06

Declan cargó a la mujer inconsciente en sus brazos, sintiendo la humedad de la sangre y el peso muerto de su cuerpo contra su pecho. El miedo, una emoción que rara vez se permitía sentir, lo impulsaba. La prioridad absoluta era el hospital. En lugar de esperar una ambulancia que atraería a la prensa como moscas a la miel, la subió a la parte trasera de su auto y condujo con una velocidad temeraria hasta el centro médico más cercano.

Se aferraba al volante con tanta fuerza que sus nudillos blanqueaban, sintiendo una responsabilidad inesperada y posesiva por aquella desconocida que, apenas una semana atrás, lo había dejado intrigado. En la sala de emergencias, se identificó solo como un "conocido" y se negó a dar su nombre completo; su estatus no le permitía dejar rastro en un hospital público.

Los médicos determinaron que Valentina había colapsado debido a un choque emocional severo. Tras una espera que a Declan se le hizo eterna, el doctor salió.

—¿Estará bien, doctor? ¿Estará estable? —soltó Declan, interceptándolo.

—Así es, no se preocupe. La paciente ha despertado, pero debemos mantenerla en observación —respondió el médico antes de retirarse.

Dentro de la habitación, el aire olía a antiséptico y a tragedia. Valentina abrió los ojos, sintiendo un martilleo incesante en las sienes. El médico se acercó a su cama con una expresión profesional.

—Señorita Valentina, se encuentra fuera de peligro tras el shock —explicó el doctor—. Sin embargo... descubrimos algo más durante los análisis de rutina.

Valentina lo miró, el pulso acelerándose.

—¿Qué es lo que me quiere decir, doctor?

El hombre se inclinó ligeramente, bajando la voz por discreción.

—Usted se encuentra embarazada.

El mundo de Valentina se detuvo. La palabra retumbó en sus oídos como una explosión, llevándola de inmediato a la negación absoluta.

—No... no es posible —susurró, mientras las lágrimas brotaban—. No puede ser...

Ella, que se había mantenido virgen para Edward, que creía en la rectitud, sabía la verdad devastadora: el bebé era de aquel desconocido. El desastre de su boda ahora era solo la superficie de una pesadilla mucho más profunda.

Sus ojos se desviaron hacia la puerta y vio una figura masculina parada en el umbral. Declan estaba allí, imponente, llenando la habitación con su sola presencia. El doctor, captando la tensión, se despidió con discreción:

—Debería tomar precauciones ahora que lo sabe. Los dejaré a solas.

En cuanto el médico salió, Valentina se encogió en la cama, cubriéndose con las sábanas. Al ver a Declan acercarse, el pánico la invadió. Era él. El hombre que, sin saberlo, le había arrebatado su futuro y le había dado un hijo que no sabía cómo proteger. Sus ojos grises se clavaron en los azules profundos de él; eran de un color precioso que la cautivó por un segundo, antes de oprimirla con su intensidad.

—Estuve en el salón cuando se proyectaron las imágenes —empezó Declan, su voz era un barítono bajo que vibraba en la habitación—. Te vi huir. No quise dejarte ir, y cuando colapsaste, decidí traerte aquí.

Valentina se cubrió el rostro con las manos, temblando.

—Yo... en realidad nunca quise pasar la noche contigo. Todo esto es un malentendido horrible, de verdad...

Declan soltó una risa seca, burlona, y se metió una mano en el bolsillo, adoptando una postura de control absoluto.

—¿Por qué te preocupas en excusarte? Ya tu matrimonio se arruinó y tu reputación está en el fango. Somos adultos, Valentina. Aceptemos los errores. Pero no te equivoques —se acercó peligrosamente, invadiendo su espacio—, no hago esto por caridad.

Levantó la barbilla de Valentina con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada.

—¿Qué hace? —balbuceó ella.

—Mi nombre está a un paso de ser arrastrado al fango junto al tuyo si alguien reconoce ese salón o mis rasgos en esas fotos. No voy a permitir que mi imagen pública se vea empañada. podrían surgir nuevas fotos de ambos, de mi rostro —sentenció Declan, intensificando la presión del pulgar en su mentón—. Me debes la verdad de esa noche. Toda. ¿Qué ocurrió?

Valentina apretó los labios, sintiendo que iba a desfallecer. Su mano, de forma instintiva, bajó hacia su abdomen, protegiéndolo en un gesto que Declan captó de inmediato.

—¿Te vas a quedar callada? —rugió él—. No eres buena actriz. Estás pálida y aterrada, y no es solo por Edward. Dime... ¿qué más te está pasando?

Valentina tembló, aferrándose a la tela.

—No es nada... solo quiero irme a casa —mintió ella, con la voz rota.

Declan entrecerró los ojos, evaluando su lenguaje corporal. Sabía que ella ocultaba algo más bajo esas sábanas, pero decidió jugar su carta principal.

—No tienes a donde ir, Valentina. Si sales de aquí, la prensa te devorará viva y tu familia te dará la espalda. Pero si te casas conmigo, cambiamos la narrativa: no eres una mujer infiel, eres la mujer que yo elegí. Diremos que tenemos un romance secreto de meses y que Edward fue el tercero en discordia. El escándalo se convierte en una historia de amor prohibido y mi imagen queda limpia.

Se inclinó más, su rostro a milímetros del de ella, abrumándola con su perfume y su autoridad. Ella aún consternada por la propuesta ¡¿casarse con él?!

—¿Se ha vuelto loco? Yo... —lo miró horrorizada.

—Tú obtienes protección y yo obtengo el silencio de la prensa. Es un negocio, Valentina, y tú no tienes otra opción.

Ella tembló, la sentencia en la voz grave de aquel hombre no parecía una broma, sino que advertía la condena por aquella noche llena de descontrol.

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