Declan, empujado por una mezcla de agotamiento y un vacío que el alcohol ya no lograba llenar, aceptó la invitación de Dorian para visitar uno de los clubes más exclusivos del centro. Se vistió de forma automática: un traje de corte perfecto, el cabello impecable y esa fragancia que exhalaba poder, pero sus ojos delataban a un hombre que caminaba sin brújula.
Una vez en el club, la música y el estruendo de la gente se sentían como un zumbido lejano. Declan se sentó en la barra, pidiendo tragos