Habían pasado apenas tres días desde que comencé mi calvario —o mi oportunidad, según como lo mirara— como secretaria de Rodrigo. Me quedé unos segundos mirando el techo, sintiendo el peso de la incertidumbre sobre mi pecho. Hoy desperté abrumada, con esa opresión en la boca del estómago que te avisa que el día será una batalla. Sin embargo, me obligué a levantarme. Estaba decidida a demostrarle a ese hombre frívolo y calculador que no solo era adecuada para el puesto, sino que era la mejor. A pesar de que él se ha mostrado extremadamente exigente, autoritario y, por momentos, inhumano, he trabajado hasta el agotamiento para cumplir con sus expectativas imposibles. Rodrigo es el tipo de hombre que no camina, sino que coloniza el espacio con su presencia. Es frío y cortante en cada decisión; no tolera el más mínimo error, ni una coma fuera de lugar, ni un segundo de retraso. En la empresa, su nombre se pronuncia en susurros cargados de una mezcla de pavor y devoción ciega. Casi todos l
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