Mundo ficciónIniciar sesiónViktoria Markova solo quería servir a Dios. Novicia, pura e intocable, su vida terminó la noche que vio el rostro del asesino equivocado en una capilla oscura. Ciro Cavalli es el rey sin corona de la mafia italiana. Despiadado, frío y letal. Cuando descubre que una joven novicia rusa es la única testigo del asesinato de su hermano, toma una decisión: la arranca del altar y la encierra en su mansión. No por deseo, sino por venganza. Ella es su cebo. Su prisionera. Su virgen cautiva. Pero dentro de los muros dorados de su jaula, Viktoria no se arrodilla. Lo desafía con la mirada, reza por su alma y le recuerda que ni siquiera el diablo puede tocar a una sierva de Dios sin quemarse. Ciro solo tiene una regla: "No te tocaré. Pero si huyes, estarás muerta." Sin embargo, cuando la guerra con la Bratva Rusa estalle y una verdad letal salga a la luz, Ciro descubrirá que su Prisionera Virgen no es tan inocente como parece… y que quizás, solo quizás, era ella quien tenía la llave de su propia celda. Él la encerró para encontrar a un asesino. Pero terminó encontrando su propia perdición.
Leer másEl ruido de la madera al romperse fue lo primero que escuché antes de que el diablo entrara en la casa de Dios.
No era un diablo con cuernos ni azufre. Era un hombre de traje negro, hombros anchos como lápidas y unos ojos tan oscuros que parecían tragarse la poca luz de las velas. Yo estaba arrodillada frente al altar, con el rosario entre los dedos, cuando la puerta lateral de la capilla estalló hacia dentro. Las astillas volaron sobre el mármol como pecados esparcidos. —¿Dónde está? Su voz retumbó contra los frescos del techo. No gritaba. No le hacía falta. Su voz era el trueno antes de la tormenta. Me quedé quieta. El hábito me pesaba sobre los hombros. Mi velo, todavía blanco de novicia, temblaba con la corriente de aire frío que entraba por la puerta rota. Sabía quién era. Ciro Cavalli. Lo había visto antes. Dos veces. La primera, hacía tres meses, cuando entró en la capilla con otro hombre. Un hombre moreno, de risa fácil, que se santiguó al pasar frente al sagrario. Matteo. Se llamaba Matteo. Lo supe porque el tal Matteo me guiñó un ojo y dijo: "Tranquila, hermanita, solo venimos a hablar de negocios con Dios como testigo." La segunda vez que los vi fue esta misma tarde. Y Matteo ya no reía. --- El recuerdo me golpeó sin permiso, justo cuando Ciro Cavalli empezó a caminar hacia mí con botas que resonaban sobre el suelo. “Esta tarde. La hora sexta. Yo estaba limpiando los candelabros del altar mayor cuando oí la puerta de la sacristía. —No deberías haber venido sin escolta, Matteo. Esa voz tenía acento ruso. Fría como el Volga en enero. Me quedé helada detrás de la cortina de terciopelo. —Volkov. Esto es suelo neutral. —Nápoles es suelo de Cavalli. Y tú eres uno de ellos. Escuché el sonido. Fue un golpe seco, húmedo. Matteo cayó al suelo justo frente a la rendija de la cortina. Su sangre se deslizó por el mármol blanco buscando el desagüe como si tuviera prisa por escapar de aquel lugar. Y entonces el ruso se giró. Me vio. Nuestras miradas se cruzaron durante un segundo eterno. Sus ojos eran de un azul tan pálido que parecían hielo sucio. Sacó una pistola. Yo corrí. La bala rozó mi velo. Sentí el calor del plomo junto a la sien. Seguí corriendo por el claustro, descalza, hasta que la oscuridad del confesionario me tragó.” --- —He preguntado dónde está. La voz de Ciro Cavalli me devolvió al presente. Ahora estaba a menos de dos metros. Olía a cuero caro y a algo metálico. Sangre. Olía a sangre. No era la suya. Era la de Matteo. Lo había manchado al cargar el cuerpo. —Levántate —ordenó. No me moví. Mis rodillas parecían clavadas al reclinatorio de madera. El rosario seguía entre mis dedos. —¿Eres sorda? He dicho que te levantes. Seguí sin responder. No por valentía. Porque si abría la boca, iba a vomitar. Él se agachó. De repente su rostro estaba al nivel del mío. Dios, era guapo. De esa guapura que da miedo porque sabes que ha sido tallada a base de golpes y noches sin dormir. Mandíbula cuadrada, una cicatriz fina sobre la ceja izquierda, y esos ojos. Negros como el fondo de un pozo. Me agarró la barbilla con firmeza. —Mírame. Le miré. —¿Viste quién lo hizo? —preguntó. Negué con la cabeza. Mentí. —No mientas. El velo tiene un agujero de bala. Estabas allí. Viste su cara. Me soltó la barbilla y se incorporó. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y se limpió las manos. Estaban manchadas. De sangre. La sangre de Matteo. —Vas a venir conmigo —dijo. No era una pregunta. —No. La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Pequeña. Ridícula. Como un gorrión desafiando a un halcón. Él se quedó muy quieto. Ladeó la cabeza. —¿Cómo dices? —Que no. Me levanté. Las piernas me temblaban como si acabara de correr una maratón, pero me levanté. Agarré el rosario con fuerza. —Esta es la casa de Dios. Usted no puede... —Dios se ha ido de vacaciones, sorella. —Cortó el aire con la mano—. Y ha dejado esto a mi cargo. Entonces vi algo en sus ojos. Era dolor. Un dolor tan hondo que convertía todo lo demás en ceniza. —Matteo era mi hermano —dijo, y su voz se rajó solo un instante —. El único hombre decente que conocía. Y alguien lo ha apuñalado. En mi ciudad. Bajo mis narices. Respiró hondo. —Tú viste al asesino. Eres la única testigo. Así que vas a venir conmigo. —¿Y si me niego? —Entonces el tipo que disparó contra tu velo volverá para terminar el trabajo. Mi sangre se heló. Él lo vio. Vio el miedo en mis ojos. Y por un segundo, solo un segundo, algo parecido a la lástima cruzó su rostro. Pero desapareció rápido. —Última oportunidad. Vienes andando o te llevo a rastras. No respondí. Cerré los ojos y recé. En ruso. Como me enseñó mi abuela en el orfanato de San Petersburgo. "Gospodi pomiluj." Señor, ten piedad. —Perfecto. A rastras entonces. Su mano se cerró sobre mi brazo. Un agarre firme como el acero. Me arrastró fuera del reclinatorio. Mis rodillas golpearon el mármol. El rosario se rompió. Las cuentas de madera saltaron por el suelo como lágrimas oscuras. —¡Suélteme! —grité por fin. Él no se detuvo. Cruzamos la nave central. Pasamos frente al sagrario. La lamparilla roja que indicaba la presencia de Dios parpadeó. Y entonces lo dije. No sé por qué. Quizás porque necesitaba verle sufrir como yo estaba sufriendo. Quizás porque quería que supiera que yo no era solo un testigo mudo. Que yo también había visto algo más. —Matteo me pidió que rezara por usted. Ciro Cavalli se detuvo en seco. Su mano seguía en mi brazo, pero el agarre cambió. —¿Qué? —Antes de morir. —Mi voz temblaba, pero no de miedo. De algo parecido a la compasión—. Matteo me miró desde el suelo y dijo: "Reza por Ciro. Él no sabe estar solo." No añadí que Matteo también dijo algo más. Algo sobre una traición. Algo sobre un topo dentro de su propia familia. Pero eso me lo guardé. Era lo único que tenía. Mi moneda de cambio. Ciro Cavalli se giró hacia mí. Su rostro era una máscara de mármol, pero sus ojos... Dios, sus ojos estaban ardiendo. —¿Qué más dijo? No respondí. Él apretó la mandíbula. Luego, sin decir palabra, me empujó hacia la salida. La noche nos tragó. Llovía. Las gotas golpeaban mi velo y mis mejillas. Al final de la escalinata esperaba un coche negro. Las luces apagadas. El motor encendido. Abrió el maletero. —No... —Entra. —Por favor... —Entra o juro por la tumba de mi madre que te ato al parachoques y te arrastro hasta la mansión. Le creí. Me metí en el maletero. El olor a cuero y gasolina me golpeó la nariz. Me hice un ovillo, abrazándome las rodillas. El hábito se me subió, dejando mis pantorrillas desnudas contra la moqueta fría. Justo antes de que cerrara la tapa, levanté la mirada. Él estaba allí, de pie bajo la lluvia, con el traje empapado y el pelo pegado a la frente. Parecía una estatua. Un arcángel caído mojado por la tormenta. —Rezaré por usted, Ciro Cavalli —dije, con la voz más firme de lo que esperaba. Él se inclinó. Su rostro quedó a centímetros del mío. —Guárdate tus oraciones, monjita. Las vas a necesitar para ti. Y cerró el maletero. Oscuridad. El motor rugió. Y yo me quedé allí, en el coche del diablo, contando los segundos hasta llegar al infierno.El mensaje llegó de la forma más inesperada.Estaba en la biblioteca, hojeando un libro sobre diseño de interiores que había encontrado en una de las estanterías, cuando una de las criadas se acercó con una bandeja.—Su té, señora Moretti.—No he pedido té.—Lo sé, señora. Pero la señora Rossi llamó para preguntar por usted. Dijo que le enviaría un regalo.Fruncí el ceño. La señora Rossi no llamaba. La señora Rossi apenas se preocupaba por mí después del matrimonio.La criada dejó la bandeja sobre la mesa y se fue. Sobre la servilleta, junto a la taza, había una pequeña caja de dulces. La abrí.Dentro, entre los bombones, un teléfono desechable.Mi corazón se aceleró.Esperé a estar en la habitación, con la puerta cerrada y el grifo del baño abierto, para encenderlo. Solo había un número guardado. Lo marqué.—Santos —respondió Morrison—. Qué bueno que recibiste mi regalo.—¿Cómo consiguió entrar esto en la mansión?—Tengo mis métodos. Necesito verte.—Eso es imposible. Dante no me dej
Esta vez la reunión fue en la mansión.Dante me lo comunicó esa mañana, mientras se ponía los gemelos frente al espejo.—Hoy vienen unos socios. Quiero que estés presente.—¿Otra vez de espectadora?—No. —Me miró por el reflejo—. Esta vez quiero que formes parte.—¿De la reunión?—De la reunión. De la conversación. De lo que sea necesario.Me giré hacia él.—¿Confías en mí para eso?—Confío en tu instinto. Lo demás sigue en veremos.No supe si sentirme halagada u ofendida.Los socios llegaron a las diez. Eran dos hombres y una mujer. Trajes caros, sonrisas medidas, carpetas llenas de documentos. Uno de ellos, el señor Rinaldi, era el que llevaba la voz cantante. Calvo, gafas de montura dorada, un reloj que se ve que costaba una fortuna.—Es un placer estar en su hogar, señor Moretti —dijo mientras estrechaba la mano de Dante.—Al grano, Rinaldi. Tengo poco tiempo.Rinaldi carraspeó. Desplegó unos planos sobre la mesa del despacho.—Se trata de un proyecto inmobiliario. Un edificio en
Marco regresó a la mansión unos días después del accidente.Lo encontramos en la cocina, robando galletas del tarro que la señora Rossi había enviado como regalo de bodas. Tenía una venda en el brazo y un moretón en el pómulo, pero su sonrisa seguía intacta.—¿No se supone que los heridos guardan reposo? —pregunté.—El reposo es para los débiles, cuñada.—El reposo es para los que no quieren abrirse los puntos —replicó Sofía dándole un manotazo en el brazo bueno.Marco soltó una carcajada.—Las dos contra mí. Esto es acoso.—Esto es sentido común —dije.—El sentido común es aburrido.Antes de que pudiera responder, Dante apareció en la puerta.—Marco. Mi despacho. Ahora.La sonrisa de Marco se desvaneció.—Jefe.Se fueron. Sofía y yo nos quedamos en la cocina, intercambiando una mirada.—Eso no sonaba bien —dijo.—No.—¿Crees que va a castigarlo por lo del accidente?—No lo sé. Pero tu hermano no parecía precisamente contento.Sofía mordisqueó una galleta.—Marco es como un hermano pa
Esa noche, el sueño no llegaba. Me quedé mirando el techo, contando las grietas invisibles en la oscuridad. Al otro lado de la cama, Dante tampoco dormía. Lo sabía por su respiración. No era la respiración pausada de las otras noches. Era una respiración controlada, consciente. Como si estuviera despierto y no quisiera que yo lo supiera. Mi mente no paraba de dar vueltas. Recordé la reunión. Sus ojos brillando con admiración. Recordé el coche. Su mano en mi muslo. Recordé la habitación. Su piel húmeda, la toalla en la cadera, sus palabras: "No despiertes más mi deseo actuando como lo haces." Y luego recordé lo que me había dicho sobre Adelaine. "No pasó de ser una amante." Y lo que Sofía me había contado sobre Lucía. "Dante la amaba de una forma que daba miedo. Como si no pudiera respirar sin ella." Dos mujeres. Una amante. Una prometida. Una viva y huida. La otra muerta en un atentado. Me giré hacia él. —¿Dante? —¿Qué? Su respuesta fue inmediata. No estaba dormido. —¿Puedo





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