La oficina de Giovanni olía a cuero y madera vieja, impregnada de humo de habanos y whisky añejo. Una lámpara cálida iluminaba el escritorio macizo donde reposaba un teléfono aún encendido; las últimas palabras de Dimitri resonaban en su cabeza como un eco ensordecedor.
—Es con él, Gio. Con Giulio Romano. No intentes detenerla. Te advierto que no podrás.
Giovanni había sentido que la sangre le hervía. El puño se le había cerrado con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La idea