Mundo ficciónIniciar sesiónCon la libertad de poder hacer finalmente lo que quisiera con mi destino, me presenté en la imponente sede de Álvarez Group a primera hora de la mañana. Los nervios me recorrían el cuerpo, pero mi determinación era más fuerte; iba dispuesta a darlo todo en esa entrevista de trabajo.
Al entrar en la oficina principal, el ambiente cambió drásticamente. El aire se sentía pesado, cargado de una fragancia cara y una frialdad que parecía emanar directamente del hombre sentado tras el escritorio de caoba. El CEO de Álvarez Group me recibió con una expresión de absoluta indiferencia, como si yo fuera apenas un objeto más decorando la habitación. Su mirada, oscura y penetrante, estaba cargada de una frialdad y una arrogancia que me erizaron la piel. Con sus dedos largos y cuidados, comenzó a hojear mi currículum. Lo hacía con una mirada crítica, casi despectiva, hasta que finalmente rompió el silencio con una voz fría y cortante que resonó en las paredes de cristal. —Señorita Ana Montalvo... —hizo una pausa que pareció eterna—. Lo siento, pero veo que no tiene ninguna experiencia laboral previa. No creo, ni por un segundo, que sea la persona adecuada para este puesto. Puede retirarse ahora mismo. Sus duras palabras fueron como un balde de agua fría cayendo sobre mis hombros. Me quedé perpleja ante su rechazo inmediato, sintiendo cómo mi confianza flaqueaba, pero hice un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura y no bajar la mirada. —Señor Álvarez, por favor, le pido que no juzgue un libro solo por su portada —le respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Soy plenamente consciente de mi falta de experiencia en el sector, pero le aseguro que estoy dispuesta y soy muy capaz de aprender rápido. Por favor, no me niegue esta oportunidad sin antes ponerme a prueba. Lo miré con una mezcla de firmeza y súplica, esperando una grieta en su armadura de hielo. Él me observó en un silencio sepulcral, con una hostilidad latente en sus ojos oscuros. Se incorporó en su silla, ajustándose el nudo de la corbata con una elegancia intimidante antes de volver a hablar. —Mire, señorita Montalvo —dijo alzando las cejas con sarcasmo—. No me importa lo que usted crea de sí misma. No tengo tiempo para escuchar sus excusas ni sus promesas; soy un hombre con una agenda extremadamente ocupada y tengo demasiado trabajo pendiente como para perder el tiempo con novatos. ¿Qué la hace pensar que es digna de mi atención? Retírese. Y por favor, no olvide cerrar la puerta al salir. Aquellas palabras crueles se sintieron como hojas afiladas clavándose profundamente en mi pecho, haciéndome sangrar el orgullo sin piedad. "Este hombre frío y arrogante carece por completo de empatía humana", murmuré para mis adentros, sintiendo una punzada de rabia. En mi mente, me maldije una y mil veces por haber venido a este lugar solo para pasar por semejante humillación. —Está bien, señor —dije con la voz ahogada por la frustración, lista para marcharme de esa oficina para siempre. Me di la vuelta con el corazón acelerado y abrí la puerta, pero justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, escuché su voz autoritaria resonar a mis espaldas, deteniéndome en seco. —¡Espere! —ordenó. Me detuve y dirigí mi atención hacia él nuevamente, tratando de descifrar qué quería ahora. —¿Dígame, señor? —pregunté, tratando de sonar profesional a pesar del nudo en mi garganta. Él parecía indeciso por un breve segundo, con una expresión que se volvió indescifrable tras su máscara de frialdad. Sin embargo, lo que dijo a continuación me dejó sin aliento. —Se ve muy confiada, Montalvo... Muy bien. Le daré una oportunidad. Tendrá una semana de prueba a partir de este momento, pero le advierto algo: si no cumple con mis expectativas más exigentes, se irá a la calle sin miramientos. Yo no doy segundas oportunidades a nadie. Lo miré con asombro, sin poder creer el giro que había tomado la entrevista. A pesar de su tono cargado de indiferencia y arrogancia, una chispa de esperanza se encendió en mí. Asentí con determinación, sosteniéndole la mirada sin vacilar. —Entendido, señor. Le prometo que no se arrepentirá de haberme contratado. —Eso ya lo veremos —respondió él, con un tono cortante e impaciente—. ¿Puede empezar ahora mismo? —Sí, claro, señor —respondí de inmediato, dejando de lado mi vacilación—. Usted me dirá por dónde debo empezar mis labores. —Bien. Empiece con estos documentos; me urgen para hoy mismo —dijo, mientras arrojaba un pesado pilón de papeles sobre la mesa con un gesto brusco. En ese instante comprendí por qué los rumores decían que nadie aguantaba trabajar con él ni siquiera un mes completo. Era el hombre más frío y cruel que había conocido en mi vida, un desafío que no sabía si sería capaz de superar. —Con su permiso, señor. Se los traeré en cuanto termine —me despedí respetuosamente, acercándome al escritorio para recoger la pesada carga de trabajo. Él se limitó a dar un asentimiento casi imperceptible. Era un hombre que solo utilizaba unas cuantas sílabas para dar órdenes, como si sus palabras fueran demasiado valiosas para gastarlas en alguien como yo. Al salir de su oficina, me encontré en un dilema: no tenía idea de dónde debía sentarme ni por dónde empezar a organizar aquel caos de documentos. Me quedé parada en medio del pasillo, sintiéndome perdida en la inmensidad de Álvarez Group, hasta que decidí que tendría que resolverlo por mi cuenta. Fui en busca del asistente para que me orientara. —Señor Samuel —dije, acercándome a él con mi mejor disposición. —¿Sí? ¿Qué necesita? —respondió él, levantando la vista de su computadora. —Tengo que trabajar en estos documentos que me entregó el Sr. Álvarez y no sé por dónde empezar. ¿Podría mostrarme cuál será mi escritorio, por favor? —le pedí con una sonrisa amable, esperando encontrar un aliado en ese lugar tan hostil. —Claro, acompáñeme. La llevaré allí —dijo él, levantándose. Lo seguí a través de los cubículos hasta que llegamos a un rincón de la oficina donde se encontraba un escritorio pequeño, pero funcional y apartado del resto. —Desde hoy, este será su lugar de trabajo —sentenció Samuel—. Espero que sea suficiente para usted. 






