La mañana en la cabaña se filtró por las cortinas con una timidez dorada, muy distinta al fuego voraz de la noche anterior. Me desperté con el peso reconfortante del brazo de Rodrigo sobre mi cintura y el sonido de la respiración acompasada de Thiago, que en algún momento de la madrugada se había colado entre nosotros. Por un instante, deseé que el mundo se detuviera ahí. No quería más contratos, ni ciudades ruidosas, ni pasados que sanar. Pero la vida, cuando es plena, siempre te empuja hacia