Mundo ficciónIniciar sesiónTres días después del silencio, una doncella entró con un vestido.
Rojo vino. De terciopelo. Con un escote que me dejaría los hombros al aire y una falda que se estrechaba en la cintura como si hubiera sido cosido para otra mujer. Quizás lo había sido. —El señor Cavalli la espera para cenar —dijo la doncella, una mujer mayor de pelo canoso recogido en un moño apretado. —No tengo hambre. —Es una orden, señorita. Todo era una orden en esta casa. Respirar era una orden. Comer era una orden. Existir era una orden. Me puse el vestido. La tela se deslizó sobre mi piel. Me miré en el espejo de marco dorado y no me reconocí. La chica del hábito, la del velo blanco, había desaparecido. En su lugar había una mujer de hombros desnudos y labios pálidos. —El señor la espera —repitió la doncella. Bajé las escaleras siguiéndola. El comedor era enorme. Una mesa de caoba larga como un féretro ocupaba el centro, iluminada por dos candelabros de plata. Ciro estaba en la cabecera. Vestía traje negro sin corbata, la camisa blanca desabrochada en el cuello. Tenía una copa de vino en la mano y me miraba como quien mira un cuadro recién comprado. Evaluando. Calculando su valor. Me senté en el extremo opuesto. Lo más lejos posible. Él chasqueó los dedos. —Aquí. A mi lado. No me moví. —Viktoria. —Su voz era suave, pero cargada de algo filoso—. No me hagas repetirlo. Me levanté. Caminé despacio, sintiendo el terciopelo rozar mis muslos. Me senté a su derecha. —Así está mejor —dijo. Un criado apareció con dos platos humeantes. Carne de ternera estofada con verduras, bañada en una salsa oscura que olía a vino y a hierbas. El aroma me golpeó el estómago vacío. Era viernes. Viernes de Cuaresma. —No como carne hoy —dije. Ciro no levantó la vista de su plato. —Aquí comerás lo que yo diga. —Es viernes. En mi fe... —Tu fe se quedó en la capilla, sorella. Aquí las reglas las pongo yo. —Preferiría comer hierba del jardín. Dejó el tenedor sobre el plato. El ruido del metal contra la porcelana resonó en el comedor vacío. —Si no comes —dijo, con una calma que helaba—, haré que despidan a la cocinera. Se llama Rosa. Es viuda. Tiene tres hijos. El menor, enfermo del corazón. Mi estómago se encogió. —Harías eso. —Haría eso y más. Ya te lo dije. Lo miré con todo el odio que cabía en mis ojos. Él lo recibió sin pestañear. Luego, muy despacio, volvió a coger el tenedor y dio un bocado a su carne. Cogí el mío. Pinché un trozo de ternera. Me lo llevé a la boca. Mastiqué con rabia. La carne estaba tierna, deliciosa, y eso lo hacía todo peor. Ciro me observaba. Sus ojos seguían cada movimiento de mi mandíbula, cada descenso de mi garganta al tragar. Había algo en su mirada que no era hambre por la comida. —¿Qué? —solté, con la boca llena. —Nada. —Bebió un sorbo de vino—. Pensaba que una novicia se resistiría más. —Pensaba que un mafioso tendría mejores amenazas que una viuda con hijos. Sonrió. Una sonrisa fina, peligrosa. —Todavía no has visto mis mejores amenazas. La puerta del comedor se abrió de golpe. Entró una mujer. Alta, morena, con el pelo negro cayéndole en ondas sobre los hombros. Vestía un traje de chaqueta blanco que gritaba dinero y tacones de aguja que clavaba en el mármol. Olía a perfume caro. Sus ojos se clavaron en mí como dos alfileres. —¿Así que esta es la monja? —preguntó, sin dirigirse a mí, como si yo fuera un mueble—. ¿En serio, Ciro? ¿Tan bajo has caído? Ciro no se inmutó. —Francesca. No te he invitado. —Nunca me invitas. Y siempre vengo. Francesca. ¿Será Francesca Bianchi? Suponiendo que sea ella, es la hija del banquero que suele mandar donativos al convento. Aunque oí rumores feos sobre ella y su familia. Se sentó frente a mí sin que nadie se lo pidiera. Cogió una aceituna del centro de mesa y la mordió con desprecio. —Ni siquiera sabe usar los cubiertos —dijo, mirando mi plato—. Estás comiendo carne, monja. ¿No es pecado? —Sé usar un bisturí —respondí sin levantar la voz. Francesca parpadeó. —¿Qué? —Mi madre era cirujana. En San Petersburgo. Antes de que vuestra clase de gente la matara en un tiroteo entre mafias. —Cogí el cuchillo de la mesa y lo sostuve con firmeza—. ¿Quiere que le enseñe? El silencio cayó sobre el comedor. Francesca me miró con una mezcla de sorpresa y rabia. Luego soltó una risa corta, forzada. —Tiene carácter. Eso es nuevo. —Francesca —la voz de Ciro fue severo—. Vete. —Pero Ciro... —He dicho que te vayas. Ella se levantó. Alisó su falda con movimientos lentos, recuperando la compostura. Antes de salir, se inclinó hacia mí y susurró lo suficientemente alto para que Ciro lo oyera: —Disfruta de la cena, monja. El plato principal en esta casa siempre llega con veneno. Y se fue. El eco de sus tacones se perdió por el pasillo. Ciro soltó una risa baja. —Tienes carácter, sorella. —Lo que dije no fue una broma —lo señalé con el cuchillo. —Lo sé. Por eso me gusta. Levantó su copa de vino. La giró entre los dedos, observando el líquido rojo. Luego bebió un sorbo largo. Me ofreció la copa. —Bebe. —Ya te dije que no. —No es una petición. —No bebo alcohol. Hice voto. —Hiciste voto de castidad, de pobreza, de obediencia. —Dejó la copa frente a mí—. Ya te he visto comer carne en Cuaresma. La obediencia se te da fatal. Y en cuanto a la castidad... Se inclinó hacia mí. Su rodilla rozó mi muslo bajo la mesa. Sentí el calor de su cuerpo como una llama. —...esa todavía está por ver. Mis dedos temblaron. Cogí la copa. Nuestros dedos se rozaron. Bebí. El vino me quemó la garganta. Era amargo, espeso, cálido. Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, él seguía mirándome. No aparté la mirada. Fue un gesto pequeño. Beber de su copa. Pero algo cambió en el aire. Algo invisible se tensó entre nosotros como una cuerda a punto de romperse. Su teléfono vibró sobre la mesa. Ciro lo ignoró un segundo. Dos. Luego cogió el aparato y leyó un mensaje. Su rostro se volvió piedra. —¿Qué pasa? —pregunté con osadía. Me miró. Y por primera vez en toda la noche, vi algo distinto en sus ojos. La duda. —Los Volkov han enviado un mensaje. Quieren negociar. —¿Negociar qué? Ciro se levantó. Se ajustó el puño de la camisa. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando la oscuridad del jardín. —Quieren tu cabeza a cambio de la paz entre las familias. El vino me subió por la garganta. Amargo. Ácido. —¿Y qué le has dicho? Ciro se giró. La luz de los candelabros le tallaba el rostro en ángulos duros. —He dicho... que me lo pensaré.






