El ruido de la madera al romperse fue lo primero que escuché antes de que el diablo entrara en la casa de Dios.No era un diablo con cuernos ni azufre. Era un hombre de traje negro, hombros anchos como lápidas y unos ojos tan oscuros que parecían tragarse la poca luz de las velas.Yo estaba arrodillada frente al altar, con el rosario entre los dedos, cuando la puerta lateral de la capilla estalló hacia dentro. Las astillas volaron sobre el mármol como pecados esparcidos.—¿Dónde está?Su voz retumbó contra los frescos del techo. No gritaba. No le hacía falta. Su voz era el trueno antes de la tormenta.Me quedé quieta. El hábito me pesaba sobre los hombros. Mi velo, todavía blanco de novicia, temblaba con la corriente de aire frío que entraba por la puerta rota.Sabía quién era.Ciro Cavalli.Lo había visto antes. Dos veces. La primera, hacía tres meses, cuando entró en la capilla con otro hombre. Un hombre moreno, de risa fácil, que se santiguó al pasar frente al sagrario. Matteo. Se
Leer más