Capitulo 2

(Un día antes, en la mansión de los Montenegro)

‎El silencio de la biblioteca se rompió con el estallido de un vaso de cristal contra el suelo. Mi padre, Luis Montenegro, me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza.

‎—¿Estás mal de la cabeza, Alessandra? ¡Dime! ¿Cómo es eso de que quieres buscar un empleo? —Su voz retumbó entre los estantes repletos de libros antiguos—. ¿En qué se supone que trabajarás? Si quieres aprender el negocio, entrarás en mi empresa bajo mi supervisión. No hay más que hablar.

‎—¡No! —Mi respuesta fue un látigo. Sentía el corazón galopando contra mis costillas—. No quiero estar bajo tu sombra, papá. Buscaré trabajo en otro lugar, por mi cuenta. Te lo digo palabra por palabra para que no queden dudas: no seré "la hija del dueño".

‎—¡No me digas! ¡Ya basta de tonterías! —bramó él, cruzando el despacho con pasos pesados. Se detuvo frente a mí, su presencia era imponente, una montaña de autoridad—. No quiero escuchar una palabra más. Solo concéntrate en terminar la universidad. ¿Tú para qué quieres trabajar? No te hace falta dinero, no te hace falta comodidad. Eres la heredera de uno de los apellidos más pesados de este país y pretendes ir a quién sabe dónde a ser una empleada más... ¡No lo acepto ni lo permitiré!

‎Me miró con esa frialdad que reservaba para sus competidores en la bolsa de valores.

‎—Con esa actitud rebelde lo único que vas a conseguir es ensuciar nuestro apellido. Escúchame bien: no tienes permitido salir de esta casa si no es con el chofer y la seguridad. Es por tu bien —sentenció, dándome la espalda.

‎—¿Qué pasa, papá? ¿Acaso trabajar me haría menos? —Le grité, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a quemar mis ojos—. ¿Te avergüenza que una "niña rica" aprenda lo que es el esfuerzo real? ¿Sabes qué? No me importaría trabajar como una simple secretaria, atendiendo teléfonos o sirviendo café. Y si tanto te preocupa tu bendito apellido, quédate tranquilo: no voy a mencionarlo. A partir de mañana, para el mundo, seré nadie. Nadie sabrá que soy la hija del gran Luis Montenegro.

‎Él se giró lentamente, sorprendido por mi desafío.

‎—Ya soy adulta —continué, bajando el tono pero con más firmeza—. Tengo veintiún años y no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando. Estoy asfixiada aquí. ¡Esto! —dije señalando las paredes de mármol, las cámaras de seguridad y las rejas doradas—. Esto que tú llamas "vida" y "tenerlo todo", para mí es una condena. Déjame respirar. No quiero tus tarjetas de crédito, quiero mi libertad. Quiero salir de estas cuatro paredes a las que me tienes sometida... ¡Acaso no lo entiendes!

‎Mi voz se quebró al final. El llanto estalló, pero no era un llanto de debilidad, sino de rabia acumulada por años.

‎—Quiero una vida normal —sollocé—. Quiero ser independiente, conocer gente que no me mire por mi cuenta bancaria, equivocarme por mi cuenta. Me rehúso a seguir siendo tu muñeca de vitrina.

‎Me hundí en el sofá, ocultando el rostro entre las manos. No sabía de dónde había salido ese valor para gritarle al hombre más temido de la industria, pero ya no había vuelta atrás. Estaba cansada de ser una marioneta, de que manejaran mis hilos bajo el pretexto del amor.

‎Su obsesión con cuidarme me estaba robando la juventud. Y yo sabía por qué lo hacía. Él también lo sabía.

‎Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar el sonido del metal retorciéndose y el olor a humo de aquel accidente. El día que mi hermano murió. Desde entonces, mi padre no solo perdió a un hijo; perdió la cordura y decidió que la única forma de mantenerme a salvo era manteniéndome encerrada.

‎(Perspectiva de Luis Montenegro)

‎Miré a mi hija, encogida en el sofá, y por un segundo no vi a la mujer de veintiún años, sino a la niña que corría por los jardines antes de que la tragedia nos golpeara. Sus palabras eran como hojas afiladas que se hundían en mi pecho.

‎«¿Tan infeliz es a mi lado?», me pregunté, sintiendo un vacío amargo.

‎No estaba dispuesto a perderla, pero verla así, rompiéndose en mil pedazos frente a mí, me hizo dar cuenta de que si no abría la mano, terminaría odiándome para siempre. El miedo me devoraba por dentro; la simple idea de que Alessandra estuviera sola en la calle, expuesta a gente sin escrúpulos, me causaba náuseas. Ya había enterrado a un hijo. No podría sobrevivir a otro funeral.

‎Pero el fuego en sus ojos me decía que, si no cedía, ella se escaparía de todos modos. Y prefería que se fuera con mi bendición a que desapareciera en la noche.

‎Suspiré profundamente, sintiendo cómo el peso de los años me caía encima.

‎—Bien, Alessandra. Haz lo que quieras —dije, y mi voz sonó mucho más cansada de lo que pretendía—. Trabaja si es lo que tanto ansías. Eres mayor de edad, te daré esa libertad... aunque me rompa el alma. Hija, mi intención nunca fue lastimarte. Solo quiero que el mundo no te haga daño.

‎Caminé hacia ella y le puse una mano en el hombro.

‎—Solo prométeme una cosa: te vas a cuidar. Si algo te pasa, yo me muero con tigo. ¿Está bien?

‎Alessandra levantó la vista, con los ojos rojos y brillantes. Sin decir una palabra, saltó hacia mí y me rodeó el cuello con sus brazos. La estreché con fuerza, aspirando el aroma de su cabello, preguntándome si estaba cometiendo el peor error de mi vida.

‎—Te lo prometo, papá. Gracias... de verdad, gracias —susurró contra mi pecho.

‎La vi salir de la biblioteca minutos después, con una energía que no le conocía.

‎(Horas después, en la habitación de Alessandra)

‎Miré mi reflejo en el espejo mientras guardaba mi ropa más sencilla en una maleta pequeña. Mañana dejaría de ser Alessandra Montenegro para convertirme en Ana Montalvo.

‎Había elegido el apellido de mi abuela para no levantar sospechas. Estaba nerviosa, sí, pero también emocionada. Mañana tenía la entrevista en el Grupo Álvarez. Había escuchado historias terribles sobre Rodrigo Álvarez: que era un tirano, un hombre sin corazón.

‎—Mejor un jefe difícil que un padre que no me deja respirar —me dije a mí misma, tratando de convencerme.

‎No tenía idea de que Rodrigo Álvarez no era solo "difícil". Estaba a punto de entrar en la guarida de un lobo que no aceptaba secretos, y el mío era demasiado grande como para ocultarlo por mucho tiempo.

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