Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandra Montenegro ha pasado toda su vida bajo la sombra de su padre, pero tras un enfrentamiento final, logra escapar para buscar lo único que siempre quiso: a Rodrigo Álvarez. Sin embargo, para acercarse al implacable CEO de Álvarez Group, deberá dejar atrás su apellido y convertirse en Ana Montalvo. Bajo esta nueva identidad, entrará a trabajar para el hombre que ama desde niña, un hombre cuya arrogancia y frialdad parecen impenetrables. ¿Podrá Ana derretir su corazón antes de que Rodrigo descubra quién es ella en realidad?
Leer más—¡FUERA de aquí! ¡Fuera ahora mismo! —el grito del CEO retumbó en las paredes de cristal, cargado de una furia que hizo vibrar el aire de la oficina.
Estaba totalmente enfurecido. Una de las secretarias, presa del pánico y los nervios, le había derramado café hirviendo sobre el escritorio, estropeando en un segundo documentos cruciales que valían millones. La pobre chica temblaba de pies a cabeza; su rostro, antes sonrosado, ahora era de un blanco fantasmal. Con la voz apenas audible y un tartamudeo incontrolable, intentaba articular una disculpa que sabía inútil. —Yo... lo siento... lo siento mucho, señor. Fue un accidente, se lo juro, fue un accidente —repetía una y otra vez, como una plegaria desesperada. Ella conocía de sobra lo explosivo y cruel que podía llegar a ser ese hombre. Rodrigo Álvarez no perdonaba errores, no toleraba la torpeza y exigía una perfección absoluta en cada rincón de su empresa. Para él, las cosas se hacían bien o simplemente no se hacían. Mentalmente, la joven ya se estaba preparando para lo peor; sabía que su carrera en Álvarez Group terminaba en ese preciso instante. Rodrigo Álvarez era un hombre imponente, de una presencia que llenaba cualquier habitación. Poderoso, frío y calculador, era el tipo de líder que no conocía la palabra "misericordia". —¡Llame a mi asistente personal ahora mismo! ¡Ahora! —ordenó con un tono gélido. Su mirada fija y penetrante era capaz de helar la sangre de cualquiera. Solo con sostenerle el contacto visual, a la mayoría le temblaban las piernas. Para muchos en el edificio, él no era un jefe; era el mismísimo demonio vestido de seda. —Sí, señor... ahora mismo voy a buscarlo —alcanzó a decir la secretaria antes de salir corriendo como alma que lleva el diablo. Cruzó el pasillo con el cuerpo sacudido por los sollozos y el miedo, encontrando por suerte a Samuel, el asistente personal de Rodrigo, a unos pocos metros. —Señor Samuel... el señor Álvarez lo solicita en su oficina de inmediato —dijo ella. Al ver el terror en los ojos de la mujer, Samuel no necesitó más explicaciones. Sabía que el "monstruo" había despertado. Con un breve asentimiento, se dirigió directamente al despacho presidencial. Apenas puso un pie dentro, la voz grave y autoritaria de su jefe lo golpeó como un látigo. —Necesito una asistente que sea capaz e inteligente, no una estúpida incapaz de sostener una taza —sentenció Rodrigo sin siquiera mirarlo—. Despídela inmediatamente. No quiero verla ni un segundo más en mis instalaciones. Ve a Recursos Humanos y que me asignen una nueva secretaria lo antes posible. La quiero aquí mañana. —Como usted ordene, señor. Me encargo de este asunto ahora mismo. Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, Samuel tramitó el despido, entregó el cheque de liquidación correspondiente y se dirigió a Recursos Humanos para cubrir la vacante de urgencia. Horas más tarde, regresó para informar que ya tenían candidatas para la mañana siguiente. —Bien. Puedes retirarte —fue la única respuesta cortante del CEO. Al día siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a iluminar los ventanales de la ciudad, una mujer apareció en la recepción de Álvarez Group. Ana Montalvo destacaba entre la multitud no solo por su belleza de tez clara y cabello largo, sino por la elegancia única de su caminar y la determinación en su mirada. —Buenos días. Me llamo Ana Montalvo y vengo por la entrevista para el puesto de secretaria —le dije a la recepcionista con una sonrisa amable—. ¿Podría indicarme dónde se encuentra la oficina del señor Álvarez? —Sí, claro, señorita. Permítame comunicarme con su asistente para que la guíe. En cuestión de minutos, Samuel apareció frente a mí. —Señorita Montalvo, soy el asistente personal del señor Rodrigo Álvarez. Sígame, por favor. —Muchas gracias, es usted muy amable —respondí con cortesía. Lo seguí hacia los ascensores. El silencio mientras subíamos al sexto piso era tenso. Al llegar, nos detuvimos frente a una puerta de madera pesada. Samuel llamó suavemente. —Adelante —resonó desde el interior una voz grave que me puso los vellos de punta. —Señor Álvarez —comenzó Samuel—, la señorita Montalvo está aquí por la entrevista de secretaria. —Entiendo. Está bien —respondió el hombre sin levantar la vista. —Señor, con su permiso, me retiro —dijo Samuel antes de salir y dejarme a solas con el gigante. Tragué saliva, intentando que mis nervios no se notaran en mis manos. —Buenos días, señor Álvarez. Me llamo Ana Montalvo, ¡mucho gusto! Vengo por la entrevista. Sería un verdadero placer trabajar para usted —dije, aunque por dentro mi corazón martilleaba contra mis costillas. Yo lo conocía. Tal vez él no tuviera la menor idea de quién era yo, ¡pero yo jamás podría olvidarlo! Se decía que nadie aguantaba ni un mes a su lado por su carácter autoritario y su frialdad legendaria. Era el "chico de oro", el soltero más codiciado y exitoso del país; apuesto, millonario y poderoso. Era todo lo que una mujer podría desear... y todo lo que una empleada debería temer.Han pasado cuatro años desde aquella tarde en la playa donde intercambiamos promesas frente al mar, y si cierro los ojos, todavía puedo sentir la sal en mis labios. Pero hoy, el aroma que llena mi vida es muy distinto: es el aroma de las peonías frescas en el jarrón del salón y el olor a madera nueva de la cuna que Rodrigo terminó de armar ayer mismo. Me acaricié la barriga, que ya pesaba con la contundencia de los ocho meses. Dentro de mí, una pequeña vida daba pataditas rítmicas, como si tuviera prisa por salir a conocer el mundo que la esperaba. Una niña. Rodrigo, el hombre que una vez creyó que su destino eran solo rascacielos y cifras, casi se desmaya de la emoción cuando el doctor nos lo confirmó. Para él, este embarazo ha sido un viaje de redención. Con Thiago, se perdió los primeros pasos, las primeras palabras, el asombro del primer diente. Esta vez, Rodrigo ha vivido cada náusea, cada ecografía y cada antojo de medianoche como si fuera el milagro más grande de la humanida
El sonido del mar no era un rugido, sino un susurro cómplice que acariciaba la arena blanca de la costa. Me miré en el espejo de cuerpo entero de la villa y, por primera vez en toda mi vida, no busqué defectos, ni ojeras, ni rastros de aquel cansancio crónico que me había acompañado durante años de huida. El vestido, de una seda que parecía líquida, caía sobre mi cuerpo como una caricia fría pero reconfortante. Sin embargo, era el velo lo que atrapaba toda mi atención. Era de un azul profundo, casi cerúleo, que Liliana me había sugerido con una sabiduría casi mística. Se movía suavemente con la brisa que entraba por la ventana, como si tuviera vida propia, como si fuera un pedazo de cielo atrapado entre mis manos. —Estás… —La voz de Layla se quebró en la puerta. Llevaba un vestido color champán que resaltaba su alegría habitual, pero sus ojos ya estaban cristalinos—. Estás para que te escriban un poema, Ale. No, un libro entero. Sonreí, pero mi reflejo me devolvió una sombra de mela
Había pasado apenas una semana desde que regresamos de las montañas suizas, pero sentía que mi ADN se había reconfigurado. El frío de los Alpes todavía vivía en mis mejillas, pero el calor que traía en el pecho era nuevo, sólido. No era la euforia pasajera de un romance de verano; era la paz de saber que todas las piezas del rompecabezas, por fin, encajaban. —¡Alexandra! Si te quedas mirando esa ventana un segundo más, voy a pensar que te estás arrepintiendo y tendré que secuestrarte para que no cometas una locura —la voz de Layla, vibrante y cargada de ese sarcasmo que tanto me había salvado la vida, me trajo de vuelta a la realidad. Estábamos en el ático de mi casa, rodeadas de catálogos de papel grueso, muestras de seda salvaje y un ejército de tazas de té a medio terminar. Layla, mi mejor amiga, la que sostuvo mi mano cuando no había diamantes ni promesas, estaba sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, rodeada de muestras de flores secas. A unos pasos, mi madre sostení
La mañana en la cabaña se filtró por las cortinas con una timidez dorada, muy distinta al fuego voraz de la noche anterior. Me desperté con el peso reconfortante del brazo de Rodrigo sobre mi cintura y el sonido de la respiración acompasada de Thiago, que en algún momento de la madrugada se había colado entre nosotros. Por un instante, deseé que el mundo se detuviera ahí. No quería más contratos, ni ciudades ruidosas, ni pasados que sanar. Pero la vida, cuando es plena, siempre te empuja hacia adelante. Rodrigo se removió y me buscó la mirada. No había rastro de sueño en sus ojos, solo una determinación suave, una que me hizo saber que lo que estaba a punto de decir cambiaría el rumbo de nuestra pequeña burbuja. —Alexandra —susurró, apartándome un mechón de pelo de la cara—, anoche, mientras te veía con Thiago frente al fuego, entendí que ya no puedo seguir guardando mi felicidad en compartimentos estancos. Me incorporé un poco, intrigada. Él tomó aire, como si estuviera a punto
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