CAPÍTULO 8 – Damián.

POV Anabela

Durante un segundo no supe cómo respirar. El ruido del salón se apagó a mi alrededor y solo quedó él, de pie frente a mí, mirándome como si estuviera tratando de reconocer a alguien que ya no era la misma.

No era el chico flaco que se ponía delante cuando Isabel cruzaba límites. Era un hombre ahora. Más alto, más ancho, con los hombros rectos y el cuerpo rígido, como si todavía siguiera obedeciendo órdenes invisibles. El cabello rubio cortado casi al ras, la mandíbula dura, los ojos del mismo azul frío de siempre, aunque ahora había algo más en ellos, algo apagado, como si la vida se hubiera encargado de borrar cualquier resto de suavidad.

—Bella —dijo al fin—. Pensé que no vendrías.

—Damián… —respondí, y odié lo pequeña que sonó mi voz.

No hubo tiempo para más.

Isabel apareció a su lado con esa sonrisa suya que siempre llegaba antes que el golpe. Se acomodó el vestido con un gesto estudiado y nos miró como si la escena le perteneciera.

—Miren nada más —dijo—. El reencuentro familiar que nadie pidió.

Sus ojos se movieron enseguida hacia Max, recorriéndolo sin ningún pudor, deteniéndose donde no correspondía, evaluándolo con descaro.

—Y tú debes ser el esposo misterioso —añadió—. El que mamá no ha dejado de mencionar en toda la noche.

Max no se movió. No retrocedió ni avanzó. Solo inclinó un poco la cabeza.

—Max Duarte —dijo—. Encantado.

Isabel tomó su mano, la sostuvo un segundo de más, como si quisiera marcar algo que no le pertenecía. Max se la retiró con educación seca, sin sonreír.

—Isabel Sokolov —respondió ella—. La hermana mayor.

Luego me miró a mí, ladeando la cabeza, con esa expresión que conocía demasiado bien.

—Debo admitir que estoy sorprendida, Bella —continuó—. No esperaba que tu esposo fuera así.

Dejó la frase flotando. Disfrutando el silencio.

—Creí que terminarías con alguien más parecido a ti —siguió—. Otro cerebro sin cuerpo. Pero veo que esta vez no fallaste del todo.

Sentí el calor subir a mi rostro.

—Isabel —advertí.

—¿Qué? —replicó—. Solo estoy siendo honesta.

Max habló antes de que pudiera seguir.

—La honestidad no siempre es una virtud —dijo con calma—, sobre todo cuando se usa para disfrazar desprecio.

Isabel lo miró, sorprendida.

—¿Perdón?

—No me impresionan las apariencias —continuó—. La gente puede verse perfecta y estar vacía por dentro. Eso no dice nada.

Giró apenas hacia mí, lo suficiente para que todos lo notaran.

—Anabela sí.

El silencio fue inmediato.

Isabel apretó los labios, visiblemente descolocada.

—Qué caballero —dijo al fin—. Disfruten la noche.

Damián dio un paso al frente.

—Ya basta, Isabel.

Ella lo fulminó con la mirada, luego me sonrió con veneno y se alejó, perdiéndose entre la gente.

Me quedé quieta, procesando lo que acababa de pasar.

—Gracias —le dije a Max en voz baja.

—No era necesario —respondió—. Solo dije lo que pienso.

Damián nos observó con atención.

—Interesante pareja —comentó.

—¿Eso es un problema? —preguntó Max.

—No —dijo Damián—. Me alegra verte con alguien que no se queda callado cuando te atacan.

Luego me miró a mí.

—¿Podemos hablar un momento? A solas.

El estómago se me cerró.

—No creo que sea buena idea.

—Solo un minuto —insistió—. En el jardín.

Miré a Max. Dudó, pero asintió.

—Estaré cerca —me dijo.

Salimos al exterior. El aire nocturno estaba frío y el sonido de una fuente llenaba el silencio incómodo entre nosotros.

—Dime qué quieres, Damián —dije—. Sin rodeos.

—Quiero saber si estás bien —respondió—. De verdad.

—Lo estoy.

—No te creo.

Crucé los brazos.

—Max es mi esposo. No hay nada más que explicar.

Damián me miró con atención.

—No llevo años en el ejército para no notar cuando algo no encaja.

—¿Qué estás insinuando?

—Que esta noche no es casual —dijo—. Que Santiago fue invitado a propósito.

Sentí el piso moverse bajo mis pies.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Isabel no sabe guardar secretos —respondió—. Y porque hay intereses alrededor de esta familia que no conoces.

—¿Intereses como cuáles?

Bajó la voz.

—Tu trabajo. Los sistemas que desarrollas. Hay gente aquí que estaría dispuesta a pagar mucho por eso.

—Me estás asustando.

—Debería.

Guardó silencio un instante.

—Ten cuidado esta noche, Bella. Y confía en tus instintos.

No respondí.

Cuando volvimos al salón, lo primero que hice fue buscar a Max con la mirada.

Lo encontré enseguida.

No estaba solo.

Hablaba con una mujer rubia, de vestido rojo, demasiado cerca, demasiado segura, observándolo con una atención que no era casual.

No sabía quién era.

Pero algo en esa escena me erizó la piel.

Y supe que la noche acababa de cambiar.

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