfecto, completamente fuera de mi alcance. — Ahí —dije, apretando el brazo de Max—. El hombre junto a la ventana. Ese es mi padre. Max lo estudió durante un segundo. — Vamos. Caminamos hacia él. Mi corazón golpeaba contra mis costillas como si quisiera escapar.






