Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz de la mañana se filtraba por las cortinas de la mansión Fairchild, pero Valentina ya estaba despierta. La inquietud de la noche anterior no se había disipado del todo, a pesar de las mentiras de Verónica. Sin embargo, Valentina no era mujer de quedarse de brazos cruzados. Si su hermana quería una "noche de chicas", ella se encargaría de que fuera el inicio de una nueva etapa entre ambas.
Con un entusiasmo renovado, Valentina buscó a Verónica en su habitación. —¡Verónica! He pensado que, ya que tendremos nuestra noche especial, deberíamos ir de compras. Necesitamos vestidos nuevos, algo que nos haga sentir poderosas —propuso Valentina con una sonrisa enorme en su cara. Verónica, que apenas se estaba despertando, la miró con fastidio contenido. Su plan requería que Valentina estuviera relajada y confiada, así que forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa. —Es una idea... encantadora, Valentina. Dame media hora. Un rato después, ambas se encontraban en la zona más exclusiva de la ciudad, recorriendo boutiques de alta costura. Valentina caminaba con ligereza, tocando las telas, sugiriendo colores para su hermana. Realmente quería que Verónica se sintiera incluida en su felicidad. —Este verde esmeralda resaltaría muchísimo tus ojos —señaló, sosteniendo un vestido frente a su hermana. Sin embargo, Valentina empezó a notar algo extraño. Cada diez minutos, el teléfono de Verónica vibraba y ella se alejaba con una prisa casi ansiosa. —¿Otra vez, Verónica? —quiso saber cuando su hermana regresó de un rincón apartado de la tienda por tercera vez—. Parece que eres la mujer más solicitada de la ciudad hoy. ¿Es algo de la empresa de papá? Verónica guardó el teléfono con un movimiento brusco, evitando su mirada. —Solo... tonterías de la organización de la cena, Valentina. No seas paranoica, disfruta de las compras. Valentina asintió, pero la duda se instaló en su pecho como una espina. Su hermana nunca había sido tan "dedicada" a los detalles. *** Mientras tanto, en el piso más alto del conglomerado Sutton, el ambiente era asfixiante. Edward Sutton caminaba de un lado a otro en su oficina, ignorando los informes financieros que descansaban sobre su escritorio de caoba. Las palabras de Verónica de la noche anterior se repetían en su cabeza como un eco incesante: "¿Estás seguro de que su corazón te pertenece solo a ti? Sé que te está engañando". Edward maldijo en voz alta, golpeando la mesa con el puño. Amaba a Valentina, o al menos amaba la imagen de perfección que ella representaba para su imperio. La sola idea de ser el hazmerreír de la élite social, de ser el hombre traicionado, le quemaba la sangre. —No puede ser verdad —masculló, aunque la duda ya había echado raíces—. Valentina no se atrevería. Incapaz de centrarse en el trabajo, tomó su teléfono y marcó el número de su prometida. Necesitaba escuchar su voz, necesitaba confirmar que ella seguía siendo su propiedad inmaculada. En la boutique, Valentina sintió la vibración en su bolso. —Es Edward —le dijo a Verónica antes de contestar—. ¡Hola, amor! —Valentina... —la voz de Edward sonaba tensa, casi áspera—. ¿Dónde estás? —De compras con Verónica. Estamos pasando un día increíble, ¿puedes creerlo? —emitió ella, tratando de contagiarle su alegría, aunque la rigidez en la voz de su prometido la puso en alerta—. ¿Pasa algo? Suenas... diferente. —Nada. Solo quería saber de ti. Te extraño —hizo una pausa larga, una que pareció durar una eternidad—. Te amo, Valentina. Valentina abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Miró a Verónica, que la observaba con una ceja levantada y una sonrisa cínica. De repente, el recuerdo de la noche anterior, de Verónica entrando en casa de Edward a escondidas, volvió a ella con una fuerza demoledora. El "te amo" se sintió pesado, casi falso en ese contexto de secretos. —Yo... hablamos luego, Edward. Tenemos que seguir con los vestidos —respondió ella, evitando la frase de vuelta. Colgó el teléfono y un silencio incómodo se apoderó del probador. —¿Quién era? —preguntó Verónica con fingida inocencia. —Era él —se limitó a decir Valentina, sintiendo un frío repentino a pesar de la calefacción de la tienda—. Estaba... un poco extraño. Verónica soltó una risita seca y le dio una palmadita en el hombro. —Son los nervios de la boda, boba. Todos los hombres se ponen así antes de perder su libertad. Pero ya basta de caras largas, tenemos que darnos prisa. Vayamos a casa, tenemos mucho que preparar para esta noche. Valentina asintió mecánicamente. Mientras salían de la tienda, observó a su hermana caminar por delante de ella. Verónica caminaba con paso triunfal, como quien ya conoce el final de la historia. Valentina apretó su bolso, sintiendo que algo se rompía dentro de ella. Aquella noche de chicas, que tanto había anhelado para unir a su familia, empezaba a sentirse más como una ejecución que como una celebración. —Sí —susurró Valentina para sí misma—. Vayamos a casa.






